01 abril 2010

También hubo una Tierra del Fuego rebelde


A partir de testimonios de viejos pobladores y algunas escasas referencias documentales, puede esbozarse que en esta isla hubo huelgas y movilizaciones de los peones rurales en simultaneidad con lo que ocurría en Santa Cruz.


En las primeras décadas del siglo XX, la Patagonia austral fue escenario de intensas confrontaciones sociales, e incluso se llegó a conformar una comuna obrera. Algunos historiadores no dudan en afirmar que en esta región se desarrolló el proceso más intenso y avanzado de organización sindical de la época en Latinoamérica. Osvaldo Bayer sacó a la luz las huelgas de los peones rurales de Santa Cruz y la respuesta de los poderosos traducida en la masacre de muchos de ellos. Historiadores y periodistas magallánicos divulgaron las acciones de los trabajadores del sur chileno y la trágica represión descargada sobre los asalariados que desafiaron el poder de los estancieros. De Tierra del Fuego no existieron muchos registros de lo sucedido en esos años, pero algunos indicios pintan los trazos gruesos de una historia oculta de esas luchas obreras.

Punta Arenas, capital de la Patagonia Austral
El descubrimiento de la conexión entre los océanos Pacífico y Atlántico, en el siglo XVI, incentivó el tránsito por las aguas magallánicas y las exploraciones de las zonas aledañas. Pero pasaron trescientos años hasta que se produjeran las primeras radicaciones europeas estables en la región.
En 1865 se estableció el contacto marítimo regular con Europa y a partir de esa fecha numerosas empresas internacionales se instalaron en Punta Arenas. Esta localidad, se convirtió en el lugar obligado de aprovisionamiento de leña, agua y alimentos para los numerosos navíos que navegaban entre el Atlántico y el Pacífico.
Las actividades se diversificaron y multiplicaron: aprovechamiento de las arenas auríferas, salvamento de náufragos y de cargas de buques en dificultades, caza de lobos marinos, extracción de cobre y carbón, explotación de madera y, finalmente, instalación de astilleros, bancos, casas comerciales y frigoríficos. Toda esa acumulación de capitales, fruto de tasas de ganancias muy altas, permitió que la ocupación de las praderas para la explotación ganadera estuviera solventada en ese proceso previo.
La necesidad de abastecer de materias primas a la industria textil británica y la experiencia exitosa de la implantación ovina en Malvinas abrió las compuertas para su explotación en la Patagonia. Al compás de los grandes centros económicos comenzó la invasión europea de la región. Se fundaron inmensas estancias, se llenaron las estepas patagónicas de millones de ovejas y, fruto de ello, se ejecutó un nuevo acto del genocidio indígena americano.
Punta Arenas se convierte en el centro económico que influía sobre toda la región. Desde allí, se gestaron las ocupaciones de las tierras fueguinas y santacruceñas como si fueran el patio trasero de la ciudad magallánica.
El portugués José Nogueira es quien alcanza primero una importante fortuna, luego se suman el ruso Elías Braun y el asturiano José Menéndez. En las últimas décadas del siglo XIX los nuevos ricos van estableciendo vínculos económicos y familiares para pasar a la posteridad como los Menéndez Behety.
“Las concentraciones se efectivizaron utilizando todos los caminos posibles, fundamentalmente mediante testaferros. Tanto la ubicación de los terrenos como las formas de tenencia fueron variadas; en este último caso, reunió tierras en propiedad, arrendamiento e incluso ocupación de hecho. El mismo Braun reconoce la formación de establecimientos, exclusivamente con ocupaciones de hecho, organizados de la siguiente manera: él aporta el capital destinado a la compra de hacienda y a la construcción de las instalaciones, el supuesto socio figura como titular de la empresa y se encarga de la explotación, en calidad de habilitado, situación que le permitirá, a los años, transformarse en socio”1.
Con esta metodología non sancta, estos grupos familiares alcanzaron extensiones inéditas de territorio en la región. Los Braun llegaron a acaparar 1.500.000 hectáreas sólo en Santa Cruz, además de las tierras que habían tomado posesión en Chubut, Tierra del Fuego y Magallanes. En Tierra del Fuego, la acumulación de tierras tuvo como exponentes al grupo Braun Menéndez con 815.000 hectáreas de las cuales 245.000 eran fiscales, Bridges y Reynolds con 120.000 que incluyen a 70.000 fiscales, y José Montes con 120.000 y 70.000 fiscales2.
En 1920, “Mauricio Braun, hijo de aquel Elías Braun, poseía en sociedad con su hermana Sara Braun la Sociedad Explotadora de Tierra del Fuego que llegó a disponer de 1.376.160 hectáreas (…) Las tierras arrendadas en la Tierra del Fuego sumaban 572.950 hectáreas. Es decir, 1.857.017, de las cuales 1.284.067 del dominio privado. (...) Pero Mauricio Braun no sólo poseía toda esa tierra sino mucho más. A principios de siglo ya era propietario de la Compañía Minera Cutter Cove, de explotación del cobre; del Banco de Chile y Argentina, con sucursales en las poblaciones portuarias santacruceñas: Río Gallegos, Santa Cruz y San Julián, y la casa matriz en Punta Arenas. De ahí pasa a la propiedad de los frigoríficos de la Sociedad South American Export Syndicate ltd., con planta en Río Seco, Punta Arenas y luego en Puerto Deseado y Río Grande, en la Argentina, y los de Puerto Sara, Puerto Bories y Puerto Natales, en Chile. Funda además la compañía de seguros La Austral, y participa de la compañía telefónica de San Julián, la compañía de electricidad de Punta Arenas y la usina eléctrica de Puerto Santa Cruz. Aparte poseía la curtiduría La Magallanes fábrica de calzados y la Sociedad Explotadora de Lavaderos de Oro”3.

La isla alambrada
Mientras se consumaba el aniquilamiento aborigen, la explotación agropecuaria se fue expandiendo hacia zonas hasta entonces vírgenes dentro de la isla. En 1905, la cantidad de cabezas ovinas alcanzaba el millón y medio. La evolución de la calidad y los rindes se manifiesta en la incorporación de la raza Lincoln (que ofrecía vellones de hasta seis kilos) y Corriedale (de la que se obtenía buenos rendimientos en carne y lana) ya en la primera década del siglo XX.
La modalidad productiva regional generaba tasas de ganancias notables pero no incentivaba la necesidad de atraer a la zona grandes contingentes humanos. “Debe notarse, a los efectos pobladores, que la cría de la oveja no exige una planta funcional humana muy numerosa, salvo en época de esquila. De ahí que el esfuerzo colonizador fuera sobrellevado por pocos, y una vez saturadas las necesidades ganaderas, industriales y comerciales de las estancias, sobrevinieron períodos de estancamiento poblador, transitoriamente modificados por afluencias golondrina atraídas por la esquilada”4.
La expansión de la explotación ovina y los buenos resultados obtenidos en la comercialización exterior produjeron una rápida acumulación primitiva de capital que fue generando la necesidad de inversiones aleatorias que canalizaran esos recursos económicos.
Así, en 1906, los Menéndez Behety instalaron la Grasería y Fábrica de Conservas con un costo de 50.000 libras esterlinas y faenaban diariamente unos mil quinientos animales5. Luego, en 1916, habilitaron el Frigorífico de Río Grande, que llegó a concentrar hasta ochocientos operarios en sus momentos de apogeo donde se procesaban carnes ovinas, producían conservas, extracto de carne y curtían cueros. En 1918, se concretó la primera exportación de carne congelada hacia Inglaterra.
La mano de obra debía contratarse en Buenos Aires o en Punta Arenas; y a los interesados debían ofrecerle condiciones de trabajo y sueldos atractivos para tentarlos a aventurarse en un lugar tan inhóspito. “El personal, ya sea peones, capataces o empleados, está alojado en confortables casas-habitación (...) Se han terminado en este año 1920, dos grandes y espaciosas casas destinadas una para alojamiento de peones (capacidad 200 hombres) y otra con destino exclusivo a comedores y cocina para 400 hombres, contando este edificio con una excelente panadería, servicios de drenaje, dormitorios para cocineros y mozos, estando sus pisos construidos de cemento armado e iluminado con luz eléctrica, y puede considerarse una construcción modelo en su género”6.
Por otro lado, el magnetismo de la prosperidad fue impulsando a nuevos contingentes de ganaderos que hicieron avanzar la frontera agropecuaria hacia el interior fueguino. Así, se incorporaron los medianos y pequeños estancieros que ocuparon nuevas tierras a partir de diversas normas que lo consintieron en forma casi irrestricta.
La región fue ocupada “por gente que ha nacido para obedecer y otros que se han hecho ricos porque son fuertes por naturaleza. Y allá, fuerte quiere decir casi siempre inescrupuloso. Pero es que tienen que ser así: la Patagonia es tierra de hombres fuertes. Allí la bondad es signo de debilidad. Y a los débiles los devora el viento, el alcohol o los otros hombres. Esos blancos que han ido a conquistar la Patagonia, así, con todos sus defectos, son pioneros. Allá llegaron, allá organizaron, se plantaron y allá comenzaron a cosechar la riqueza con el cucharón de la abundancia. El que se queda y aguanta y además no es flojo de sentimientos, se enriquece. Sin ayuda de nadie. Y por eso creen ser dueños de toda la región. ¡Guay de los que quieran quitarles lo que es suyo, lo que conquistaron luchando contra la naturaleza, la distancia, la soledad!”7.

Inmigrantes insumisos
La influencia alcanzada por Punta Arenas no tuvo sólo manifestaciones en el orden económico y empresarial, sino que también produjo una fenomenal influencia de la incipiente organización sindical y de las primeras expresiones de rebeldía y descontento de los asalariados.
La zona magallánica chilena recibió una afluencia notable de inmigrantes de origen europeo, quienes además de sus escasas pertenencias transportaban sus concepciones hacia sus nuevos destinos americanos.
A fines del siglo XIX, se vivía una continua inestabilidad política originada por las confrontaciones sociales. Las ideologías del movimiento obrero estaban en un constante crecimiento y prosperaban los debates que germinaron en diversas agrupaciones anarquistas y socialistas. El mutualismo fue una de las primeras manifestaciones del influjo europeo en la zona magallánica. En 1893, surgió en Punta Arenas la primera entidad mutual, luego se multiplicaron agrupando a inmigrantes por nacionalidad. También adoptaron un carácter de incipiente organización gremial, como las entidades que nuclearon a carpinteros, empleados de comercio, fogoneros y marineros8.
Los comienzos de la vida gremial reivindicativa en la zona magallánica fueron muy dinámicos. El historiador Marcelo Segall no dudó en calificarlos como “el más importante proceso de lucha social de América Latina”.
El 7 de abril de 1896 se produjo una de las primeras huelgas, “cuando los obreros que se dedicaban a la construcción de lanchas cisternas iniciaron un movimiento de tres o cuatro días solicitando un incremento de sus salarios de sus abonos diarios”9.
El 27 de diciembre de ese año se creó la Sociedad Obrera y tres meses después se convirtió en Unión Obrera y celebraba el 1º de mayo “a sólo 11 años de la tragedia de Chicago, con asistencia de gran número de sus miembros”10.
En diciembre de 1897 apareció El Obrero que fue editado como “órgano de la Unión Obrera y defensor de los intereses de la Clase Trabajadora”. Luego, surgieron organizaciones que tendieron a agrupar los distintos oficios existentes en la ciudad: los albañiles (1902), panaderos (1905), metalúrgicos (1905) y empleados de comercio. Poco después, se creó el Centro Social Unión Internacional de Obreros y Trabajadores (1909), la legendaria Federación Obrera de Magallanes (FOM) (1911) y el Centro de Resistencia Oficios Varios, con posturas mucho más radicalizadas11.
Los pioneros gremiales cuentan sus primeros pasos: “Se inició una activa propaganda de organización en las diversas regiones de Patagonia y Tierra del Fuego, captándose gran cantidad de socios por el malestar existente debido a las condiciones deplorables en que vivían los trabajadores”12.
La vida de los asalariados era muy penosa, en Bahía Inútil de la Sociedad Explotadora (Tierra del Fuego) se la describe de la siguiente manera: “Las habitaciones que esta estancia destina a sus trabajadores son los establos en que guardan los caballos durante el invierno; son ellas sucias, mal olientes, llenas de estiércol, sin forro por dentro y llenas de aberturas por donde se cuela el viento portador de bronquitis, pulmonías, constipados y otras enfermedades derivadas del cambio brusco de aire; el patio que rodea estas habitaciones, si es que pueda dárseles tal nombre, está lleno de lodo, estiércol y desperdicios de comida, que fermentan con los calores del verano haciendo en los días de calma, una atmósfera asfixiante difícil de respirar. (...) El trato que dan a los trabajadores los capataces y demás empleados superiores es autoritario, humillante, sobre todo para los chilenos a quienes quieren afrentar llamándoles chilotes, esto es, según ellos, indios; no hay en ellos el tono del jefe que manda sino del amo que ordena y a quien hay que obedecer sin replicar...”13.
La organización obrera tuvo particularidades interesantes. La FOM estaba dividida en cinco zonas; en cada una de ellas se nombraba un inspector viajero y en cada estancia un delegado obrero. Los delegados eran elegidos por los trabajadores y percibían un sueldo de la entidad gremial, su misión era hacer cumplir los contratos colectivos de trabajo por parte de patrones y obreros. Eran elegidos de entre los más preparados, cultos y de más recto comportamiento. En tanto, los inspectores viajeros vigilaban la conducta de los delegados en las estancias y daban cuenta a la FOM de las irregularidades que observaban tanto de obreros como de patrones14. Cabe consignar que la entidad no tomaba en cuenta los trazados fronterizos y consideraba como parte de su esfera de actuación a los trabajadores que se desempeñaban en la parte argentina de la isla Grande de Tierra del Fuego y en Santa Cruz.
En la segunda década del siglo XX, comienza a agitarse el campo gremial a partir de un inusitado crecimiento de los precios de los artículos de primera necesidad. En febrero de 1912, se llevó a cabo una concentración de protesta en cuya proclama se sostenía que “La burguesía nos sitia por hambre, mientras ella derrocha nuestro sudor en suntuosos festines. Es preferible a rendir la vida por la miseria, morir combatiendo a nuestros esplotadores (sic) capitalistas y a nuestros tiranos los gobernantes”. A pesar de que la FOM no concurrió al acto, los trabajadores se congregaron y decidieron la convocatoria a una huelga general. Cuatro días después el paro era casi total.
La detención de algunos sindicalistas exaltó mucho más los ánimos y llevó a la FOM a ponerse a la cabeza del movimiento. Luego de siete días de agitación se logró la fijación de precios máximos y concluyó la huelga.
A fin de ese año, comenzó a gestarse otra huelga de los peones rurales, que tuvo su primer acto en la poderosa estancia San Gregorio, luego se extendió a la estancia Meric y a otros establecimientos. La necesidad de difundir el movimiento huelguístico llevó a un grupo de delegados a dirigirse hacia Tierra del Fuego. “Desafiando el mal tiempo que reinaba esa noche, lograron poner pie en la playa de Porvenir en las primeras horas de la mañana del lunes (12 de diciembre), siguiendo luego viaje unos para Río del Oro, San Sebastián y Bahía Inútil llevando instrucciones para comunicarnos a los asociados de las estancias y las demás de la Tierra del Fuego chilena y argentina”15.
Unos días después la huelga era general y hasta el propio monseñor José Fagnano intercedió ante los dirigentes gremiales para que recapacitaran porque “la gente deseaba trabajar”. La respuesta gremial fue que estaba “desinformado” y lo instaron a que hablara ante la concurrencia. Luego “de dos horas de hablar con los huelguistas tuvo que retirarse con la convicción de que no volverían tan fácilmente al trabajo, mientras no se accediera a lo que habían pedido”16. La admisión por parte de los Braun de las demandas obreras allanó la solución del conflicto y el fin de la huelga.
En 1915, con el inicio del año se desenvolvió otro proceso huelguístico con centro en Puerto Bories. El gremio de los carniceros reaccionó airadamente ante el intento patronal de suplantar a algunos de ellos por otros traídos de Buenos Aires. La imposición de modalidades de trabajo no aceptadas, llevó a que dos obreros fueran apresados y trasladados a Punta Arenas. Luego se sumaron otros detenidos.
La reacción popular fue fulminante y en una movilización participaron unas tres mil personas exigiendo la liberación de los trabajadores. Al ceder los gobernantes a los reclamos, el proceso huelguístico se frenó.
A mediados de 1916, el movimiento gremial se reactivó nuevamente. En julio, se paralizó la actividad en la mina Loreto por la falta de pago puntual de los salarios. Luego de veinte días de lucha, arribaron a la firma de un convenio que satisfizo las demandas de los trabajadores; además del compromiso de pago del 1º al 3 de cada mes, obtuvieron un aumento salarial del 15%. Este triunfo de los mineros comenzó a incentivar los reclamos de obreros de otros gremios.
El 1º de diciembre de 1916, la FOM difundió un documento que generó inquietud entre los empresarios de toda la región: “Tened bien entendido, trabajadores, que en esta lucha, a la cual debéis aportar todo vuestro entusiasmo, toda vuestra fe, toda vuestra energía, se decidirá la suerte de los trabajadores (...) Los ganaderos tienen ya vendidos de antemano sus productos (lanas y carnes) a los mercados europeos, y si vosotros esquiladores y trabajadores les negáis vuestro trabajo ellos perderán sus ganancias. Esperamos que cada obrero sabrá cumplir con su deber”17.
El movimiento huelguístico se extendió rápidamente, lo que demostraba el grado de insatisfacción de los trabajadores. Se inició en todas las estancias de la costa y centro de la Patagonia, hasta Laguna Blanca.
Tres días después, estaba paralizada toda la región chilena de Última Esperanza. Los huelguistas se concentraron en Puerto Natales, los patagónicos marcharon hacia Punta Arenas. “Las estancias de la Tierra del Fuego chilena y argentina están de paro, los trabajadores se encuentran en Porvenir y otros han venido ya en los vaporcitos que han pasado por allí. Este movimiento de suspensión de trabajo ha sido simultáneo en toda la región y se ha llevado a cabo con el mayor orden y respeto a las autoridades y patrones”18. Una de las cuestiones que más indignaba a los trabajadores era que “el más grande de los ganaderos, don Mauricio Braun, ha encarecido la vida en general de la población en un 40%”19.
En el transcurso del prolongado conflicto, los trabajadores tuvieron que enfrentar a rompehuelgas traídos desde Buenos Aires y la intimidación ejercida por los efectivos uniformados que, además de reforzarse con tropas de otros lugares y asociarse con sus colegas argentinos para enfrentar el movimiento, se instalaron en las estancias para “resguardar el orden”.
La huelga se prolongó hasta el 18 de enero de 1917, donde se alcanzó un acuerdo formalizado a través de un convenio colectivo de trabajo y signó uno de los primeros grandes triunfos de las luchas obreras de la región.
Estos conflictos generaron la agitación suficiente para que la FOM promueva una campaña por la conquista de las ocho horas de trabajo. En ese marco, se produjo un allanamiento a la sede gremial y fueron detenidos tres de sus dirigentes, lo que acrecentaba el clima de tensión. Uno de los actos gremiales fue reprimido por efectivos de Carabineros y de la Marina que produjo la muerte del obrero Daniel Avendaño y otros siete heridos de gravedad. Esto agravó mucho más la situación y obligó a las autoridades a negociar con los gremialistas. Para allanar el camino, se liberó a los detenidos y en los primeros días de enero de 1919 se llegó a la firma del convenio que puso fin al conflicto.

La comuna de Puerto Natales
En enero de 1919, ocurrió uno de los primeros grandes enfrentamientos entre obreros y policías. Los trabajadores movilizados no sólo doblegaron a los uniformados, sino que ocuparon la ciudad de Puerto Natales.
A seis kilómetros de esa localidad se encuentra Puerto Bories; el frigorífico allí instalado, en 1914, propiedad de la Sociedad Explotadora de Tierra del Fuego, se convirtió en la más dinámica industria de la zona. En diciembre de l918, se decretó la huelga general de un millar de obreros en demanda de incremento de salarios. Se llegó a un acuerdo, pero la situación conflictiva no varió.
El 20 de enero, a partir de un reclamo de los maquinistas ferroviarios, se plegaron todos los trabajadores, quienes se reunieron en una asamblea masiva y aprobaron sus reivindicaciones: ocho horas de trabajo y reincorporación de veinte carpinteros que habían sido cesanteados, y la respuesta patronal debía estar formulada en 24 horas. Cuando los propietarios accedieron al reclamo, la asamblea obrera incorporó otras demandas como abaratamiento de los artículos de primera necesidad y de los alquileres.
En medio de los debates, se llegó a proponer el incendio de la sede de la empresa Braun y Blanchard, si no se recibía una respuesta definitiva en 24 horas. El representante de los empresarios terminó aceptando todos los reclamos. Se acordó una rebaja del 30% de los productos de consumo y del 40% de fletes y pasajes, entre otros puntos. Así, tres días después finalizó el conflicto en el Frigorífico Natales. Pero, en Puerto Bories, la situación se agravó. Una disputa entre un trabajador que reclamaba por el pago de su trabajo de pintura y el administrador inglés que se negaba a hacerlo, derivó en un tiroteo con el ejecutivo herido de gravedad.
El enfrentamiento duró seis horas y se fueron incorporando carabineros y el resto de los obreros, con un saldo de cuatro obreros y cuatro carabineros muertos y veintiún heridos. Cuando se enteraron en Puerto Natales, los obreros abandonaron sus tareas y fueron en busca de armas para cobrar venganza. Asaltaron la casa Braun y Blanchard para proveerse de armas y víveres para después incendiarla. Idéntica acción se desencadenó contra el cuartel de Policía y el Juzgado.
Efectivos de Carabineros e Infantería de Marina ocuparon posiciones en la ciudad y arribó el juez ordenando la detención de veintidós protagonistas de los sucesos.
La escalada de conflictos alarmó de manera inusual a las autoridades. El gobernador de Punta Arenas remitió a su colega de Santa Cruz un alerta: “Después de incendiar el establecimiento de Bories y media población de Natales, un ejército de 500 obreros armados y en actitud revolucionaria, se dirigían hacia las fronteras argentinas, camino de Gallegos, con el exclusivo objeto de llevar a cabo una revolución social en el expresado pueblo de Gallegos”20. Dejando en evidencia la estrecha colaboración existente entre las autoridades de los dos países con el fin de enfrentar las movilizaciones obreras.
Al decir de Luis Vitale, “los sucesos de Puerto Natales merecen especial consideración, porque los trabajadores, por primera vez en el siglo XX, fueron capaces de tomar el poder local durante varios días”21.

Masacre en la FOM
A pesar del desenlace del proceso anterior, las convulsiones sociales se prolongaron hasta los primeros años de la siguiente década. En 1920 se sucedieron conflictos en el gremio de mar y playa, mineros y en la isla Dawson.
La nueva oleada huelguística despertó la reacción de los poderosos, quienes aprovecharon un posible enfrentamiento bélico chileno-peruano para volcarse en contra de los reclamos obreros. El estado de crispación social generó intranquilidad entre los sindicalistas, quienes comenzaron a custodiar la sede de la FOM en prevención de posibles ataques.
El 25 de julio de 1920 los empresarios, funcionarios civiles y militares y sectores nacionalistas hicieron un acto y los oradores incentivaron el odio hacia los trabajadores arengando contra “el comunismo anárquico”. Dos días después, la polarización se traducía en un operativo cívico-militar contra la entidad.
En la madrugada, un numeroso piquete de policías, militares y civiles atacaron la sede sindical para arrasar con vidas y bienes. Según testimonios recogidos por Carlos Vega Delgado, unas sesenta personas desataron su furia contra ese símbolo de la lucha obrera. Uno de los objetivos era la destrucción de la imprenta obrera, que durante años permitió la comunicación, la concientización y la organización de los asalariados de la región.
Establecieron una “zona liberada” en las inmediaciones de la sede, cortaron el agua para impedir el combate del incendio, efectivos policiales obstaculizaron el accionar de los bomberos y los obligaron a retocar su informe. El diario El Magallanes durante cuatro días silenció estos trágicos sucesos.
El único periódico que informó sobre el atentado fue The Magellan Times, que hizo la siguiente descripción: “un poco antes de las tres de la madrugada, la ciudad entera fue alarmada por el estallido de descargas de rifle. Esto continuó en ráfagas y disparos por más de media hora, cuando el edificio de la Federación Obrera fue visto en llamas. El fuego se extendió rápidamente y para cuando la alarma de incendio fue dada, otra media hora después, el vecindario completo estaba iluminado como un mediodía”, el resultado fue “la más completa destrucción del local de la Federación Obrera, la sala del cinematógrafo, la imprenta y tres casas contiguas. (...) Parece que un gran cuerpo de hombres enmascarados atacó el local de la Federación con la idea de destruir la imprenta, a causa de los artículos anárquicos y antipatrióticos recientemente publicados en su periódico quincenal El Trabajo”.
Los trabajadores estaban esperando el ataque, “tenían una guardia armada de unos veinte hombres, preparados para recibir el asalto y la resistencia fue tan desesperada que la guardia sólo fue reducida cuando el edificio estalló en llamas. (..) Tres cadáveres carbonizados fueron recobrados de las ruinas (...) No se ha descubierto quienes y cuantos fueron los baleados, pero en la Cruz Roja se consigna que fueron atendidos catorce obreros”.
Luego del suceso “fue declarada una huelga general, pero todos los intentos por realizar una reunión pública, por parte de los huelguistas, fueron impedidos por (…) patrullas de policía montada (...) se cree que la mayoría de los líderes están arrestados”22. A pesar de esas condiciones, se pudo llevar a cabo una manifestación de unas 400 personas que repudiaron la barbarie.
El operativo antiobrero continuó con persecuciones contra los dirigentes gremiales. Por ejemplo, en una mina de la Compañía Menéndez Behety se intimó a los obreros que paralizaron sus actividades a que cesen la medida o serían expulsados. La patronal y la policía, con una “lista negra” en la mano, se dirigieron a las habitaciones de los trabajadores apuntados para retirarlos del lugar. Muchos obreros huyeron hacia el monte para evitar la “caza de brujas”.
Esta tragedia tuvo una investigación judicial inconsistente. En septiembre de 1921, el proceso fue cerrado por el procurador fiscal. En tanto el veredicto popular apuntaba a la cúpula policial y militar de la región como los responsables de los crímenes y a los grandes empresarios como sus inspiradores. La barbarie continuó con crímenes y desapariciones nunca esclarecidos, con el fin de terminar con el sindicalismo magallánico y generar pánico con el accionar policial y parapolicial.

La peonada rebelde
Estas confrontaciones obrero patronales permiten visualizar la influencia que tuvieron en los sucesos que se desencadenaron con posterioridad en Santa Cruz.
Desde el centro a la periferia, desde “La Perla del Sur” hacia los campos fueguinos y santacruceños, todo obstáculo fue derribado al paso de la obsesión por acaparar tierras. Los terratenientes llegaron antes que las instituciones estatales, por esa razón, impusieron “su ley” y sus condiciones inflexibles a los exponentes del poder central. Los delegados estatales se fueron convirtiendo en sus aliados, amigos y socios. Uno de los ejemplos más destacados fue el del gobernador Edelmiro Correa Falcón, quien al mismo tiempo fue nombrado secretario de la Sociedad Rural de Río Gallegos.
Su poderío se extendió hacia Buenos Aires, donde trasladaron más tarde sus casas matrices, y encontraron una “receptividad” especial en su juego de influencias, presiones y lobbies para legalizar sus posesiones, preservar sus negocios y mantener un dominio inexpugnable en la región patagónica -magallánica.
José María Borrero así describe este proceso: “En Buenos Aires nadie conoce bien el Territorio, a excepción de los Menéndez Behety que lo explotan. (…) Se sabe que el Territorio produce lana y nada más (...) El manipuleo y demás no ha llamado la atención del Gobierno, encantados sus hombres con saber que salen de Santa Cruz muchos millones de kilogramos de lana, vendida en Europa a precio de oro. (…)
Para los estancieros de Santa Cruz no existe, por lo tanto, otra ley que la que les marca su propio interés (...) El contrabando de mercaderías generales asume también proporciones increíbles. Se introduce y se exporta clandestinamente, al amparo de la falta absoluta de vigilancia y también de la misma ‘complicidad de la Policía del Territorio’.
(…) Si me he detenido en estos breves detalles sobre los contrabandos y la forma cómo proceden las sociedades anónimas de Santa Cruz, ha sido simplemente para que resalte la equivocación del gobierno al prestar a los que en realidad son ‘los verdaderos bandoleros del Sur’ su apoyo moral y material, que permitió las ‘masacres’ humanas de 1921, recuerdo que horroriza cada día más”23.
En el marco de semejante desproporción de fuerzas sociales se producen los primeros intentos de organización gremial y concreción de medidas de acción directa en pos de mejorar las condiciones de vida extremas de los peones rurales y del resto de los trabajadores de la región.
Para intentar superar tantos obstáculos y ofrecer resistencia a un poder casi absoluto, los trabajadores se dotaron de una dirigencia que predicaba mayoritariamente el ideario anarquista y que, basada en sus férreos principios y combatividad, afrontaba con apasionamiento y voluntad de sacrificio asombrosos esas dificultades.
Los triunfos sindicales fortalecieron a la organización obrera hasta un punto intolerable para los estancieros. En pos de recuperar el poder absoluto, masacrar a mil quinientos obreros fue sólo una anécdota para los dueños de la región.
En 1910 fue fundada la Federación Obrera de Río Gallegos (FORG). El primer movimiento huelguístico se produjo en la estancia “Mata Grande”, de Guillermo Patterson. El 15 de noviembre de 1914 llegó como delegado de la entidad el español Fernando Solano Palacios por las reiteradas denuncias y protestas de los hombres de campo. Se presentó a Patterson y le exigió que los obreros rurales no pagasen más la comida, que no se cobrasen los peines y cortantes que se destruían durante la esquila, y que el pago del médico fuera voluntario.
El estanciero no sólo rechazó la petición sino que trató de echar al dirigente de la FORG. Palacios resistió, se alojó con los peones y el día siguiente se declaró la huelga. Pero la Justicia actuó ante el pedido patronal y detuvo y procesó a los sindicalistas. Palacios fue condenado a un año de cárcel por propiciar la primera huelga de la región.
Pero el paro se extendió a todas las estancias de los alrededores de San Julián. “Las peonadas habían bajado hasta el puerto y allí se pasaban haraganeando a la espera que los patrones revienten y tengan que llamarlos porque se estaba en plena época de esquila”24.
Los estancieros contrataron esquiladores en Buenos Aires para sustituir a los huelguistas, pero al llegar al puerto fueron recibidos violentamente por los piquetes obreros. Los policías, que protegían a los desembarcados, recibieron más de cuarenta disparos. Luego iniciaron una persecución contra los activistas obreros que arrojó el saldo de 69 detenidos. De esta manera concluyó la primera experiencia huelguística. Si bien el resultado poco favorable, los movimientos huelguísticos se reiteraron en los años sucesivos.
En numerosas oportunidades las luchas magallánicas repercutieron entre los trabajadores santacruceños. Se desarrollaron reiteradas muestras de solidaridad que retroalimentaron los vínculos.
A pesar de que se agitaba la defensa de la soberanía territorial y que se utilizaba el fantasma de las apetencias de tierras de los gobernantes chilenos como una forma de distraer la atención de las luchas sociales, los funcionarios de ambos países dieron excesivas muestras de trabajo mancomunado, de tolerancia para que los uniformados atravesaran las fronteras para perseguir a los revoltosos y de casi un mando unificado para enfrentar “al peligro apátrida”.

Los peones se sublevan
En los comienzos de 1920 la situación se agravó notablemente. La colocación de lanas en el mercado mundial sufrió la caída de los precios y el abarrotamiento de la materia prima en los depósitos ingleses hizo más inflexible todavía la posición de los estancieros.
Por otro lado, los trabajadores habían avanzado en su organización y en su conciencia de que la lucha de clases era la única forma de mejorar sus condiciones de vida.
En junio de ese año, se produjo un movimiento huelguístico en la estancia “La Oriental” en reclamo de mejores condiciones de vivienda y de pago de los jornales. Con la colaboración de la policía chubutense, la huelga fue aplastada y sus dirigentes golpeados, encarcelados y enviados a Buenos Aires procesados por la Justicia; luego fueron expulsados por el gobierno radical por ser extranjeros.
Un mes después, se desató el conflicto en los sectores gastronómico y portuario, sólo los primeros salieron airosos de la huelga.
Los estancieros, con el gobernador a la cabeza, lanzaron una ofensiva sobre la entidad obrera. En momentos que se estaba desarrollando una asamblea, la policía allanó la sede y detuvo a una decena de dirigentes, entre ellos al español Antonio Soto. A pesar de la orden de liberación emanada de un juez, Correa Falcón la desoyó y se propuso aplastar al movimiento gremial. La reacción obrera no se hizo esperar. La huelga se extendió hacia el campo y numerosos contingentes de peones abandonaron sus tareas y marcharon hacia Río Gallegos.
En la ciudad, la policía se mantuvo activa persiguiendo y golpeando a los obreros rurales. En el allanamiento a una imprenta, fueron detenidos otros quince sindicalistas y la situación se agravó notablemente. Finalmente, el 1º de noviembre fueron liberados todos los detenidos. Pero esta confrontación fue el preludio de la huelga más grande de la Patagonia, que se estaba gestando.
La llegada a la ciudad de una gran cantidad de peones rurales, permitió a la conducción obrera organizar y adoctrinar a numerosos delegados obreros que retornaron hacia las estancias con la idea clara de organizar un nuevo movimiento por sus reivindicaciones25.
Una vez largada la huelga, numerosos peones iniciaron nuevamente su peregrinación hacia Río Gallegos. Al comienzo del conflicto, unos doscientos deambulaban por la ciudad; un par de semanas después, la cifra alcanzó a unos quinientos, generando una gran inquietud entre empresarios y autoridades.
Simultáneamente, surgió otro proceso movilizador en el campo, liderado por los apodados “68” y “Toscano”, Lorenzo Cárdenas, Bartolo Díaz y Florentino Cuello, que lograron paralizar todo el sur provincial; su método era tomar estancia por estancia, llevándose como rehenes a propietarios, administradores y capataces y engrosando sus filas con los peones que se sumaban masivamente al movimiento.
El fortalecimiento del proceso huelguístico fue impulsando a una mayor audacia obrera. Este contingente fue acaparando armas y municiones, frenó el intento de instalarse en las estancias de un nutrido contingente de rompehuelgas y se enfrentó a tiro limpio con efectivos policiales, poniéndolos en retirada con varias bajas.
Los policías, a medida que se agudizaba el conflicto, empleaban métodos represivos más salvajes.
Ante la campaña desplegada por los ruralistas en Buenos Aires, el presidente Hipólito Yrigoyen determinó el envío de un contingente del Batallón 10 de Caballería, comandado por el teniente coronel Héctor Benigno Varela. Casi simultáneamente con la llegada de las tropas, se produjo el relevo del gobernador. El nuevo funcionario intentó una mediación que finalmente alcanzó la resolución del conflicto y el inicio de la zafra lanera.
En el convenio firmado se concedió todo lo reclamado por los trabajadores y se aceptó que los actos violentos producidos por los huelguistas no fueron de su responsabilidad.
La finalización de este largo conflicto generaba entre los obreros la esperanza de que se iniciara un período de paz. En poco tiempo, se dieron cuenta de que estaban equivocados26.
La situación límite en que vivían los peones rurales se reflejaba en los puntos conquistados en el convenio, que podría haber cambiado notablemente sus condiciones de vida. El texto abolía una especie de cajones donde dormían a los que llamaban camarotes, imponía un tope de tres hombres por dormitorio de cuatro por cuatro, suministro de agua abundante, iluminación en las viviendas, una tarde por semana para lavar las ropas, tres platos de comida diarios, botiquín sanitario con leyendas en castellano, suspensión de las tareas a la intemperie con viento o lluvia, reconocimiento sindical y salario mínimo de cien pesos.

Genocidio sureño
A pesar de lo elemental de las reivindicaciones, los estancieros sólo las aceptaron temporalmente. Una vez saciada su necesidad, desconocieron lo que habían firmado y recurrieron a sus influencias en el poder para liquidar la fuerza de los trabajadores.
En febrero de 1921 la huelga recomenzó. El paro fue prácticamente total y el movimiento sindical conquistó la adhesión y solidaridad de la población urbana, que protegió a los activistas sindicales que fueron perseguidos por los efectivos militares y policiales.
Los enviados del presidente Yrigoyen intentaron negociar con los ganaderos, pero estos no cumplieron lo pactado y la huelga se generalizó. La agudización del conflicto fue empujando a los protagonistas hacia un camino de no retorno. Las reivindicaciones sindicales devinieron en consignas de enfrentamiento frontal al sistema, una rebelión que fue en ascenso tanto en sus demandas como en su metodología. Los reiterados incumplimientos de los poderosos, la conciencia de que mejorar sus paupérrimas condiciones de vida era posible y la fortaleza de su lucha, llevó a los trabajadores rurales a un enfrentamiento por el todo o nada.
La dinámica del movimiento fue utilizada como un ariete para presionar al gobierno radical para que pusiera fin a la huelga; Yrigoyen envió nuevamente al teniente coronel Varela al frente de un nutrido contingente de efectivos de caballería.
En agosto, una manifestación obrera fue atacada a balazos por agentes provocadores de los latifundistas, ocasionando decenas de víctimas. La reacción obrera fue decretar la huelga revolucionaria.
Las tropas del Ejército cercaron a los grupos obreros que habían ocupado los cascos de las estancias. Varela aprovechó la confianza que había conquistado en su anterior incursión, para avanzar en el exterminio de los dirigentes y activistas. También, jugaron en contra de los obreros las enormes distancias, el aislamiento y la incomunicación entre los contingentes gremiales. Esto fue muy bien aprovechado por el militar para aplastar al movimiento. Así, los huelguistas fueron aniquilados grupo a grupo.
Una vez que se rendían, los estancieros acompañaban a los uniformados para señalar a los más activos, que eran fusilados de inmediato. Las cifras del genocidio dan cuenta de un exterminio superior al millar de trabajadores. La población santacruceña sufrió un descenso de casi siete mil personas entre dos censos nacionales.
El balance oficial de esta barbarie nunca se conoció. Durante varias décadas se mantuvo en el más celoso ocultamiento. Sólo la investigación realizada por Osvaldo Bayer permitió sacar a la luz la magnitud de la represión militar, la matanza ocasionada y las complicidades entre los poderes económicos y los ocasionales gobernantes.

La movilización de los peones fueguinos
Las huelgas santacruceñas y magallánicas, a comienzos de la década de 1920, tuvieron algunas manifestaciones de menor intensidad en la parte argentina de Tierra del Fuego. Dada las similares características productivas y la proximidad geográfica, la conflictiva situación regional se reflejó de una forma proporcional en el poblamiento y desarrollo económico. En esa época, la isla no pasaba de ser una zona marginal dentro del rubro productivo predominante en la región.
Encontrar las constancias de esos movimientos reivindicativos no resultó sencillo, sólo algunas huellas permitieron concluir que Tierra del Fuego no estuvo aislada del drama que conmovió a la región.
Un primer indicio fue brindado por Lucas Bridges, quien relata la llegada a la estancia Viamonte de un contingente de activistas anarquistas que intentaban convencer a los peones para que se organicen y se sumen a las luchas gremiales, denunciando las enormes ganancias que obtenían a costa de sus sufrimientos. Los gremialistas hablaron en una asamblea ante “alrededor de ochenta peones, entre ellos cuarenta onas” fueron presionados por un colaborador de Bridges de apellido Arévalo, con antecedentes criminales, quien “se abalanzó de repente sobre el orador vociferando horribles amenazas y desafiándolo a pelear para destriparlo. Luego sacó su enrome cuchillo y le cruzó la cara de un planazo”, intimándoles a que abandonen el lugar, cosa que hicieron rápidamente, según Bridges27. Esta referencia, permite confirmar la presencia de militantes sindicales que trataban de sumar nuevos contingentes a sus organizaciones y a sus luchas.
Arnoldo Canclini señala de que el gobernador Fernández Valdés, entre 1915 y 1916, “se vio envuelto en la serie de problemas provocados por las huelgas de los peones”; y agrega que “para colmo de males, la agitación social del país repercutía en la capital fueguina, por la presencia de destacados líderes anarquistas en el presidio”28.
Según Juan Belza, el movimiento huelguista convocado por la FOM “alcanzó a los territorios argentinos de Santa Cruz y Tierra del Fuego, cuyos obreros eran en su mayoría chilenos”. Un día después el gobernador Fernández Valdés telegrafió al Ministerio del Interior un informe de la situación: “El comisario de Río Grande comunica que peones, frigoríficos y esquiladores de diversas estancias (...), suspendieron trabajos, mientras reciben instrucciones Federación Obrera Punta Arenas. Huelga es tranquila y según parece sólo adhesión a la declarada en otros parajes”29.
Al día siguiente el texto denota el agravamiento de la situación: “Huelga se generaliza en departamentos zona norte comenzando a forzar a obreros no afiliados. A pedido comisario Río Grande enviaré por vapor esperado mañana que Sociedad Menéndez Behety pone a mi disposición veinte gendarmes para auxiliar a personal aquellas comisarías donde sea necesario mantener el orden y hacer respetar libertad de trabajo. Calcúlanse en cerca de mil los obreros repartidos”30.
El 21 de enero de 1917 se firmó un convenio entre los obreros y patrones de Punta Arenas que superaba el estado de huelga que había agitado la zona magallánica. No obstante, la huelga en Río Grande se prolongó un mes más. En febrero el gobernador territorial comunicaba al poder central: “terminaba huelga sin novedad, dispongo regreso gendarmería destacada en Río Grande”. Belza advierte que “se preparaban las huelgas entre los trabajadores de las estancias del norte”31.

Atando recuerdos
Jorge Martinic Plastic, recuerda que en sus épocas de trabajador de estancia, “Un año antes que llegara yo, me contaba mi hermano, bajaba la gente de todas las estancias a la Primera (Argentina) a hacer asamblea, 1920, y había pedido que pararan y pidieron aumento de sueldo y no se quiso pagar nada, dijeron que nada, nada, nada... Entonces ellos perdieron como quince días, no pagaron sueldo, no pagaron nada. Obligado tenían trabajar en otra”32.
Sara Sutherland aporta sus recuerdos sobre esos acontecimientos, “el movimiento había empezado, habían movilizado. Yo era muy chiquita, tenía cuatro años y me acuerdo porque veía la desesperación de mamá y de la gente que había en casa... ¡Entonces vimos todos esos jinetes: un montón! De lejos se veían, en la Estancia Teresita en donde estaba mi padre como administrador. Llegaron hasta las casas y empezaron a dar vueltas... entraron y se empezaron a servir de todo lo que ellos querían. ¡Cargaban caballos cargueros con toda clase de cosas, eligiendo lo mejor! De allí se alejaron y se fueron a otras estancias de alrededor haciendo lo mismo. Si alguien les hubiera negado algo supongo que se hubieran puesto mal, pero con mi padre no pasó nada. Él les dejó sacar lo que quisieran y no sacaron demasiado tampoco, ni rompieron cosas, ni hicieron nada fuera de lugar”. Más adelante, afirma que “Los jefes venían del lado de Chile, de Punta Arenas, y preparaban la gente como si fuera una pequeña guerra. Pero antes de que ellos cumplieran con todos sus propósitos, llegó el aviso que la huelga había terminado” 33.
Rubén Maldonado, dirigente indigenista fueguino, hizo un relato a partir de referencias brindadas por sus mayores, en una ocasión “se juntaron más de 600 paisanos en el cabo Peña, de todas las estancias y se dirigieron a la estancia José Menéndez en reclamo de mejoras del sueldo y de otras cosas que pedían, que dormían en cuero, que le daban mala comida... En ese movimiento obrero entre 1921 y 1922, estuvo mi abuelo, que lo mandó Jorge Reynolls (administrador de la estancia Viamonte) como tropillero encargado de todos los caballos de esa estancia, de donde partió un grupo grande a la movilización”. La composición era muy mezclada, “había paisanos, muchos aborígenes, que vinieron a reclamar. Entonces el ejército venía también a reprimir a Tierra del Fuego y no alcanzó a llegar, porque el barco que los iba a traer tuvo un problema. Pero se cortó todo cuando se conoció la matanza en Santa Cruz, y cada gaucho volvió a su establecimiento rural”. Maldonado considera que a raíz de esas movilizaciones, el gobierno de Marcelo T. de Alvear decidió la creación de dos reservas aborígenes, la del lago Kami y la de Komo Suaike “para sacar a los indígenas de algunas estancias y de los centros poblados. Lo mismo pasó en Santa Cruz”34.
Emilia Susic de Bonifetti, antigua pobladora, ratificó y extendió el relato. Da precisiones sobre la fecha, ya que afirma que fue coincidente con la llegada de sus padres a Río Grande, “fue en el mes de noviembre de 1921”. Señala que fueron enviados gendarmes desde Río Gallegos a Ushuaia en prevención de conflictos obreros similares a los ocurridos en las estancias de Santa Cruz. Doña Emilia cuenta que sus padres se instalaron en El Tropezón, “en el lugar donde hay un puesto de (la estancia) María Behety. Ahí, mi padre tenía un almacén de ramos generales, planta baja y alta. A mi mamá todo le asombraba, recién llegada de Yugoslavia (...) Un día se sienta en la puerta del boliche mirando a la pampa, porque siente ruidos y el ruido que sentía era de muchos cascos de caballos... Mi mamá decía que era tanta la cantidad de caballos, que estaba sentada en la puerta de calle, miraba para la izquierda se perdía la gente de a caballo; hacia la derecha, hacia (la estancia) José Menéndez, no se alcanzaba a ver la punta de la columna, era impresionante la cantidad de huelguistas que venían”.
“Llegaron a José Menéndez -continúa-, entablaron conversaciones con el jefe de policía, y decidieron que lo iban a fusilar, lo pusieron en el palenque que estaba en el corral para amarrar a los animales ariscos. Lo estaban por ejecutar, cuando entra el comisario de Río Grande, Alejandro Lías Pol, que era español; éste, les dice: ‘bueno muchachos conversemos, qué es lo que quieren’. Los peones le dijeron que estaban cansados de trabajar y no tener las cosas que ellos necesitaban y que se proponían eliminar a las autoridades. Lías Pol quiso saber las demandas para ver si podía resolver algo. Los peones le contestaron: ‘carne, carne, papa nada; huelga, huelga, pues señor’. Parece ser que a la gente le daban carne y nada más. Los obreros pedían papa. La respuesta del comisario fue que se comprometía a hacer las gestiones ante las autoridades y que iban a tener una respuesta positiva, pero, les pidió, que no cometan un crimen”. Luego, agrega que “en la huelga del 21, no se cometió ningún hecho violento en la Tierra del Fuego argentina, aunque en la parte chilena sí hubo. En Santa Cruz fue una huelga bastante larga, fueron meses; acá no, llegó esa tanda de huelguistas que venían de San Sebastián, se armó ese lío, se resolvió la situación y de allí pegaron la vuelta”.
Con respecto a la existencia de caudillos obreros, responde: “yo sé que se conocían, pero yo no los conocí”, y agrega que “cuando se llega a un punto de disconformidad, como ocurrió con los obreros y no había eco, comunicación con el patrón, que a lo mejor ni lo conocían; eso produce a la larga un fermento, se empiezan a correr las voces, unos a otros trasmiten sus quejas y si hay alguno que oficia de cabecilla los incentiva para lograr los propósitos”35.
De esta manera, a partir de estas limitadas fuentes informativas, se puede confirmar la repercusión que tuvieron en la isla los intensos conflictos sociales que vivieron simultáneamente la provincia de Santa Cruz y la zona magallánica. Evidentemente, faltan muchas precisiones, pero esta acumulación de elementos coincidentes, de testimonios trasmitidos boca a boca, algunos recuerdos difusos y en parte contradictorios, permiten constatar que Tierra del Fuego no fue un hecho aislado en las confrontaciones sociales que se vivieron en las décadas de 1910 y 1920.



Notas
1. Barbería, Elsa Mabel: “Los dueños de la Patagonia Austral”. En Todo es Historia Nº 318, enero de 1994.
2. Expediente de Tierras 7018, citado por Juan Belza: En la Isla del Fuego. Tomo III. Publicación del Instituto de Investigaciones Históricas Tierra del Fuego. Buenos Aires, 1977. Pág. 147.
3. Bayer, Osvaldo: La Patagonia Rebelde. Los Bandoleros. Editorial Planeta. Buenos Aires, 1992. Pág. 26.
4. Belza, op.cit., pág. 16.
5. Memoria de 1910 de Fernández Valdez y Francisco Cubas. Citado por Belza, tomo III, página 54.
6. Raca, Juan Rodolfo. “El Frigorífico de Río Grande”. Revista Argentina Austral Nº 433. Publicación de la Sociedad Anónima Importadora y Exportadora de la Patagonia. Buenos Aires, 1968.
7. Bayer, op.cit. pág. 25.
8. Vega Delgado, Carlos: La masacre en la Federación Obrera de Magallanes. Punta Arenas, 1996. pág. 27.
9. Vega Delgado, op.cit. pág. 19.
10. Crónica de El Magallanes del 6 de mayo de 1897, citado por Vega Delgado, op.cit., pág. 20.
11. Vega Delgado, op.cit. pág. 19.
12. Vega Delgado, op.cit., pág. 34.
13. Iriarte, Gregorio, citado por Vega Delgado. Pág. 34.
14. Vega Delgado, op.cit. pág. 71.
15. Iriarte, Gregorio, citado por Vega Delgado, op. cit. Pág. 39.
16. Iriarte Gregorio. citado por Vega Delgado, op. cit. Pág. 40.
17. En El Magallanes 2 de diciembre de 1916. Citado por Vega Delgado, op. cit. Pág. 62.
18. En El Magallanes, 5 de diciembre de 1916. Citado por Vega Delgado, op. cit. Pág. 64.
19. En El Magallanes, 7 de diciembre de 1916. Citado por Vega Delgado, op. cit. Pág. 65.
20. Periódico El Trabajo, 2 de marzo de 1919. Citado por Vega Delgado, op. cit. Pág.133.
21. Vitale Luis. Interpretación marxista de la historia de Chile. Citado por Vega Delgado, op. cit. Pág.153.
22. En The Magellan Times, 28 de julio de 1920. Citado por Vega Delgado, op. cit. Pág. 223.
23. Borrero, José María: La Patagonia Trágica. Asesinatos, Piratería y Esclavitud. Zagier y Urruty publicaciones. Buenos Aires, 1989. Página 38.
24. Bayer, Osvaldo: La Patagonia Rebelde. Los Bandoleros. Editorial Planeta. Buenos Aires, 1992. Página 36.
25. Bayer, Osvaldo: La Patagonia Rebelde. Los Bandoleros. La Patagonia Rebelde. Los Bandoleros. Editorial Planeta. Buenos Aires, 1992. página.
26. Bayer, Osvaldo, op.cit. pág…
27. Bridges, Lucas. Citado por Belza, en el Tomo III, página 108.
28. Canclini, Arnoldo: Historia de Tierra del Fuego. Plus Ultra, Buenos Aires, 1981.
29. Belza, Juan. En la Isla del Fuego. Tomo III. Publicación del Instituto de Investigaciones Históricas Tierra del Fuego. Buenos Aires, 1977. Pág. 107.
30. Belza, op.cit. pág.107.
31. Belza, op.cit. pág. 107.
32. Gutiérrez, Oscar Domingo: “Testimonio” publicado en la revista Impactos. Punta Arenas, junio 1992.
33. Boy, María Luisa y Repetto, Elida. A Hacha, Cuña y Golpe. Recuerdos de pobladores de Río Grande. Tierra del Fuego. Editado por la Municipalidad de Río Grande, 1995. Pág. 162.
34. Testimonios emitidos por el autor en el programa “Bajo el Asfalto”, por Aire Libre FM, Río Grande, 2 de noviembre de 1996.
35. Testimonios emitidos por el autor en el programa “Bajo el Asfalto”, por Aire Libre FM. Río Grande, 2 de noviembre de 1996.

Publicado en Todo es Historia de marzo de 2010

15 marzo 2010

Conversando con Anne Chapman

A través de su voz perviven las etnias fueguinas

La cita era a las cinco, en su casa de Belgrano, un edificio de tres plantas sin ascensor. Una construcción de mediados del siglo pasado que resiste con gallardía el acorralamiento que le proponen las construcciones de la modernidad, es el sitio que la cobija cuando reside en Buenos Aires. En la tercera planta, me recibió con la misma amabilidad que recordaba de entrevistas anteriores, me indicó el lugar que había designado para conversar, debimos atravesar una sala con sus paredes adornadas de libros y su estudio con un gran escritorio en forma de ele donde se desplegaban ejemplares de conchas marinas, su notebook y algunos mamotretos anillados, que luego me diría que eran sus diarios y que estaba revisándolos.
El ambiente elegido para conversar era un espacio ganado a una terraza poblada de macetas y plantas, que gracias a sus cuidados sobrellevaban el verano porteño. En el luminoso ambiente sobresalía en una de las paredes la portada enmarcada de su libro sobre Darwin en Tierra del Fuego.
El costado de una mesa redonda se convirtió en el escenario de nuestro diálogo. Su menuda figura se acomodó en una silla frente a mí y comenzó a desgranar sus vivencias sobre las etnias fueguinas. Su dulce voz se apasiona con los recuerdos: “Lola sabía que era la única que podía dar a conocer los cantos selk`nam y, a pesar de su dolor por la pérdida de sus doce hijos, casi todos de adultos, tenía momentos de alegría. Ella trasmitía sus conocimientos con la idea de que eran para mi patrón, para ella todos tenían un patrón. No sabía que no lo tenía, el único que podía ser considerado así era (Claude) Levi Straus…, Lola decía que eran para los del norte, para los tehuelches que eran a los únicos que concebía en ese lugar”. Su voz se enternecía cuando describía su optimismo a pesar de las penurias vividas y cuando, en otro tramo de la charla se refirió a Ángela “ella recordaba que en el año 21 o 22 en la estancia Viamonte hubo una huelga de peones que reclamaban aumento de jornales, le pagaban seis pesos y, finalmente acordaron pagarles veinte, pero cuando cesó la huelga le pagaron cinco”.
Tenía preparado para obsequiarme su libro sobre el Hain, publicado recientemente en Santiago de Chile en el marco del Bicentenario. Allí, relata particularidades interesantes de su investigación y se exponen algunas de las fotografías que Martín Gusinde tomó a los nativos en unas de las últimas ceremonias rituales. Esa conmovedora ofrenda me sorprendió.
Con su español impregnado de acento francés e inglés, recordó a Cristina Calderón –última exponente de la etnia yagán- de Puerto Williams, y a su hermana Úrsula fallecida unos años atrás. “Siempre que estoy en Tierra del Fuego voy a visitarla”. El afecto que supo construir con los entrevistados permite imaginar su trato con Lola, Ángela, Federico o Garibaldi. “Su nieta casi todas las semanas me llama por teléfono, ahora está en Alemania investigando en los archivos de Gusinde, se casó con un alemán que vivía en Puerto Williams, tuvo un niño y se fue a Europa. Yo tenía unas fotos…” Se levantó a buscarlas, sus pasos temblorosos la llevaron a otra sala, demoraba porque no conseguía localizarlas, “pero las tengo en la computadora, ¿tiene tiempo para verlas?” Fuimos hacia su escritorio, mientras se lamentaba, “las había visto, las tuve conmigo…” Luego de una búsqueda por el ordenador, sorpresivamente se levantó y se marchó. “¡Acá están!”, había recordado donde las había dejado y venía a mi encuentro para mostrármelas. En ellas se veía a Cristina, a su nieta, su bisnieto y al alemán que había contribuido a engendrarlo. Nuevamente florecía la ternura del relato describiendo la foto.
También tuvo en su recuerdo a doña Enriqueta, “era muy buena, yo la quería…”. Me mostró una fotografía que tomó en la costa sur del lago Fagnano, donde se ve a la India Varela, a su último esposo, y a dos de sus hijos. “Con ella tiene que hablar, ella sabe mucho de las cosas que les contaba su madre. Trabaja en Gobierno”, y me mostró una foto actual de su descendiente.
Recordó a Garibaldi, “fue quien más se asimiló a la nueva vida. Pero quien era más inteligente y no se asimiló nunca era Federico Echelaine, siempre fue peón y fue un gran informante para mí. Él sabía los nombres de los cazadores de indios, había siete u ocho nombres que quedaron registrados en la historia como los asesinos…”
-¿Usted fuma?
- Si.
- Ah, entonces podré encender uno. Deje, le convido de los míos.
Su placer por el cigarrillo era una nueva sorpresa. “Sólo fumo cuatro o cinco cigarrillos por día…”
Habían pasado más de dos horas de charla, de relatos del Hain; de las diferencias entre los haush y los selk`nam, de que los primeros “eran más pacíficos” y los segundos más guerreros, por eso “los fueron acorralando en la península Mitre, pero también estaban en San Pablo, eran más antiguos en Tierra del Fuego”; de que tal vez Ángela o Garibaldi “hayan alcanzado tener defensas para soportar las epidemias”, por haber sobrevivido a pesar de los contactos que tuvieron con los blancos; de la “falta de humanidad de los estancieros”, de las matanzas y epidemias, y de sus nuevos proyectos editoriales.
El ambiente paulatinamente fue quedando en la penumbra, su entusiasmo por conversar no declinaba, pero presumí que podría llegar a estar cansada y sentí que había llegado la hora de la despedida, la cordialidad de siempre, y la sensación de que su afecto también dejó su huella en mí.
Al caminar y tomar distancia del edificio, me quedaba la sensación de estar rodeado por una especie de aureola que me acompañaba y aislaba del contexto que delineaban mis pasos. Es tan fuerte y conmovedora su pasión por esos vínculos que comenzó a construir en los años sesenta, que marcaron su vida y se constituyeron casi en familiares, que, a través de su voz y sus descripciones, es posible sentir que las etnias fueguinas persisten en sus correrías por las estepas, que sus canoas aún transitan por el Beagle portando los fuegos que calientan a las familias, resistir la idea de la extinción e imaginar de que continuarán prosperando en Tierra del Fuego mientras Anne Chapman esté viva.

Publicado en El Diario del Fin del Mundo, el 10 de marzo de 2010

28 diciembre 2009

Macri y las implicancias de un empresario devenido en político

Cuando los hábitos hacen al monje

La serie de despropósitos y singulares pronunciamientos llevados adelante por el jefe del gobierno porteño ponen en tela de juicio las incursiones que efectúan algunos empresarios en la actividad política. Mauricio Macri demuestra que sostiene las convicciones surgidas en su vida como hombre de negocios, cuando utilizaba cualquier medio en pos de alcanzar sus objetivos.


Muchas conductas arraigadas en los hábitos cotidianos de un ser humano difícilmente puedan ser erradicadas ante un cambio de función. Un militar, por ejemplo, se adiestra en la disciplina y el orden, esa es la esencia de su labor profesional. La larga historia de uniformados devenidos en políticos dejó una profusa cantidad de ejemplos del despliegue de sus rasgos autoritarios, en la mayoría de los casos trágicos, a la hora de ocupar la cima del poder.
Hace dos décadas, un candoroso ministro de Economía se quejaba porque los empresarios no habían respondido de acuerdo con sus ruegos. Juan Carlos Pugliese hacía pública su desilusión: “Les hablé con el corazón y me contestaron con el bolsillo”, ante la debacle generada por las corridas cambiarias y fugas de capitales orquestadas por esos acaudalados sujetos. Pero, ¿podrían haber actuado de otra forma esos hombres de negocios que privilegiaban la preservación de sus dividendos y no habían incorporado a sus convicciones la pregonada función social de la empresa?
La actividad de un alto ejecutivo, en el marco de una gran competencia entre pares y de las presiones de los accionistas por la maximización de las utilidades, se desenvuelve en una constante obsesión por aprovechar todas las oportunidades existentes para incrementar el patrimonio social, su gloria u ostracismo se debate minuto a minuto en función de las opciones elegidas.
Las variantes más tradicionales incluyen la creatividad en la selección de los productos que puedan ser atractivos para los consumidores, obtener los mejores precios y bajar los costos hasta el extremo mínimo posible. De ello se deriva la necesidad de conquistar los insumos más baratos y estancar los salarios durante el mayor plazo que se pueda, para obtenerlo no se dudará en desplegar toda una gama de presiones, poniendo en la balanza su poderío para alcanzar la mejor ecuación posible.
Con respecto a los trabajadores cuanto más divididos y desorganizados se encuentren mucho mejor para el logro de sus fines. Pero cuando la organización sindical resulta un mal menor, el ideal del empresario es una dirigencia permeable a la negociación y a la aceptación de dádivas en desmedro de los intereses de los trabajadores, que implica un costo considerablemente menor en el cuadro de resultados. Esto es lo que explica que la democracia sindical nunca llega a las empresas por voluntad de los empresarios ni de la dirigencia gremial sino debido a luchas encarnizadas de los asalariados. También permite dilucidar por qué razón estos señores consuman pactos con los sindicalistas más funcionales a sus intereses y contribuyen a su perpetuación al frente de los gremios. No sorprende que acuerden despidos de delegados opositores y que hayan llegado a pactar con los dictadores sus secuestros y desapariciones. En la Fiat de Macri se les daba un poder absoluto a dirigentes como Hugo Curto para echar, amenazar y matonear a los opositores aún adentro de la propia planta fabril. Así, ambos se beneficiaban, unos preservaban el poder gremial y los otros conservaban salarios módicos y utilidades satisfactorias.
Es poco probable que desde el microclima en que se desarrolla la actividad de un ejecutivo empresario devenga un político que sea sensible a los problemas sociales, que esté abierto a los debates, a las críticas y a las autocríticas superadoras. No es casual que estos referentes tengan que reconvertirse en dirigentes de clubes, derrochar recursos publicitarios, transformarse en ridículos imitadores de cantantes o bailarines de televisión para granjearse simpatías entre la ciudadanía que sus difusas propuestas difícilmente puedan lograr. Aún cuando puedan participar de acciones progresistas o solidarias lo más probable es que hagan todo lo posible para que la organización sea funcional a sus intereses particulares, convirtiéndose en un grupo de presión para direccionar su política.
Detrás de estos hombres sonrientes y dicharacheros se ocultan personajes formados en las escuelas empresarias, donde reina el autoritarismo, la intolerancia, la competencia más descarnada y la obsecuencia basada en el temor a perder un puesto laboral conquistado, todo en función de que la esencia de la causa empresaria, la maximización de las utilidades, pueda alcanzar un óptimo beneficio.
Estas características típicas de un empresario se potencian cuando el único mérito que ostentó el personaje en cuestión fue el de haber nacido en una “cuna de oro” y aprovecharse del capital acumulado –muchas veces de manera non sancta- para sus veleidades mediáticas, sus vinculaciones con el jet set y el renombre social.
Por esa razón, no debe sorprender a nadie que el gobierno de Mauricio Macri dé rienda suelta a su estigmatización permanente de los pobres y a su malestar por las manifestaciones llegadas desde los suburbios. Tampoco, su desprecio por los indigentes y que los haya expulsado de los espacios públicos utilizando todo tipo de vejámenes. En su concepción utilitaria resulta mucho más económico recurrir a la represión que poner la infraestructura del estado a resolver los problemas de los más carenciados entre los carenciados.
No puede producir asombro que se hayan utilizado los recursos del Ministerio de Educación para contratar un espía y pinchar los teléfonos no sólo de los opositores sino hasta de ocasionales críticos y díscolos parientes. Un CEO teme las traiciones y las infidencias, por eso tiene que prever y estar enterado de las conductas de sus dependientes. En esos ámbitos corporativos todo vale, no rigen leyes que protejan la privacidad, la obsecuencia más absoluta es imprescindible y quienes manifiesten su disconformidad corren el riesgo de ser eyectados de la organización.
No puede llamar la atención que haya reiterado hasta el cansancio que “Fino” Palacios era un excelente policía y el más capacitado para implementar el modelo de la Metropolitana, a pesar de estar involucrado en numerosos ilícitos y que fuera procesado y preso por ellos. En el nombramiento de sus colaboradores en las corporaciones empresarias un ejecutivo impone su voluntad a ultranza, no debe argumentar ni rendir cuentas a nadie.
Tampoco puede provocar sorpresa que haya reivindicado al intendente de la dictadura Osvaldo Cacciatore por haber construido la autopista de la ciudad, sin importarle la ilegitimidad, los desaparecidos, los torturados, la corrupción, los negociados ni la deuda externa que generó. Todos esos temas son minucias frente al portentoso logro de la obra vial consumada.
Donde expuso a la luz pública sus hábitos más arrogantes fue en la persistencia por nombrar contra viento y marea a Abel Posse como ministro de Educación. Todo indicaba que poner a un personaje recalcitrante y provocador al frente de un área de gobierno tan crítica no podía sostenerse en el tiempo. Sin embargo, Macri no hizo ni siquiera una lectura política elemental ni aprendió del paso atrás que debió dar con “Fino” Palacios y privilegió la imposición de su decisión por sobre todas las cosas.
Su conducta está construida en la experiencia de vida de una familia empresaria exitosa, su balbuceante ideología también. No fue una casualidad que detrás de sus prácticas demagógicas de campaña y de su producción como una figura simpática y mediática, se oculten las concepciones más retrógradas que pretenden mimetizar al gobierno autónomo porteño con la estructura empresaria donde se amamantó como hombre. Por esa razón, tiene como permanentes consultores a costosos publicistas, para que construyan el albur de imponer en la sociedad sus “productos” con mensajes subliminales creativos.
Pero donde se hace más evidente su concepción ideológica es en la convalidación de los insostenibles argumentos del fugaz funcionario, intentando minimizar su reivindicación de los genocidas, sus opciones represivas para resolver conflictos, su desprecio por jóvenes y docentes y sus concepciones reaccionarias bajo el eufemismo de ser un “intelectual provocador”. Como un moderno rey desnudo expuso a la luz pública que su práctica política contiene una obsesión regimentadora semejante a la de los dictadores. Macri no tolera manifestaciones, reclamos, medidas de acción directa de los trabajadores y de los sectores más desprotegidos de la sociedad. En su concepción no entra la posibilidad del disenso y de la negociación entre quienes ostentan diferencias sociales. Si esta esencia de la vida democrática está descartada, sólo queda la opción de la imposición, de la represión y la derrota del adversario.
De ello habría que concluir que la nominación de Abel Posse no fue un hecho casual ni un error de gestión, fue la consecuencia lógica de un razonamiento típico de un ejecutivo empresario y de la ideología que su existencia fue determinando en su conciencia.
Esta corrida del telón sobre la esencia del verdadero Macri, tal vez sea un llamado de atención a la sociedad sobre las expectativas que se pueden depositar en este tipo de personajes. La mayoría de los políticos profesionales que ocuparon y ocupan bancas y posiciones de gobierno no demostraron tampoco ser una opción confiable para la sociedad. ¿Habrá llegado el momento de que la selección de los gobernantes sea entre quienes sufren en carne propia la marginación, la represión, la explotación y la angustia de no poder imaginar un futuro para sus familias?


Publicado el 28/12/2009 en www.argenpress.com.ar

23 noviembre 2009

CARTA ABIERTA A MARCELO TINELLI, SUSANA GIMENEZ Y MIRTA LEGRAND. CON COPIA A DANIEL SCIOLI

Me dirijo a ustedes, a raíz de las declaraciones que formularon en los últimos días, con la intención de compartir una reflexión y, si fuera posible, una propuesta que tienda a resolver los problemas sociales que nos aquejan.
Cuando se expresaron con indignación por la saña y violencia de la que habían sido víctimas personas de renombre, profesionales o comerciantes, compartí con ustedes el dolor de esas familias como muchos de sus televidentes. Uno tiende a mirarse en esos espejos y se estremece poniéndose en el lugar de esos involuntarios protagonistas.
Además, existen muchísimos otros casos de violencia y delincuencia que rara vez adquieren relevancia. Cuando los afectados son humildes trabajadores que sufren el robo de sus quincenas o alguna de sus pertenencias (con el drama que conlleva esa pérdida), cuando son maltratados por patotas, violan a sus hijas, ven como sus hijos o los de sus vecinos se introducen en el submundo de las adicciones sin contar con una mínima ayuda o prevención, no sólo no tienen trascendencia, sino que muchas veces tienen que sobrellevar doblemente su rol de víctimas, ya que al denunciar el perjuicio sufrido su simple apariencia los convierte en sospechosos. Entonces, el problema de la inseguridad tiene una dimensión mayor del que la espectacularidad mediática brinda habitualmente.
Sus llamados a la “mano dura” y el reclamo excluyente de soluciones represivas no parece ser el camino adecuado. El “ojo por ojo y el diente por diente”, que inducen los textos bíblicos, son propios de épocas cuando imperaba la ley del más fuerte y lo visceral era más potente que lo racional. A esta altura de la evolución de la humanidad no debería recurrirse a semejantes metodologías, porque la sociedad cuenta con recursos, especialistas y profesionales capacitados para hacer un diagnóstico adecuado, generar un intenso debate y determinar las estrategias más convenientes para recuperar estándares de vida dignos. Entonces si esas posibilidades existen, ¿por qué reducir las soluciones al típico reclamo de una sociedad primitiva que lejos de permitir entender y resolver la cuestión nos lleva inevitablemente a un mayor embrutecimiento colectivo?
Ustedes se preguntarán, como casi toda la ciudadanía, ¿por qué nos está pasando esto? ¿Por qué razón este fenómeno de violencia nos está martirizando como sociedad de manera creciente en las últimas dos décadas, cuando anteriormente era excepcional? ¿Qué fenómeno disparó esta involución? De las respuestas que surjan dependerán las medidas que se deban reclamar para que esos padecimientos comiencen a encontrar soluciones.
Seguramente, el éxito que han logrado en sus respectivas carreras tiene que ver con sus cualidades comunicativas, con ese mecanismo aceitado que les permite alcanzar un alto nivel de empatía con el público. Cuentan con una capacidad enorme para encontrar las palabras justas que su millonaria teleaudiencia espera escuchar, saben expresar sus ideas con razonamientos simples que rápidamente son popularizados y aceptados por las mayorías. Es una enorme virtud la que poseen. Sus discursos pueden ser polémicos pero nunca serán ignorados. Pero esa particular aptitud no puede ser igualmente efectiva ante cualquier contingencia, menos aún para enarbolar soluciones de problemáticas complejas. En esos casos se corre el riesgo de exteriorizar salidas cosméticas, ofrecer sólo un espacio para la catarsis colectiva o, peor, inducir a la satisfacción por la vía de la venganza.
Reivindicar un incremento de la represión es una respuesta simple que tiende a ser aceptada por mucha gente. Ante un tema complejo es natural que se opte por respuestas sencillas que eludan razonamientos y debates profundos. Las opciones más autoritarias y dictatoriales suelen también nutrirse de este tipo de argumentos efectistas que les permite lograr rápidas adhesiones, sostenidas en la emotividad y el escaso intercambio de ideas. Por otro lado, no puede perderse de vista que esta prédica, en algunos casos, ha desencadenado en la justicia por mano propia o en complacencias con los excesos represivos.
Hace unos días, la Coordinadora contra la Represión Institucional (Correpi) denunció la muerte de 2826 chicos, desde 1983, fruto del accionar de uniformados y que, desde 2003, los fallecidos en circunstancias que involucran a victimarios oficiales suman 1323 jóvenes. Es decir, que esa “mano dura” reclamada ya se viene ejecutando, sin que haya obrado como un neutralizante de la violencia, todo lo contrario. ¿Será que 2.826 chicos muertos es insuficiente para alcanzar la seguridad deseada, que hace falta subir esa cifra a diez mil, veinte mil o la tristemente recordada de treinta mil para alcanzar soluciones satisfactorias para la ciudadanía?
Es evidente que el tema de la violencia y el auge delictivo no puede resolverse mágicamente, porque responde a una multitud de causas entre las que podemos incluir la decadencia del país, la desindustrialización, la desocupación, la concentración urbana, la pobreza y la marginalidad, pero también la corrupción policial y el amparo oficial a traficantes de todo tipo.

LA CONDICIÓN HUMANA

El último medio siglo de la historia de nuestro país fue de un continuo derroche de oportunidades en pos de encontrar un rumbo económico que contenga a la población. Podremos recordar los vaivenes de las estrategias económicas implementadas en función de las doctrinas de moda, de ser propiciadas por los organismos multilaterales o para beneficiar a determinados sectores, despreciando un futuro promisorio común. No será difícil visualizar a los gobernantes que obscenamente incrementaron sus patrimonios conviviendo con escándalos de corrupción, sin siquiera ruborizarse ni brindar explicaciones ni ser investigados por la Justicia. No fue un cataclismo que afectó a todos por igual, algunos fueron funcionales a esos ilícitos y se nutrieron generosamente de ellos.
A pesar de que ningún país está exento de esos perniciosos hábitos políticos, la evolución no fue la misma. Hasta hace medio siglo Argentina era la economía predominante de América Latina y en la actualidad no existen certezas de que esté ubicada en el tercer, cuarto o quinto lugar. La simple comparación con el desarrollo manifestado por Brasil y Chile resulta por demás contundente. Este fenómeno de retroceso y frustración de una sociedad no fue gratuito
El censo económico 2004/5 dio cuenta de “una caída de casi 9.000 unidades fabriles respecto al CNE anterior”, en 1994. “Este fenómeno se registra por tercera vez consecutiva y supone una reducción de plantas del orden de los 25.000 en relación al CNE de 1974”.
“La ocupación industrial (poco más de 950.000 trabajadores) supone una expulsión de más de 55.000 personas respecto a una década atrás. En este plano también se reproduce por tercer censo consecutivo y remite a una expulsión de 375.000 trabajadores en relación con los ocupados en la última fase del proceso sustitutivo. Así, al cabo de tres décadas, la industria expulsó a casi el 30 por ciento de la dotación de mano de obra ocupada”. También se manifiesta “una creciente apropiación del excedente por parte de los capitalistas del sector (en especial de los más grandes, dado lo difundido de los procesos de concentración y centralización del capital)”. (Daniel Azpiazu – Martín Schorr. Página 12. Suplemento Cash. 25-10-09).
¿Qué tienen que ver estas cifras con el grado de violencia y el auge delictivo que afecta a la sociedad argentina? Desde hace muchos años existen investigaciones que confirman la relación entre ambas variables. En efecto, la caída de los puestos laborales en la industria y el aumento de la delincuencia son fenómenos estrechamente ligados, según las conclusiones a las que arribó, luego de sus investigaciones, el sociólogo norteamericano James Petras. El estudio analiza las consecuencias inexorables que se producen en el ámbito familiar con la ausencia de la contención que ejerce el trabajo fabril.
“La crisis aumentó el desempleo industrial y automáticamente se elevaron los robos y los asesinatos”, afirmó Petras. Trabajó sobre cinco grandes ciudades -Detroit, Nueva York, Boston, Chicago y Newark- investigando los posibles vínculos entre ambos procesos durante el período 1950/1988. Sus conclusiones fueron que “hay una relación perfectamente inversa. En todos los casos, cuando cae la industrialización y el empleo industrial, aumenta la delincuencia y el crimen”
“La explicación no está simplemente en la pobreza -señala Petras (Clarín, 15/7/90)-. Es la pérdida de la integración. La industria nuclea la gente en la fábrica, permite la organización social y asegura la estabilidad de la familia. Cuando el hombre es marginado por el desempleo prolongado, su autoridad de padre suele quedar lesionada y en más de una ocasión termina abandonando la familia y dejándola en un cuadro de desamparo y quiebra. No es la pobreza en forma grosera lo que explica todo”.
Los pasos de su investigación fueron los siguientes: “Hicimos un pequeño estudio: el proceso de un padre de familia que pierde el trabajo. Se cierra la industria, el padre es indemnizado y a partir de allí los lazos con su hijo empiezan a quebrarse. ¿Por qué? El hijo no puede seguir al padre en su misma fábrica, no tiene una integración social a través de los sindicatos. La autoridad del padre desocupado sobre la familia se va minando. El hijo camina suelto en trabajos mal pagos en el sector servicios, carece de seguridad laboral y de integración”. Considera que “el costo de oportunidad entre una “changa” mal pagada y lo que puede ganar con las drogas o los robos empieza a pesar. Quebrada la autoridad familiar y sus posibilidades de integración, pasa a ser una simple cuestión de conveniencia. Eso fue en Detroit, donde la crisis aumentó el desempleo industrial y automáticamente se elevaron los robos y los asesinatos. Pero sucedió igual en otras grandes ciudades.” En el mismo sentido, agrega que “cuando tenemos pleno empleo industrial y una fuerte sindicalización, las tasas de criminalidad son muy bajas. Si realmente queremos vivir sin miedo ni crímenes tenemos que cuestionar la política de inversiones y la política industrial”.
Luego describe con mayores precisiones el fenómeno, a los miembros de la clase obrera industrial “el empobrecimiento constante los arroja a las calles, pierden identificación con la sociedad, no tienen respeto alguno por la autoridad porque ninguna autoridad tiene respeto por ellos. Son la “basura”. Así, los llaman. Y a la basura hay que limpiarla”.
Entonces, sí la pérdida de puestos de trabajo y el aumento de la delincuencia están vinculados, considerar que la opción para resolver los temas de seguridad pasa por la represión es como prescribir un analgésico para un enfermo de cáncer.
Ahora bien, si la situación de inseguridad que padecemos tiene un origen que se remonta a un par de décadas atrás y los sucesivos gobernantes fueron provocando un agravamiento o la utilizaron de manera perversa en función de sus intereses políticos, ¿existe alguna estrategia posible para resolver ese dilema?
“Hay estados y estados. Hay un estado eficaz con capacidad de tomar un excedente de recursos, organizar programas de servicios que funcionen y atender al sector más desprotegido. Son los casos del Canadá, de Escandinavia, etcétera. Y tenemos otros estados que son simples bolsas de empleos para que los políticos armen sus clientelas. Esos estados absorben sus recursos y dan peores servicios” (Petras, ya citado)
Roberto Baradel, secretario general de Suteba y adjunto de la CTA bonaerense, denunció días atrás que “los hogares están cerrando porque no están recibiendo el pago de becas, no se está aplicando la ley 13.298 de promoción y protección de derechos. Debemos confrontar sobre las causas que generan un país con excluidos y con inseguridad. Dar el debate a la sociedad. Las medidas de Rico y de Ruckauf han incrementado la inseguridad porque incrementaron los circuitos delictivos que están vinculados al poder político y a la policía”.
Si los funcionarios de diversos niveles y jerarquías son los verdaderos responsables de este fenómeno, también muchos medios de comunicación aportan lo suyo con la presentación de informaciones en función de sus necesidades de confrontación con el gobierno de turno o de manera sensacionalista y superficial, sin demostrar un compromiso acabado con el futuro de la sociedad a la que se deben.
En el trabajo titulado “El Encierro mediático. Cómo hablan los diarios sobre los chicos en conflicto con la ley penal”, recientemente publicado, se relevaron 22 diarios –11 nacionales y 11 provinciales-, se analizaron cuáles fueron los temas más y menos tratados, las fuentes escuchadas, los términos utilizados y pone el foco en el tratamiento de los chicos acusados de delitos. Asegura que hay “pocas fuentes; pocas estadísticas; muchos términos peyorativos y titulares que derraman estereotipos en letras de moldes sobre un grupo social que poco puede hacer para defenderse”.
En un año, sostiene el informe, las noticias que vinculan a chicos y chicas con el delito se cuadriplicaron en los principales diarios del país. “¿También se cuadriplicaron los delitos cometidos por chicos? No. Difícilmente éste sea un número que confirme cualquier estadística”. Una de cada cuatro notas relevadas en 22 diarios no cita ninguna fuente, “y en otros casos se apeló exclusivamente a la frase “una alta fuente policial” para comentar un presunto hecho delictivo cometido por un chico”. El trabajo da cuenta de que sólo en el 4,3% de los casos, los propios adolescentes tuvieron voz en las notas que hablaron sobre la Justicia Penal para la franja etaria de 16 a 18 años. Además “los artículos que se refirieron a medidas de privación de libertad de los adolescentes sospechosos de delinquir, incluyeron términos peyorativos en el 65 por ciento de los casos” (www.argenpress.com.ar -20/11/09).
Por otra parte, el rol de las instituciones dedicadas a la prevención del delito y de sus responsables políticos está seriamente cuestionado. No sólo por la escasez de recursos, sino por su sospechosa ineficiencia para operar contra los grandes traficantes, que son los principales causantes de la inseguridad por las redes mafiosas que han tejido incorporando a miles de “arrojados a las calles” y por la utilización por la propia policía de muchos de ellos. ¿Tuvieron que producirse varios crímenes para que las autoridades se percataran del fenomenal tráfico de efedrina que existía en nuestro país? ¿Si ARBA cuenta con tecnología satelital para detectar incrementos patrimoniales no declarados, por qué razón no se la utiliza para descubrir los cientos de desarmaderos existentes que se nutren del robo de automotores? ¿Es posible que los narcóticos circulen con la magnitud e impunidad que lo hacen sin el amparo de algunas dependencias del Estado? ¿Por qué han pasado tantos gobernantes y funcionarios de seguridad sin que se haya podido cambiar radicalmente el funcionamiento policial?

PROPUESTAS

Estas propuestas, que a continuación se detallan, pueden ser más conducentes que el simple reclamo de una mayor represión para resolver el tema de la inseguridad.
1. Es evidente que el problema es complejo y ante cuestiones de esta índole no hay nada mejor que abrir el juego, desarrollar un profundo debate con la mayor participación y libertad posible. Con la incidencia que ostentan en los medios de comunicación, sería sencillo para ustedes promover la creación de espacios en los principales canales de televisión en los que participen académicos, especialistas, representantes sociales y políticos, sin restricciones de tandas publicitarias y grillas de programación, para abordar lo más seriamente posible esta problemática, debatiéndola e intentando concluir en una estrategia adecuada para resolverla. Así será posible esclarecer sobre sí los recursos del estado están bien utilizados o no, cómo contener y brindarles una oportunidad de futuro a los niños y jóvenes desamparados, si la forma de mejorar la seguridad pasa o no por la participación más activa de la ciudadanía en el control y la designación de las autoridades policiales y de seguridad, sobre el tratamiento informativo más adecuado para abordar este tipo de información por parte de los medios de comunicación con el fin de aportar desapasionadamente al esclarecimiento de la ciudadanía, entre otras cuestiones.
2. Creación de un fondo solidario con el fin de solventar una política de amparo social que promueva la cultura del trabajo. Un llamamiento efectuado por ustedes sería enormemente exitoso. Con vuestra iniciativa y el efecto de emulación que ejercería su propia contribución, podría canalizarse el aporte de gran parte de la sociedad, principalmente el de los ricos y famosos, brindándole así la oportunidad de retribuir a la comunidad todo lo que han recibido de ella. De esta manera, podrían solventarse innumerables mecanismos de contención social determinados por las conclusiones que surjan del debate propuesto en el punto anterior.
Estas propuestas se encuentran a vuestro alcance y serían una contribución notable a resolver la problemática que aqueja a la sociedad. Frente a una situación límite como la presente, una acción es mucho más efectiva que cientos de discursos. La promoción de estos pasos haría que el reconocimiento social que poseen se incremente notablemente, pero lo más importante encontrarán la enorme satisfacción de haber contribuido al logro de una sociedad mejor.
Afectuosamente.
Bernardo Veksler.


Publicado en www.argenpress.com.ar el 23/11/09

02 noviembre 2009

Derecho a la información



Ciudadanía versus empresas y gobernantes



El debate generado por la Ley de Medios Audiovisuales planteó una polarización inusitada entre los representantes de los empresarios más encumbrados del sector y el Ejecutivo Nacional. En ambas posturas no se visualizó que se procurara preservar consecuentemente los intereses de la sociedad. Las garantías para superar el discurso único instrumentado por los carteles mediáticos, para alcanzar el pluralismo en los medios públicos o para que se alimente el libre debate sobre el futuro de nuestro país, el hemisferio y el mundo estuvieron ausentes.


Bernardo Veksler (Buenos Aires).- ¿Es posible conciliar el derecho a la información con los intereses empresarios o con los contenidos de los medios públicos al arbitrio del gobernante de turno? Estos interrogantes no lograron encontrar una respuesta racionalmente convincente en el debate generado en torno a la Ley de Medios Audiovisuales. Por el contrario, los medios en manos de los empresarios afectados por la norma sacaron a la luz todo lo sesgados que pueden llegar a ser cuando sus intereses están en juego y dejaron en evidencia la falsedad del apotegma instalado de que no existe conflicto entre el derecho a la información y las empresas dueñas de los medios de comunicación.
Esa idea sostenida por una porción importante de los periodistas, mimetizados con los intereses de sus patrones y en preservación de los ingresos adicionales que les genera ese status quo, es un paradigma de otra época y que no puede resistir ningún análisis serio a esta altura de la historia.
En efecto, en el siglo XIX los sectores sociales dominantes necesitaban contar con análisis lúcidos de la sociedad emergente, sacar las debidas conclusiones de los debates generados para encontrar un rumbo funcional a sus intereses, aprovechar las innumerables oportunidades que brindaba la constante expansión del mercado mundial y estabilizar un sistema político que consolidara sus posiciones.
Por esa razón, es posible considerar a este período como el de mayor libertad en los medios de comunicación y en el intercambio de ideas. Era común entonces encontrar las opiniones de Lasalle, Hegel, Marx, Engels, Bakunin, Kautsky y los grandes pensadores de la época en las columnas de opinión de los diarios y sus tratados publicados por entregas como un aporte al debate y a las confrontaciones ideológicas de esa etapa de la historia de la humanidad.
Pero ese momento de sintonía entre los librepensadores y la prensa pasó a mejor vida al ritmo de las necesidades crecientes de capital que demandó la evolución tecnológica y la diversidad de medios de comunicación generados, de la incidencia social que alcanzó “el cuarto poder” y de los formidables negocios que se montaron alrededor de la publicidad y de los vínculos oficiales. Esa relación dialéctica entre inversiones, poder e ingresos convirtieron a los medios de comunicación en un rubro productivo más en pos de obtener la maximización de la utilidad empresaria. Más todavía, el proceso de concentración monopólica nacional e internacional se manifestó con toda crudeza a través de fusiones, compras y recompras de empresas, cartelización de los productores de insumos, creación de multimedios y cadenas, etc., hasta llegar a convertir a esas corporaciones empresarias en maquinarias aceitadas en función de arrancar prebendas de los gobernantes de turno -condicionándolos o favoreciéndolos según el momento-, que llevó a convertir a esa rama de actividad en una de las de mayor evolución económica y crecimiento.
En la Argentina, tomando en cuenta la influencia de las cuatro primeras empresas en cada uno de los mercados, resulta que el promedio de concentración es muy elevado: representa el 84 por ciento por parte de los primeros cuatro operadores, en el caso de la facturación, y el 83 por ciento en el caso del dominio de mercado (siempre se trata de promedios). Los porcentajes demuestran la consolidación de una situación estructural: las industrias culturales y de telecomunicaciones argentinas se hallan fuertemente controladas por las primeras cuatro firmas. Esta situación se agrava al contemplar los grupos a los que esas firmas pertenecen: generalmente se trata de los mismos dueños que están ramificados en todas las hileras productivas en casi la totalidad de las industrias consideradas. Particularmente los casos de Clarín y Telefónica se destacan como grupos dominantes, si bien en algún caso existen grupos emergentes (como el de Vila-Manzano-De Narváez) que aspiran en el futuro a incrementar su participación en el mercado. (Los dueños de la palabra. Guillermo Mastrini y Martín Becerra. Prometeo)
Estas concentraciones no fueron fruto de la libre competencia y de la utilización cristalina de las oportunidades ofrecidas por la libertad de mercado. El grupo Clarín debió su despegue económico a sus vinculaciones con la dictadura y con cada gobierno electo logró alguna conquista que consolidó su posición dominante. Aunque existan proporciones distintas otros grupos empresarios también debieron su encumbramiento a sus buenas relaciones con el gobierno de turno (Telefónica, Hadad, Pierri, Vila-Manzano-De Narváez).
En ese marco, ¿se puede esperar de los acaudalados propietarios de los medios de comunicación la promoción de debates profundos, la divulgación de posturas ideológicas no predominantes, la publicación de denuncias que afecten a su rentabilidad o de las opiniones divergentes con sus intereses económicos? ¿Pueden ser la garantía del derecho a la información de la ciudadanía, considerado como es en la actualidad un derecho humano básico?
Serge Dassault, al momento de asumir su cargo como nuevo propietario del diario Le Figaro, dio pruebas contundentes de la postura empresaria cuando declaró a los redactores: “Desearía, en la medida de lo posible, que el diario pusiera más de relieve nuestras empresas. Creo que a veces hay informaciones que requieren mucha precaución. Como por ejemplo, los artículos sobre los contratos en curso de negociación. Hay informaciones que hacen más mal que bien. El riesgo consiste en poner en peligro intereses comerciales o industriales de nuestro país” (Le Monde, 9 de septiembre de 2004). Al pronunciar “nuestro país”, seguramente pensó en su fábrica de armas Dassault-Aviation. Por eso, para protegerla censuró una entrevista sobre la venta fraudulenta de aviones Mirage a Taiwán. Al igual que una información sobre las conversaciones entre el presidente francés Jacques Chirac y su homólogo argelino Abdelaziz Bouteflika, sobre un proyecto de venta de aviones Rafale a Argelia (Le Canard Enchaîné, 8 de septiembre de 2004) (Citados por Ignacio Ramonet).
Por su parte, la prensa vernácula tiene numerosos ejemplos de cómo ha condicionado lo publicado. Esos intereses también habrán sido puestos en consideración por los directivos del diario Clarín cuando, el 27 de junio de 2002, ante los crímenes de Darío Santillán y Maximiliano Kosteki perpetrados por los efectivos policiales en la víspera, titularon en su portada: “La crisis causó dos nuevas muertes”, como una manera de preservar las buenas relaciones que tenía con el entonces presidente Eduardo Duhalde.
Los periodistas se han acostumbrado y han asimilado esos condicionantes a su labor profesional, a veces con resignación y otras con obsecuencia. Saben muy bien en cada redacción la información que se puede o no publicar, la que debe ser jerarquizada y la que debe minimizarse, cual debe ser catapultada como noticia catastrófica o cual edulcorada en función de la línea editorial impuesta por el medio, condicionada por los intereses económicos y políticos de su propietario.
“Los grandes medios de comunicación producen las noticias que transmiten. Esto es algo que olvidamos con frecuencia. Los medios son emisores además de transmisores. No son el tablón de corcho donde cada persona cuelga su aviso sino que, como el uranio emite radiaciones, los llamados medios emiten su versión del asunto, su versión de la realidad. No es el periodista quien utiliza el periódico para transmitirnos algo, es el periódico mismo y evidentemente no me refiero al pedazo de papel sino a la empresa sin la cual ese pedazo de papel no existiría, la empresa que fabrica el periódico y contrata al periodista para que produzca una versión de la realidad y, al contratarlo, lo selecciona en función de sus intereses (Belén Gopegui, www.argenpress.com.ar, 21/05/2006).
La función de los medios de comunicación es encontrar explicaciones ante el cuadro complejo que aparenta ofrecer la sociedad para cualquier simple observador, debe brindar lecturas sencillas de esas composiciones para que el grueso de los receptores esté en condiciones de entenderlas. Para que la ciudadanía tenga la posibilidad de introducirse en una visión racional del mundo, para que el inmenso bombardeo de variables, informaciones, estadísticas, encuestas e interpretaciones tengan como especial preocupación simplificar las representaciones de esos mensajes y que contribuyan a la determinación de acertadas conclusiones, mediante la labor de selección y jerarquización de temas y la elaboración de la agenda.
Estas cuestiones exigen rigurosidad desde el punto de vista de la presentación de las noticias, no pueden coexistir con el sensacionalismo, la ligereza, la manipulación y la irresponsabilidad. La inexistencia de un código deontológico hace que muchos de esos límites puedan vulnerarse cada vez más alegremente.
En esa permanente recreación de historias que tiene como función la labor periodística, la versión publicada no sólo está condicionada por la subjetividad del redactor, sino, esencialmente, por los intereses de la corporación que produce la información. Las críticas son penadas con el ostracismo mediático y la permanencia de los referentes políticos o sociales depende de la funcionalidad que tengan para el ordenamiento temático efectuado en dicha agenda. Esas conductas perversas fueron sufridas por periodistas prestigiosos como Pablo Llonto y por el senador (m.c.) Ricardo Laferriere, entre muchos otros.
La máquina de estupidización y de divulgación de banalidades en que se han convertido la inmensa mayoría de los medios audiovisuales, en función del rating y de la consiguiente obtención de mejores tarifas y mayores porciones de la torta publicitaria, no dejan lugar a dudas sobre las expectativas que puede ofrecer para que tanta creatividad sea puesta al servicio de plantear los temas centrales que agobian a la ciudadanía y sus posibles soluciones, de proponer los debates decisivos sin tener que limitarlos a las exigencias de las tandas publicitarias o los esquemas de programación. En general, la programación tiende a pasar a un segundo plano a los diversos contenidos que se ofrecen, sólo tienen utilidad en función de mantener la atención del televidente hasta que llegue la próxima tanda.
Necesariamente el camino a emprender para superar esta distorsión del mensaje mediático pasa por separar el contenido de la publicidad, que los conductores y periodistas vuelvan a estar preocupados por la esencia de la comunicación: informar, formar y entretener y no por el “chivo” o el auspicio que les da sustento o el “kiosco” que armaron paralelamente para incrementar sus ingresos.
La alternativa sería una prensa libre, que no dependa de la concentración masiva de capital ni de la publicidad para sus ingresos y que involucre a gente comprometida que esté interesada en comprender el mundo y participar en una discusión razonada sobre cuál debería ser la estrategia más adecuada para alcanzar esos fines. Si la comunidad considera a los contenidos de los medios de comunicación como algo importante para poder vislumbrar un futuro promisorio para el conjunto de la sociedad, evidentemente los medios de comunicación no pueden continuar en manos de empresarios inescrupulosos.
Si fuera así comprendido, la sociedad a través del estado debería garantizar los recursos necesarios como para poder solventar inversiones, insumos, remuneraciones y producción; desvinculando totalmente los contenidos de la captación publicitaria. La conformación de la línea editorial y la programación no deberían estar a cargo de funcionarios designados por el gobierno, sino de un directorio compuesto por miembros representativos de la sociedad, como sindicatos, universidades, organizaciones no gubernamentales, artistas, periodistas e intelectuales, electos democráticamente, que sean los encargados de diseñar los lineamientos estratégicos y de designar a los encargados de instrumentarlos.
En cuanto a los medios públicos la cuestión pasa por discernir los límites entre estado y gobierno. Tradicionalmente, estas áreas jurisdiccionales se confundieron y no hay síntomas en la actualidad de que el criterio vaya a cambiar. Los contenidos e información no pueden estar bajo la órbita de la verticalidad del gobierno de turno o sometido a todo tipo de presiones -desde distintas esferas gubernamentales hasta de punteros políticos- hacia los funcionarios que pretendan sostener un criterio pluralista.
En ese sentido, existen importantes antecedentes en el mundo de los cuales habría que imbuirse para tomar en consideración. La BBC es un claro ejemplo, dado que independientemente de los políticos que conforman el Ejecutivo británico existe una autonomía que garantiza estabilidad en su línea editorial y en la diversidad y calidad de sus contenidos. Esa concepción se encuentra tan internalizada entre los trabajadores de esos medios y en la comunidad misma que ante cualquier intento involutivo no se hacen esperar las denuncias, protestas y movilizaciones en defensa de preservar esas garantías democráticas conquistadas.
También hubo iniciativas interesantes en Francia, Alemania y España de responder al clamor de la ciudadanía de que los medios de comunicación sostenidos por el aporte de toda la comunidad no puedan manipular, sesgar, ocultar o desfigurar la realidad en función de los intereses del gobernante de turno, de independizarse de la participación en la torta publicitaria y de promover la elevación del nivel cultural de la población presentando contenidos que estén a tono con esa demanda.
Con el mismo criterio señalado anteriormente, los medios públicos deberían estar conducidos por un organismo pluralista y representativo que determine su línea editorial, los contenidos, la programación y las estrategias comunicacionales que la sociedad requiera.
No desarrollar a fondo este debate dejará librada a la ciudadanía a que el mensaje mediático siga determinado por intereses subalternos y no por el progreso social. Que se condicionen los temas prioritarios o que se los subordine al machaque informativo sensacionalista de todos los medios, que reproducen hasta el hartazgo los dichos de Maradona, los exabruptos de De Nárvaez o Reutemann, el conventillo de las chicas de Tinelli, los candidatos que besan niños o hacen de bailarines o artistas para ganar simpatías, el tratamiento superficial de la inseguridad o las proclamas represivas y racistas de cualquier irresponsable.
Es evidente que los grandes problemas argentinos no pasan por esos andariveles y lo único que podemos lograr por ese camino es que siga el baile ambientado en la cubierta del Titanic, hundirnos cada día más en la ciénaga de la crisis sin salida. Mientras estamos distraídos en esos fuegos de artificio, sigue actuando la maquinaria de la corrupción, el clientelismo político, los sin techo continúan exhibiendo sus miserias, miles de nuestros niños amenazados por una infancia sin futuro y las familias trabajadoras asoladas por un mundo sin perspectivas.

Publicado en www.argenpress.com.ar el 2-11-2009