Una continental “Campaña del Desierto”
Por Bernardo Veksler
El primer impacto fue el asombro,
luego el miedo ante las armas de fuego y la fuerza mágica del hombre blanco
cubierto con armaduras y montado a caballo. Los invasores aprovecharon el
desconcierto y la superioridad tecnológica para dominar fácilmente a las
sociedades americanas más desarrolladas.
La irrupción europea transatlántica
tuvo una trascendencia formidable. En
pocos años se tuvo conocimiento de la dimensión planetaria, se posibilitaron nuevas
rutas y el contacto con la diversidad humana; se potenció el comercio, la
ciencia y la tecnología; y se generaron las bases del despegue capitalista y la
Revolución Industrial, con el enorme y penoso costo de dos genocidios
El arribo
de Cristóbal Colón a América fue un emprendimiento que hizo posible uno de los
hechos más destacados de la historia de la humanidad. Desde su desembarco en
playas caribeñas, en menos de un siglo se pudo alcanzar el conocimiento de la
dimensión del planeta y se vincularon culturas desconocidas entre sí. La
ventaja para los europeos fue conocer la pólvora, la brújula, el papel y la
imprenta, entre otras adquisiciones.
El acto de pisar tierra americana produjo una espectacular cadena de
acontecimientos que transformó y dinamizó la sociedad humana. El descubrimiento
de oro y plata en el “nuevo continente” desató un verdadero aluvión
colonizador. Centenares de expediciones y millares de hombres fueron tras los
pasos de los pioneros para intentar el logro de fabulosas fortunas.
En los
primeros 150 años de acción conquistadora, 17 mil toneladas de plata y unas 200
toneladas de oro arribaron a España y potenciaron el incipiente desarrollo
comercial y manufacturero europeo, que abrieron las compuertas de la Revolución
Industrial y el desarrollo capitalista.
La navegación superó todos los límites y se aventuró hacia todos los rincones
del planeta. El conocimiento del mundo comenzó a ser posible y el comercio
empezó a diseñar el mercado internacional. El desarrollo económico terminaría
por sepultar a la sociedad feudal y al absolutismo monárquico.
La ambición no encontró barreras infranqueables. En pocos años la inmensidad
americana dejó de ser inexpugnable y españoles, portugueses, británicos,
holandeses y franceses se disputaron el gigantesco botín.
Un siglo después de la llegada de la Santa
María, La Niña y La Pinta
a las Antillas, de los más de 70 millones de nativos americanos preexistentes,
sólo quedaban tres millones y medio de almas. Primero, fueron derrotados por la
desproporción de recursos, la sorpresa y la confusión. Luego, fueron privados
de su cultura y creencias, sometidos al trabajo esclavo y a las enfermedades importadas
por los europeos, que encontraron a sus organismos sin los necesarios anticuerpos
para resistir a virus y bacterias invasores.
La casi extinción de la población nativa generó otro genocidio. Para
sustituir a los americanos, se propició la
cacería de seres humanos, se arrancaron millones de africanos de su tierra
ancestral y se comerció con ellos para utilizarlos como mano de obra esclava en
socavones y plantaciones.
Medio milenio después, fue en vano el intento de ocultamiento del exterminio indígena
y salió a la luz otra versión de la historia, atrás quedaron definiciones como
el “Descubrimiento de América”, que pretendía ignorar la existencia de millones
de seres humanos que habían descubierto el continente miles de años antes.
También quedó rápidamente vetusta la intención de mostrar como amistoso el
“Encuentro de dos mundos”, cuando en realidad se trató del violento aplastamiento
de los nativos por parte de los forasteros.
No obstante, no se puede dejar de reconocer que la llegada europea a las costas
americanas produjo un avance notable de la humanidad, pero el progreso no puede
ocultar la magnitud de la tragedia consumada.
La sociedad capitalista se concibió a partir del genocidio, la esclavitud y el
saqueo impulsado por las potencias europeas de la época. El alumbramiento del
nuevo sistema económico se amasó con la sangre de millones de seres humanos.
El
encontronazo del 12 de octubre de 1492
Las hipócritas denominaciones con las que fue conmemorado cada aniversario de
la llegada de Colón a tierras americanas, pusieron de manifiesto el intento de
disimular, encubrir y minimizar los crímenes cometidos. Celebrar el “Descubrimiento
de América” significaba omitir, nada menos, que existían unos setenta millones
de seres humanos que ya habían descubierto al continente y prosperaban en él.
La improvisada
denominación de “Encuentro de dos culturas” o “de dos mundos”, fue sólo un
intento de falsificar la historia, dado que ese encuentro no tuvo nada de
protocolar o pacífico, como cínicamente pretendieron insinuar sus ideólogos y
difusores. La evidencia del genocidio desatado, el saqueo de sus incalculables
riquezas y el sometimiento de los sobrevivientes presentaron un cuadro muy
distinto al pretendido, exponiendo un verdadero “encontronazo” donde el
desequilibrio tecnológico impuso sus trágicas desproporciones.
La expedición de Colón fue una destacada empresa que hizo posible uno de los
acontecimientos más importantes de la historia humana: tomar conciencia de la
magnitud del planeta y poder comunicar sus diversos puntos geográficos. Así, se
pudieron relacionar mundos antes desconocidos entre sí, algunos en estadios muy
primitivos de desarrollo otros más avanzados, como los europeos, que ya
conocían la brújula, la pólvora, el papel y la imprenta.
Se transformaron las economías cerradas del Medioevo para constituir un mercado
mundial. “Los descubrimientos de los yacimientos de oro y plata en América, la
cruzada de exterminio, la esclavización de las poblaciones indígenas, forzadas
a trabajar en el interior de las minas, el comienzo de la conquista y del
saqueo de las indias, la conversión del continente africano en cazadero de
esclavos negros, son todos hechos que señalan los albores de la era de
producción capitalista (...) Las riquezas apresadas fuera de Europa por el
pillaje, la esclavización y la masacre refluían hacia la metrópolis donde se
transformaban en capital” (1).
El oro y la plata americanos contribuyeron a forjar los primeros grandes
capitales europeos, que dinamizaron la economía y detonaron el fin del
feudalismo y, posteriormente, la
Revolución Industrial.
Así se fue gestando la sociedad capitalista que, como contrapartida, significó
un importante avance en la historia de la humanidad. El capitalismo desplegó
sus máximas posibilidades de desarrollo en los países más avanzados de la
época, donde se produjeron los saltos más dinámicos en la primitiva acumulación
de capital, basados esencialmente en el pillaje, la ampliación de las fronteras
y la repartición del mundo. Simultáneamente, se generó un desarrollo incesante de
las ciencias, el conocimiento, las técnicas productivas, las posibilidades de
consumo y de supervivencia humana.
El capitalismo logró cumplir un rol progresivo, sólo interrumpido por las
crisis cíclicas que desquiciaban periódicamente la producción y su economía,
dejando en evidencia las limitaciones del sistema.
A pesar de este notable aporte a la evolución humana, el capitalismo desde sus
primeros pasos denotó sus características salvajes, corruptas e inhumanas que
continuaron manifestándose en plenitud hasta la actualidad.
Europa,
1492
La llegada europea a América motorizó una serie de elementos que hasta ese
entonces se manifestaban en forma embrionaria y que provocaron un verdadero vendaval
en la sociedad que comenzaba a desperezarse de la economía medieval.
A fines del siglo XV, en el continente europeo surgían y se desarrollaban las
producciones artesanales que comenzaron a impulsar la vida comercial y a
dinamizar la economía. Las monarquías iniciaron un proceso de unificación de
condados, principados y regiones autónomas insumiendo mayores gastos a sus
aparatos estatales. Simultáneamente, comenzaron a eliminarse barreras aduaneras que
posibilitaron la instauración de mercados regionales y luego nacionales.
El primer paso de las transacciones fue el trueque. Ante los desiguales
requerimientos, surgió la necesidad de establecer compensaciones en valores
internacionalmente aceptados, utilizando oro, plata y piedras preciosas, abriendo
así las compuertas al uso de monedas.
“El descubrimiento de América se debió a la sed de oro que anteriormente había
lanzado a los portugueses hacia tierras al África, porque la industria europea,
enormemente desarrollada en los siglos XIV y XV, y el comercio correspondiente
reclamaban más medios de cambio de los que podía abastecer Alemania la gran
productora de plata entre 1450 y 1550...” (2)
El viaje de Colón hizo posible el desarrollo de las grandes compañías navieras.
Su consecuencia inmediata fue un impresionante desarrollo del intercambio
regional y tasas de ganancia inusitadas, que alimentaron un formidable proceso
de acumulación primitiva de capital, basados esencialmente en el pillaje, el
comercio y la apropiación de los conocimientos de los pueblos sometidos y de
sus territorios.
El saqueo
de América
Las demandas europeas motorizaron la búsqueda de nuevas fuentes de ingreso para
las monarquías. El propio diario de viaje de Colón tiene numerosas referencias
a la obsesiva necesidad de encontrar oro. Apenas tres días después del arribo,
el genovés escribió: “Esta isla es grandísima y tengo determinado de la rodear,
porque, según puedo entender, en ella o acerca de ella hay mina de oro (…) di
la vela con el viento sur para pujar a rodear toda la isla, y trabajar hasta
que halle Samaot, que es la isla o ciudad adonde es el oro, que así lo dicen
todos estos…”.
Los
hallazgos y la apropiación de piezas ornamentales y rituales de los nativos
constituyeron la primera fase del saqueo. En las islas de Cuba, La Española y
Puerto Rico en sólo dos o tres años se despojó a los nativos de todo el oro producido
en casi un milenio (3).
Agotada rápidamente esa fase del pillaje, se pasó a la búsqueda desenfrenada de
los yacimientos, derribando todo obstáculo que se erigiera en su camino.
“En menos de una década, los españoles exploraron casi todas las islas del
Caribe, especialmente Cuba, Jamaica, Puerto Rico y La Española. En 1513, Balboa
avistó el Pacífico. Durante la década de 1520-30, se inició la conquista de México
y Centroamérica. Y en la próxima, la de Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia y
Chile” (4). Simultáneamente, se avanzó hacia los mares australes, impelidos de
encontrar una ruta segura hacia el Extremo Oriente y que permitiera el
transporte de los valiosos minerales extraídos del subsuelo americano.
Los primeros relatos exaltaron las facilidades existentes para apropiarse de las
riquezas: “...por las faldas de esta cordillera se han hallado grandes mineros
de plata y oro... y en todo el reino del Perú; y si hubiera quien lo sacase,
hay oro y plata que sacar para siempre jamás; porque en las sierras y en los
llanos y en los ríos, y en todas partes que caven y busquen, hallarán plata y
oro” (5).
Las dificultades para la extracción comenzaron a resolverse a partir de los
conocimientos de los propios nativos. “La causa esencial de esta rápida
recolección de metales preciosos fue el grado de adelanto minero – metalúrgico
que habían alcanzado los indígenas de América Latina. El desarrollo de las
fuerzas productivas autóctonas permitió a los españoles organizar en pocos años
un eficiente sistema de explotación. De no haber contado con aborígenes
expertos en el trabajo minero resultaría inexplicable el hecho de que los
conquistadores, sin técnicos ni personal especializado, hubieran podido
descubrir y explotar los yacimientos mineros, obteniendo en pocas décadas tan
extraordinaria cantidad de metales preciosos. En fin, los indios americanos
proporcionaron los datos para ubicar las minas, oficiaron de técnicos,
especialistas y peones, y aportaron un cierto desarrollo de las fuerzas
productivas que facilitó a los españoles la tarea de la colonización” (4).
Entre 1503 y 1660 salieron desde tierras americanas hacia España, según
constancias documentadas en Sevilla y Madrid, alrededor de 200 toneladas de oro
y 17 mil toneladas de plata. Considerando una relación de once a uno entre esos
dos metales, se llega a las dos mil toneladas de oro, esta acumulación de
envíos valuados a precios actuales rondarían los 28 mil millones de dólares (6).
“Según las estadísticas más autorizadas, la producción de oro y plata indianos,
entre 1503 y 1560 ha sido estimada por Soetbeer en 173 millones de ducados; por
Lexis en 150 millones y por Haring en 101 millones” (4).
Otras
estimaciones mensuran en unas 90 mil toneladas de plata las extraídas de las
entrañas americanas en el lapso comprendido entre 1500 y 1800 y su valuación se
elevaría a unos 120 mil millones de dólares actuales (3).
También
existen evaluaciones puntuales que permiten dimensionar el fenomenal aporte realizado
por los americanos a los europeos: “Con base a los datos que proporciona
Alexander von Humboldt, se ha estimado en unos cinco mil millones de dólares
actuales la magnitud del excedente económico evadido de México entre 1760 y
1809, apenas medio siglo, a través de las exportaciones de plata y oro” (7).
|
Oro y plata extraídos de América
por España (8)
(En kilogramos)
|
|
Período
|
Plata
|
Oro
|
|
1531-1540
|
86.193
|
14.466
|
|
1541-1550
|
177.573
|
24.957
|
|
1551-1560
|
303.121
|
42.620
|
|
1561-1570
|
942.858
|
11.530
|
|
1571-1580
|
1.118.591
|
9.429
|
|
1581-1590
|
2.103.027
|
12.101
|
|
1591-1600
|
2.707.626
|
19.451
|
|
1601-1610
|
2.213.631
|
11.764
|
|
1611-1620
|
2.192.255
|
8.855
|
|
1621-1630
|
2.145.339
|
3.889
|
|
1631-1640
|
1.396.759
|
1.240
|
|
1641-1650
|
1.056.430
|
1.549
|
|
1651-1660
|
443.256
|
469
|
|
TOTAL:
|
16.886.815
|
181.333
|
El furor
desatado en la península fue tan grande que comenzaron a gestarse asociaciones
y suscripciones para solventar expediciones con el fin de cumplir el sueño de
regresar con las bodegas repletas. “Salvo contadas excepciones como fue el caso
de Colón o Magallanes, las aventuras no eran costeadas por el Estado, sino por
los conquistadores mismos, o por los mercaderes y banqueros que los
financiaban” (7).
Para
contar con una aproximación del formidable impacto que generó esta irrupción de
riquezas en el territorio europeo, basta con tomar como referencia que la
totalidad del oro existente para esa época en el “viejo mundo” fue estimado en
unos mil millones de dólares y la plata en unos mil quinientos millones de
dólares actuales.
Las cifras del saqueo, con seguridad, deberían elevarse notablemente si se
considerasen la cantidad de navíos hundidos, que son cuantiosos en las aguas
del mar Caribe, en las costas chilenas y en la confluencia austral de los
océanos Pacífico y Atlántico, por donde circulaba la mayoría de los cargamentos.
La
recuperación del cargamento de las bodegas, hace unos años atrás, de “El
Preciado”, frente a costas uruguayas, fue valuado en cifras que oscilaban entre
600 y 3.000 millones de dólares. Sólo en las proximidades del río de la Plata
existen otras ocho embarcaciones hundidas con sus bodegas repletas de oro y
plata.
Por otro lado, habría que considerar la carga secuestrada por piratas y
corsarios que fueron a parar a otras potencias europeas. Como es el caso del “pillaje
obtenido por (Francis) Drake” que “puede ser considerado con justicia como la
fuente y el origen de la inversión externa británica. Con él, Isabel pagó la
totalidad de su deuda externa e invirtió una parte del remanente en la Compañía
de Indias Orientales, cuyos beneficios representaron, durante los siglos XVII y
XVIII, la principal base de las ligazones externas de Inglaterra... Jamás hubo
una oportunidad tan prolongada y tan rica para el hombre de negocios, el
especulador y el aprovechador. En esos años de oro, nació el capitalismo
moderno” (9).
El
despegue capitalista
“La plata y el oro de América penetraron como un ácido corrosivo, al decir de
Engels, por todos los poros de la sociedad feudal moribunda en Europa, y al
servicio del naciente mercantilismo capitalista los empresarios mineros
convirtieron a los indígenas y a los esclavos negros en un numerosísimo
“proletariado externo” de la economía europea” (7).
La reactivación
comercial desembocó en la Revolución Industrial y en la liquidación acelerada de
la sociedad medieval. Se generó así una división internacional del trabajo que
adoptó características de triangulación: América aportó oro, plata, materias
primas y la mano de obra aborigen; África suministró la mano de obra esclava
que sustituyó a los nativos americanos exterminados y Europa se llevó la parte
del león, ya que produjo y comercializó los productos manufacturados a la vez
que capitalizó las transacciones de los demás vértices de la triangulación.
“El
transporte de esclavos elevó a Bristol, sede de los astilleros, al rango de
segunda ciudad de Inglaterra, y convirtió a Liverpool en el mayor puerto del
mundo. Partían los navíos con sus bodegas cargadas de armas, telas, ginebra,
ron, chucherías y vidrios de colores, que serían el medio de pago para la
mercadería humana de África, que a su vez pagaría el azúcar, el algodón, el
café y el cacao de las plantaciones coloniales de América. Los ingleses
imponían su reinado sobre los mares. A fines del siglo XVIII, África y el
Caribe daban trabajo a ciento ochenta mil obreros textiles en Manchester; de
Sheffield provenían los cuchillos, y de Birmingham, 150 mil mosquetes por año”
(7).
España y Portugal, que fueron los primeros en intentar la unidad nacional,
indujeron a la revolución comercial; pero cada vez más su enriquecimiento fue
agravando su dependencia con las naciones más industrializadas. Los ibéricos
cumplieron un rol contradictorio, por un lado, fueron los agentes que
fortalecieron a la incipiente burguesía europea, que se enriqueció aceleradamente
y comenzó a enfrentar al absolutismo feudal hasta derrocarlo. Pero, internamente,
tanto España como Portugal carecieron de una burguesía industrial, razón por la
cual el flujo masivo de riquezas consolidó a la monarquía limitando la
proyección de la fugaz prosperidad. Los principales acaparadores del oro y
plata americanos fueron sólo un puerto de paso de esas riquezas, utilizado para
las crecientes demandas del aparato estatal y de las nutridas y parásitas
castas de nobles y frailes, su destino final fue capitalizar y expandir a la
burguesía manufacturera francesa, flamenca e inglesa.
“La condición de acreedores del Tesoro, no sólo de Carlos V sino también de
Felipe II, que vendía con anticipación los cargamentos de oro de las Indias
para sostener aventuras militares y religiosas, permitió a los banqueros y
comerciantes extranjeros controlar los metales preciosos y convertirse en los
rectores de la economía española. Era uno de los tantos tributos que el pueblo
español pagaba por la incapacidad de sus clases dominantes para lograr la
unidad nacional, el desarrollo de la industria y la creación del mercado
interno” (4).
Los
colonizadores americanos tuvieron un objetivo claramente capitalista. La
organización de la extracción, tráfico y producción fue para generar ganancias
prodigiosas y, sobre todo, para proveer y desarrollar el mercado mundial.
“Si no inauguraron en el “Nuevo Mundo” un
sistema de producción capitalista fue por la inexistencia de un ejército de
trabajadores libres. Esta carencia obligó a los colonizadores a utilizar
opciones no capitalistas como semiesclavitud y esclavitud. Sintetizando:
producción y colonización por objetivos capitalistas, relaciones esclavas o
semiesclavas de producción y denominaciones propias del feudalismo fueron los
pilares sobre los que se asentó la Conquista de América” (10).
Primer
genocidio
“Había de
todo entre los indígenas de América: astrónomos y caníbales, ingenieros y
salvajes de la Edad de Piedra. Pero ninguna de las culturas nativas conocía el hierro
ni el arado, ni el vidrio ni la pólvora, ni empleaba la rueda. La civilización
que se abatió sobre estas tierras desde el otro lado del mar vivía la explosión
creadora del Renacimiento (…) El desnivel de desarrollo de ambos mundos explica
en gran medida la relativa facilidad con que sucumbieron las civilizaciones
nativas” (7).
El primer impacto fue el asombro y el miedo ante los cañones de bronce,
arcabuces, mosquetes, pistolones y la fuerza mágica del blanco subido a un
caballo, que dieron a los recién llegados una aureola mística ante los cándidos
ojos de los nativos .
“Los unos
nos traían agua; otros otras cosas de comer (…) otros se echaban a la mar
nadando y venían, y entendíamos que nos preguntaban si éramos venidos del
cielo. Y vino uno viejo en el batel dentro, y otros a voces grandes llamaban
todos hombres y mujeres: venid a ver los hombres que vinieron del cielo;
traedles de comer y de beber. Vinieron muchos y muchas mujeres, cada uno con
algo, dando gracias a Dios, echándose al suelo, y levantaban las manos al
cielo…” (11).
Esta
confusión inicial fue aprovechada rápidamente por los astutos españoles, que
dominaron fácilmente a las sociedades más adelantadas de América: los
sedentarios aztecas, incas y mayas. Estas sociedades habían llegado a formas
sociales similares a las de los egipcios, asirios y caldeos, con la existencia
de un estado e incipientes formas de explotación tanto de los sectores plebeyos
como de los pueblos vecinos, que eran violentamente sometidos. Esto explica que
las sociedades americanas más desarrolladas y poderosas, por sus
contradicciones internas, fueron las que con más facilidad fueron sojuzgadas.
En cambio, las tribus que adoptaban formas sociales comunistas primitivas,
fueron las que más dificultades y resistencia interpusieron al invasor. Las
sociedades nómades dieron valientes batallas para enfrentar el sometimiento;
pero la diferencia abismal de desarrollo económico y tecnológico, expresado en
el potencial bélico, hacía inexorable el resultado final.
“Los indios de América sumaban no menos de setenta millones y quizás más,
cuando los extranjeros aparecieron en el horizonte. Un siglo y medio después se
habían reducido en total a sólo tres millones y medio...” (12)
El genocidio comenzó a implementarse en la guerra de conquista. Luego, en la
explotación inhumana de los socavones. Allí, los indígenas sufrían el
desarraigo, al ser obligados a dejar sus tierras y familias; se les imponía un
ritmo de trabajo al que no estaban acostumbrados; los socavones les devoraban
los pulmones y los dejaba rápidamente discapacitados. Algunos adelantaban el
inexorable final con el suicidio, otros mataban a sus hijos para liberarlos del
yugo inevitable y la capacidad reproductiva se deterioraba paralelamente al
desinterés por la vida.
Las
rebeldías de los americanos fueron apaciguadas con un cóctel de violencia y
persuasión. La Iglesia los sometía por la vía religiosa para luego obligarlos a
trabajar en producciones agrícolas, forzándolos a abandonar sus hábitos
culturales y su vida ancestral dedicada a la caza, la pesca y la recolección;
generando efectos similares a los de los socavones.
Puerto Rico fue un ejemplo de ello, a la llegada de los españoles, la población
indígena era de unas setenta mil almas; treinta años después, en 1530 –cuando
se hizo el primer censo- la población nativa se limitaba a 473 personas libres
encomendadas y 675 indios esclavos.
“Muchos indígenas de la Dominicana se anticipaban al destino impuesto por sus
nuevos opresores blancos: mataban a sus hijos y se suicidaban en masa. El
cronista oficial Fernández de Oviedo interpretaba así, a mediados del siglo
XVI, el holocausto de los antillanos: “Muchos dellos, por su pasatiempo, se
mataron con ponzoña por no trabajar, y otros se ahorcaron con sus manos propias”
(7).
Otro importante porcentaje de nativos fue víctima de las enfermedades
introducidas por los europeos, los organismos indígenas no estaban preparados
para resistir a los virus y bacterias importados. Así, la viruela, gripe, sífilis,
tifus, lepra, entre otras, produjeron estragos. “Los indios morían como moscas;
sus organismos no oponían defensas ante las enfermedades nuevas. Y los que
sobrevivían quedaban debilitados e inútiles. El antropólogo brasileño Darcy
Ribeiro estima que más de la mitad de la población aborigen de América (...)
murió contaminada luego del primer contacto con los hombres blancos” (7).
América ofrecía enormes posibilidades de enriquecimiento y toda una jauría
humana desembarcó en sus costas para cumplir con esos sueños de pronta prosperidad
a cualquier precio. En ese contexto, el inmenso territorio conquistado ofrecía posibilidades
ilimitadas: “...la sistematización económica del inmenso espacio conquistado
por los españoles puede ser resumida así: distribución de tierras en cantidad
casi ilimitada a los conquistadores y atribución a los mismos de un gran número
de indios adscriptos al trabajo forzado en esas tierras. Terminado el momento
violento de la conquista no se puede decir que la colonización se haya
desarrollado sobre principios diferentes” (13).
Otro
genocidio lucrativo
El debate generado a partir del Quinto Centenario dejó a las claras la orgía de
sangre desatada por el supuestamente protocolar “Encuentro de Dos Culturas”. El exterminio de
la población nativa, junto a las necesidades de reposición de mano de obra para
ocuparla en las flamantes explotaciones, dio lugar a una nueva rama económica
del naciente capitalismo: el tráfico de esclavos.
Ingleses, holandeses y franceses se destacaron en este flamante negocio. Los
cazaban como a animales en el África, luego los cargaban en los barcos para
atravesar el Atlántico. Su primer destino fueron las Antillas, luego
prácticamente toda América.
Sólo entre 1680 y 1688, la Real Compañía Africana embarcó 70 mil negros, de los
cuales sólo llegaron a las costas americanas unos 46 mil. En Haití, ingresaba
un promedio de treinta mil esclavos por año. En 1789, la población de la mitad
francesa de la isla Española era de cuarenta mil blancos y 450 mil negros.
IMPORTACIÓN DE ESCLAVOS DEL
ÁFRICA POR REGIONES
1451-1870
(Estimado en miles de personas) (14)
Región 1451-1600 1601-1700 1701-1810 1811-1870
TOTAL
Norteamérica inglesa - - 348 51 399
Hispanoamérica 75 292,5 578,6 606
1.552,1
Caribe inglés - 263,7 1.401,3 - 1.665
Caribe francés - 155,8 1.348,4 96 1.600,2
Caribe holandés - 40
460 - 500
Caribe danés - 4 24 - 28
Brasil 50 560 1.891,4 1.145,4 3.646,8
Europa 48,8
25,1 - - 50
Santo Tomé 76,1
23,9 - - 100
Islas del Atlántico 25 - - - 25
TOTAL 274,9 1.341,1 6.051,7 1.898,4 9.556,1
Porcentaje
anual 1,8 13,4 55 31,6
22,8
La reconstrucción de los datos disponibles permite determinar que, en no menos
de un siglo, se importaron unos diez millones de nativos africanos. Para
algunos, esa estimación se duplica.
“Se trata de 17
millones de seres humanos, cifra que debe ser por lo menos duplicada por las
matanzas que seguían a la persecución y captura, las muertes en los traslados a
los puertos (la inenarrable crueldad de separar a las madres de sus hijos) y en
las travesías marítimas, debido a las enfermedades, ya que era más barato
reemplazar un esclavo que curarlo. Si bien la esclavitud tiene orígenes
lejanos, en los inicios del Siglo XIX alcanzó su máxima intensidad. La
exploración del interior de África por los europeos comenzó en el Siglo XIX
(anteriormente, los esclavistas se limitaban a capturar esclavos mediante
alianzas con pueblos aborígenes). Gracias a la violencia, las potencias
dominaron el continente” (14).
Si se toma
en cuenta que gran cantidad de africanos morían antes de pisar tierra
americana; víctimas de las cacerías, en el traslado hacia los barcos, en las
tortuosas travesías hacinados en las bodegas o en el desembarco; la cifra de
seres arrancados violentamente de África puede elevarse a cuarenta o cincuenta
millones desde que comenzó este sucio comercio hasta mediados del siglo
diecinueve, provocando el arrasamiento de regiones enteras. Aldeas, etnias y
culturas fueron aplastados por la irrupción de los esclavistas.
El
censo de 1790 de Estados Unidos indicó que los esclavos sumaban 697 mil
individuos. En 1861, esa cifra se elevó a más de cuatro millones.
Un miembro de la Cámara de Diputados de España, decía en 1870: “Un esclavo que
por reglamento debía trabajar 16 horas en la zafra y ocho o nueve durante el
resto del año. Un esclavo que recibe no más de una camisa, un calzoncillo, un
pañuelo y un gorro. Un esclavo que se alimenta con seis u ocho plátanos, con
ocho onzas de carne de bacalao o con cuatro de harina o de arroz. Un esclavo
que llega con los dolores que ha sufrido desde que lo embarcaron en la costa de
África, que llegó a la costa desde su lugar natal durmiendo en suelos húmedos,
que es llevado a Cuba en un barco de 200 toneladas entre más de quinientos
negros, con gérmenes de todo tipo de enfermedades, traspasan los mares con un
25 por ciento de bajas, es arrojado al mar como insignificante lastre si el
buque zozobra...” (7).
En
esas condiciones el promedio de vida del esclavo no podía ser muy elevado. El
esclavismo como toda forma de explotación creó su ideología justificadora,
sosteniendo que los negros eran de naturaleza distinta, subhumanos, de una raza
inferior, que se asemejaban a los monos, entre otras barbaridades contrarias a
la ciencia.
El papel de la Iglesia
La Conquista de América se ejecutó a través de la apabullante superioridad
tecnológica y militar europea. Pero esta brutal dominación se complementó con
la sutil participación de la Iglesia. Esta institución siempre cumplió un papel
funcional a los que ostentaron el poder. Su actuación durante la conquista no
fue muy distinta del rol cumplido en épocas más recientes, cuando cooperó con
regímenes siniestros como los representados por Hitler, Mussolini, Franco o
Videla.
Los religiosos buscaron congraciarse con los nativos al ofrecerles algunas
formas de protección ante el salvajismo colonizador, para luego someterlos por
la vía de la imposición cultural e ideológica.
El solo hecho de haber impuesto una creencia distinta, demuestra el profundo
desprecio de los sacerdotes hacia las costumbres ancestrales indígenas. El
objetivo de inculcar, catolicismo mediante, la resignación y la docilidad ante
el nivel de explotación infrahumano al que eran sometidos, permitió la
incorporación de una cuantiosa mano de obra barata y útil para los proyectos de
los forasteros. Las mitas y encomiendas sirvieron para organizar la explotación
agropecuaria y minera, gran parte de ellas en beneficios de la propia Iglesia.
El rol perverso jugado por esta institución fue tan notorio que, ante el debate
desatado que lo dejó en evidencia, sólo pudieron erigir la figura del sacerdote
Bartolomé de las Casas, con la intención de neutralizar su complicidad con la
barbarie cometida. Pero el propio de las Casas fue un encomendero que empleó a
los nativos. Luego, cuestionó el sistema y se proclamó a favor de la
introducción de africanos para reemplazar a los diezmados aborígenes
antillanos.
Ante la contundencia de los argumentos, la Iglesia comenzó a ensayar disculpas
y pedidos de perdón. Los obispos guatemaltecos así lo hicieron con el pueblo
maya y rindieron homenaje a las creencias religiosas nativas “que veían en la
naturaleza una manifestación de Dios” (16)
Muchos herederos de los que sufrieron en carne propia las atrocidades de los
invasores europeos y el cínico papel de la Iglesia, aprovecharon la oportunidad
del viaje de Juan Pablo II a Lima, en 1984, para entregarle una carta firmada
por el Movimiento Indio Kollasuyo, el Partido Indio y el Movimiento Túpac
Katari, de Bolivia y Perú, que en uno de sus párrafos decía lo siguiente:
“Hemos decidido aprovechar la visita del Papa para devolverle su Biblia, pues
en cinco siglos no nos ha dado ni paz, ni amor ni justicia... Por favor,
llévese su Biblia y désela a nuestros opresores, cuyos corazones y cerebros necesitan
más de sus preceptos morales... Recibimos la Biblia, que fue el arma ideológica
del asalto colonialista. La espada española que de día atacaba y mataba cuerpos
indios, de noche se volvía cruz que atacaba el alma india...” (17).
Las rebeliones
A pesar de la enorme desproporción de fuerzas, los sometidos por los
conquistadores se rebelaron en innumerables oportunidades. Una de las insurrecciones
más destacadas fue la del 4 de noviembre de 1780, liderada por José Gabriel
Condorcanqui (Túpac Amaru).
Sometidos por la escandalosa esclavitud de la mita, miles de indios trabajaban
y morían en los obrajes y las minas. Durante años, antes de tomar la decisión
de rebelarse, Túpac había buscado el apoyo de los obispos de Cuzco y La Paz
para frenar los abusos que se cometían con los nativos. Pero nada había
conseguido.
Desechados esos caminos, Túpac comenzó entonces a organizar secretamente el
levantamiento que abarcaría todo el Altiplano y parte del noroeste argentino.
El día del alzamiento comenzó con la detención del corregidor Antonio de
Arriaga, quien fue ejecutado en la plaza de Tungusuca. Allí, se convocaron
miles de nativos y mestizos que conformaron un ejército de desesperados, apenas
armados de palos y cuchillos. Ante la multitud, Túpac afirmó su intención de
“cortar el mal gobierno de tanto ladrón zángano” y liberar, por igual, a indios
y criollos. Comenzaron a avanzar, destruyendo a su paso los obrajes, pero el
movimiento fue frenado y el líder detenido y torturado. Durante el tormento no
reveló el nombre de ninguno de sus colaboradores, hasta que fue condenado al
descuartizamiento (18).
Las rebeliones y masacres prácticamente abarcaron todo el continente americano.
Tanto los indios del lejano oeste como los pampas y tehuelches reaccionaron con
los malones y otras formas de resistencia al avance incontenible de los colonos
blancos. Los araucanos derrotaron reiteradamente a los ejércitos españoles y
mantuvieron durante siglos bajo su dominio inexpugnable el territorio al sur
del Bío Bío. Diaguitas y quilmes, entre cientos de etnias, expresaron también
su valiente rebeldía.
Los esclavos traídos de África también protagonizaron rebeliones. En 1522, los
esclavos de Diego Colón –hijo de Cristóbal- llevaron a cabo la primera
sublevación que se tenga memoria, fueron sosegados y terminaron ahorcados en
los senderos del ingenio.
En Brasil, los numerosos negros que huían de las explotaciones hacia la selva,
comenzaron a agruparse en la espesura boscosa. Los cimarrones se fueron
concentrando y organizando hasta llegar a constituir el territorio libre de
Palmares, en pleno Amazonas. La superficie que controlaban llegó a alcanzar un
tercio del dominio portugués de la época. Durante todo el siglo XVII
resistieron el acoso de expediciones holandesas y portuguesas que intentaron
aniquilar a ese mal ejemplo.
Palmares contaba con abundancia de alimentos, porque la producción estaba al
servicio de las necesidades, existían policultivos que contrastaban con las
explotaciones de los colonizadores, donde predominaba el cultivo de la caña de
azúcar, que se producía para abastecer al mercado europeo.
En 1791, estalló una exitosa rebelión negra en Haití que logró abolir la
esclavitud y provocó la huida masiva de los blancos. Trece años después,
constituyeron la primera república negra de América, cuya constitución
consideraba negros a todos los ciudadanos independientemente del color de su
piel.
La resistencia de los oprimidos y la comprobación por parte de los poderosos
que la mano de obra esclava no era suficientemente productiva, que las nuevas
técnicas necesitaban de una mayor capacitación y que podría ser mucho más
lucrativa la incorporación como consumidores de esos millones de trabajadores
forzados, produjo el fin de esa lacra.
La “Campaña del Desierto” de la burguesía criolla
Una vez que se consolidaron en el poder, luego de superado el radicalizado y
tumultuoso período de la emancipación latinoamericana, las nacientes
oligarquías y burguesías se orientaron con voracidad a ocupar el espacio
territorial expulsando a sangre y fuego a los legítimos dueños de las tierras.
El promotor de la campaña contra los indios pampeanos así exponía ante el
Congreso su plan: “En la superficie de quince mil leguas que se trata de
conquistar, comprendida entre los límites del río Negro, los Andes y la actual
línea de fronteras, la población indígena que la ocupa, puede estimarse en
veinte mil almas, en cuyo número alcanzan a contarse de 1800 a 2000 hombres de
lanza... Su número es bien insignificante con relación al poder y a los medios
de que dispone la Nación. Tenemos seis mil soldados armados con los últimos
inventos modernos de la guerra, para oponerlos a dos mil indios que no tienen
otra defensa que la dispersión, no otras armas que la lanza primitiva” (19).
El
exterminio de los indios pampeanos fue aprobado por la oligarquía bonaerense.
Como consecuencia de ese despojo sangriento, 1843 personas se repartieron
41.787.023 hectáreas de la mejor tierra argentina, entre 1876 y 1903. “Sesenta
y siete propietarios pasaron a ser dueños de 6.062.000 hectáreas”. Hacia la
segunda década del siglo XX, “concluido ya el proceso de formación de la
propiedad rural, solamente cincuenta familias eran propietarias de más de 4
millones de hectáreas de la provincia de Buenos Aires” (20).
El presidente Miguel Juárez Celman, en 1888, justificó con argumentos racistas
los “obsequios” efectuados luego del brutal desalojo indígena: “Dicen que
dilapido la tierra pública, que la doy al dominio de capitales extranjeros:
sirvo al país en la medida de mis capacidades. (Carlos) Pellegrini mismo acaba
de escribirme que la venta de 24 mil leguas sería instalar una nueva Irlanda en
la Argentina. ¿Pero no es mejor que estas tierras las explote el enérgico sajón
y no que sigan bajo la incuria del tehuelche?” (21).
La
barbarie de los uniformados llegó a sensibilizar hasta a los mismos voceros de
la oligarquía. El diario La Nación del 16 de noviembre de 1878, con el título
de “Setenta indios fusilados!” , cuestionó que los hechos ocurridos en Villa
Mercedes (San Luis) no respetaban “ni las leyes de la humanidad ni las leyes
que rigen el acto de la guerra”, dado que existía la opción alternativa y
disponible para el comandante, según el diario, de “mandarlos bien seguros a
Buenos Aires, como se ha hecho con otros” (20).
Pero, no
sólo hubo numerosas ejecuciones sumarias, también, como en todo genocidio, hubo
campos de concentración al mejor estilo del nazismo. El relato de John Daniel
Evans sobre un encuentro entre galeses y nativos, permitió detectar la
existencia “de un reformatorio en Valcheta (Río Negro) en el cual el gobierno
después de 1885 había concentrado a “la mayoría de los indios de la Patagonia”,
quienes “estaban cercados por alambre tejido de gran altura”. Evans cuenta que
reconoce entre los recluidos a un amigo de la infancia a quien no puede
rescatar por carecer del dinero que se le pide para ello y que finalmente muere
al poco tiempo en aquel campo de concentración” (22).
La isla
Martín García fue otro campo de concentración de nativos, donde los forzaban a
trabajar picando piedras. También existen constancias de la existencia de otros
similares en Carmen de Patagones, Junín de los Andes, Chinchinales y los
cuarteles de Retiro.
El general
Roca fue el “héroe” de la denominada “Campaña del Desierto”, un eufemismo que
encubría que el territorio conquistado estaba poblado por “veinte mil almas”.
El alma mater del genocidio pampeano,
no sólo fue homenajeado por los beneficiarios locales y compensado con parte
del botín, también recibió agradecimientos externos. “En Londres se hizo un
homenaje gigantesco al general Roca. La Crónica dirá: “Jamás los altos
banqueros y comerciantes de Londres, en número tan grande y selecto han
ofrecido a un hombre público extranjero iguales demostraciones de simpatía ni
tributado a un país tan altos elogios como los que han hecho a la República
Argentina” (20).
Esta conducta de la burguesía criolla fue, con algunas diferencias de matices,
la que se repitió en cada país americano. “Según Michel Foucault, el genocidio
–o mejor dicho, el programa genocida, independientemente de sus resultados
concretos- forma parte intrínseca de la constitución de las naciones modernas”
(23).
Las películas del lejano oeste invierten cínicamente los roles de quienes
fueron los protagonistas del salvajismo. Un líder piel roja, a fines del siglo
pasado, reflejó con estas palabras su angustia: “estoy cansado de luchar.
Nuestros jefes han muerto... Todos los ancianos han muerto. Hace frío y no
tenemos frazadas. Los pequeñuelos mueren de frío. Algunas de mis gentes han
escapado a las montañas y no tienen abrigo ni alimento... Quiero tener tiempo
de buscar a mis hijos y ver cuántos de ellos han quedado. Acaso los encuentre
entre los muertos. Oíd, mis jefes, mi corazón está triste y enfermo. Estoy
cansado” (24).
El aniquilamiento continúa, la rebelión también.
Negros e nativos participaron en la primera línea de combate en la guerra de
independencia y fueron utilizados en las luchas y guerras fratricidas
posteriores. Tanto Argentina como Paraguay contaban con una gran población
negra hoy casi inexistente, fruto de ese exterminio sufrido al que aportaron
también numerosas epidemias.
Rigoberta Menchú, originaria guatemalteca Premio Nobel de la Paz, afirmó tiempo
atrás que: “En los últimos veinte años, he recorrido todos los países con
pueblos indígenas. Y por doquier encontré la misma realidad: nadie quiere
darnos voz... Hace poco estuve en Canadá: indígenas de esas tierras, fueron
despojados de todo por las empresas multinacionales que talan los bosques.
Actualmente, hay ocho de estas firmas en plena actividad. Allí pudimos ver lo
que está haciendo nada más que una de esas compañías: en un año talaron bosques
por una extensión que supera el millón doscientos mil metros cuadrados por lo
que serán necesarios doscientos o trescientos años para que esa tierra recupere
su ritmo natural” (25).
No es muy
distinto el panorama de los pueblos originarios en toda América, los sobrevivientes
del genocidio continúan sufriendo crímenes, despojos, atropellos y represión
cuando intentan manifestarse en defensa de sus derechos.
Durante los primeros años de la gesta emancipadora latinoamericana, los
oprimidos vieron que sus reclamos se vinculaban con las causas nacionales. El
general Simón Bolívar abolió la esclavitud, Juan José Castelli liberó a los
indígenas del Alto Perú de las encomiendas, San Martín habló de “nuestros
paisanos los indios” y José Gervasio Artigas redistribuyó tierras entre los
pobres.
La opresión que siguen sufriendo los nativos, negros, mulatos y mestizos no es
muy distinta a la que sufren obreros, jornaleros, campesinos y millones de
marginados. El sistema capitalista, con su versión globalizada, continúa
acumulando víctimas.
La lucha por la liberación del sojuzgamiento dependerá de que las crecientes
víctimas puedan resistir y doblegar al sistema de dominación imperante. Los gobernantes
funcionales a ese status quo son los
responsables del empobrecimiento generalizado, del hundimiento de las economías
y de la descomunal entrega del capital social. Ellos son los causantes de que
180 millones de niños, mujeres y hombres latinoamericanos padezcan hambre,
miserias, marginación y desesperanza.
Este nuevo aniversario de la llegada europea a tierras americanas, encontrará a
la mayoría de los gobernantes de nuestros países nuevamente promoviendo perimidas
celebraciones, no es casual, ellos son los que abren las puertas a la
colonización, entregan las riquezas, someten al pueblo trabajador a cada vez mayores
sufrimientos y eliminan todo rasgo social progresista.
Ayer como hoy la sangre, el sudor y las lágrimas que se derraman son de los
oprimidos y sólo en ellos está la posibilidad de redención.
1- Carlos Marx, El Capital. Libro I. Editorial Claridad. Buenos Aires, 1966.
2- Carta de Federico Engels a C. Schmidt, 17/10/1890. Archivo Marx/Engels. Correspondencia
3- Huguette
et Pierre Chaunu. Séville et l'Atlantique (1504-1650).
Paris, S. E. V. P. E. N., 1955-1960. (École pratique des Hautes-Études. VIe
section. Centre de recherches historiques. Collection « Ports, routes,
trafics », n° 6).
4- Luis
Vitale. Historia Social Comparada de los pueblos de América Latina, Tomo I.
Atelí, Punta Arenas, 1998.
5- Pedro
de Cieza de León, La Crónica del Perú Cap. CXV. Sevilla, 1553.
6- H.J. Hamilton. American Treasure and the Price Revolution in Spain.
Harvard University Cambridge, USA, 1934.
7- Eduardo Galeano, Las venas abiertas de América Latina. Siglo XXI, 1989.
8- Oscar
Pintos Santos, basado en los estudios de H.J. Hamilton. Diario Gramma, La
Habana, 6/5/90.
9- John Maynard Keynes, Treatise on Money. Harcourt,
Brace and Company, Nueva York (1930)
10- Nahuel Moreno y George Novak. Feudalismo y Capitalismo en la Colonización
de América. Ediciones Avanzada. Buenos Aires, 1972.
11- Reseña del 14 de octubre de 1492 del Diario de Colón. Ediciones Cultura Hispánica. Madrid,
1972.
12-
Darcy Ribeiro, Las Américas y la Civilización. Editor Fundación Biblioteca Ayacucho. Caracas 1992
13- Ruggiero Romano. Le Rivoluzione del centro e Sudamérica, in Le
revoluzioni borghesi. Fratelli Fabril. Milán, 1973.
14- Hebe Clementi. La abolición de la esclavitud en América Latina. Editorial
La Pléyade. Buenos Aires, 1974-
15-Andrés
Soliz Rada. Europa y el tráfico de esclavos. www.argenpress.com, 17/11/2008.
16- Diario Página 12, Buenos Aires, 10/10/92.
17- Diario La Nación, Buenos Aires, 13/2/85.
18- Diario Clarín, Buenos Aires, 4/11/91.
19- Informe del general Julio Argentino Roca al Congreso de la Nación en
1875. Diario de Sesiones.
20- Osvaldo Bayer y otros. Historia de la crueldad argentina. Julio A. Roca y
el genocidio de los Pueblos Originarios. El Tugurio, Buenos Aires, 2010.
21-
Rodolfo Puiggrós. Historia crítica de los partidos políticos. Editorial
Galerna, Buenos Aires, 2006.
22 – Walter
Delrío y otros. Historia de la crueldad argentina. Julio A. Roca y el
genocidio de los Pueblos Originarios. El Tugurio, Buenos Aires, 2010.
23-
Diana Lenton y otros. Historia de la crueldad argentina. Julio A. Roca y el
genocidio de los Pueblos Originarios. El Tugurio, Buenos Aires, 2010.
24 -Samuel
E. Morrison, Henry S. Commager y Wllliam E. Leuchtenburg. Breve historia de
los Estados Unidos. Fondo de Cultura Económica. México, 2012.
25- Diario
Clarín, Buenos Aires, 23/7/2001.
FUENTES:
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de Colón. Ediciones Cultura
Hispánica. Madrid, 1972.
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Carta de Federico Engels a C. Schmidt, 17/10/1890. Archivo
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Económica. México, 1966.
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Bayer y otros. Historia de la crueldad argentina. Julio A. Roca y el
genocidio de los Pueblos Originarios. El Tugurio. Buenos Aires, 2010.
Rodolfo
Puiggrós. Historia crítica de los partidos políticos. Editorial Galerna,
Buenos Aires, 2006.
Andrés Soliz Rada. Europa y el tráfico de esclavos. www.argenpress.com, 17/11/2008.
Oscar
Pintos Santos. Diario Gramma, La Habana, 6/5/90
Diario
Página 12, Buenos Aires, 10/10/92.
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Diario Clarín, Buenos Aires, 4/11/91.
Diario
Clarín, Buenos Aires, 23/7/2001.
Informe
del general Julio Argentino Roca al Congreso de la Nación en 1875. Diario
de sesiones.
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