21 noviembre 2018

Seriot, embrión de la resistencia selk ́nam

Protagonizó uno de los infructuosos intentos de los nativos fueguinos por enfrentar la invasión de estancieros y mineros Por Bernardo Veksler (Publicado en Revista La Roca N°5) Durante la última década del siglo XIX, se concretó la instalación de enormes estancias en el territorio ancestral de los selk ́nam y los haush. Las praderas fueguinas, que durante milenios dieron sustento al exitoso modelo de supervivencia de los nativos, comenzaron a ser ocupadas por multitudes de ovejas que compartieron pastizales con los guanacos, que eran la principal fuente nutritiva de los nómades pedestres. Junto a la introducción de los rebaños ovinos se implantó otro elemento exótico: el alambrado, que delimitó las también inéditas propiedades privadas. Los guanacos no sólo eran el alimento de los nativos, también los abastecían de materias primas para sus vestidos, calzados y viviendas. Así pudieron alcanzar una población de entre dos mil y tres mil individuos, que vivía en armonía con la naturaleza y disponiendo de una gran oferta de recursos, que no exigía grandes esfuerzos ni el desarrollo de técnicas avanzadas para lograr su sustento. A pesar de no haber desarrollado industrias, los fueguinos poseían una riqueza cultural asombrosa. “Teníantodas las oportunidades, no eran de subsistencia, no necesitaban tanto tiempo que invertir en la subsistencia y tenían tiempo para las cosas que hacen bella la vida. Riqueza cultural, era más que requisito de vivir, era mucho más: tiempo libre”(1). Su rito de iniciación, de paso a la adultez, el Hain, era una ceremonia que constituía una representación teatral de personajes místicos, con pinturas corporales y máscaras con motivos abstractos. Además, era un encuentro social que podía prolongarse durante varios meses, como reflejo de la abundancia de alimentos que disponían. Estas etnias que durante, al menos, diez mil años siguieron la ruta de los camélidos para proveerse; se encontraron, sorpresivamente, que su territorio libre se había dotado de propietarios; que en sus praderas y bosques ahora se habían erigido alambrados y que su traspaso implicaba la pena de muerte sumaria dictada por los forasteros; que si los “guanacos blancos”, que ahora pastaban en su terruño, eran cazados para alimentarse podían ser ellos los cazados por los “grupos de tareas” de los estancieros; que sus mujeres eran arrebatadas a sangre y fuego por mineros, personal de las estancias y hasta por uniformados; que la organización territorial que tenían se había desbaratado y debían migrar hacia zonas ocupadas por otras familias, provocando combates entre hermanos; que su otrora holgada subsistencia se hizo insostenible y debían mendigar para lograr raciones alimentarias; que para conseguir refugio debían someterse a los rituales de una religión extraña y cambiar sus hábitos culturales; en definitiva, para sobrevivir la única opción que les ofrecía la “civilización” era la de proletarizarse como peones y sirvientes de los invasores. Este proceso, ejecutado durante décadas y siglos, fue similar en toda América. En Tierra del Fuego, insumió apenas de diez a quince años de violenta ocupación y despojo. La posibilidad de abastecer a la industria textil británica incorporó al mercado mundial a toda la Patagonia y los audaces ocupas se convirtieron rápidamente en hacendados. Los invasores estaban dispuestos a imponer contra viento y marea su posibilidad de enriquecimiento y a vencer cualquier obstáculo que se erigiera en el camino de su prosperidad. En 1882, el diario londinense “Daily News” publicó un reportaje a un empresario interesado en las posibilidades de la zona: “Se piensa que la Tierra del Fuego sería adecuada para ganadería, pero el único problema en este plan es que, según parece, sería necesario exterminar a los fueguinos”(2). En 1883, se concretó la primera concesión de tierras, 120.000 hectáreas beneficiaron a la compañía Wehrhann, en la Tierra del Fuego chilena. En 1889, los agraciados fueron el portugués José Nogueira y su suegro el ruso Moritz Braun con 180.000 y 170.000 hectáreas, respectivamente. Del lado argentino, la primera estancia fue Harberton, con 20.000 hectáreas sobre la ribera del Beagle, establecida en 1886 por el británico Tomas Bridges. Luego, en 1894, el asturiano José Menéndez obtuvo 80.000 hectáreas y fundó las estancias Primera Argentina y Segunda Argentina, en el norte fueguino. Invasión y genocidio Los Braun y los Menéndez fueron los abanderados de la invasión al territorio selk ́nam, arribaron antes que el Estado e impusieron sus normas sin tomar en cuenta derechos ni garantías. Cuando llegó la autoridad fue funcional a sus intereses. La ocupación de inmensas praderas, grandes como países, a ambos lados de la frontera argentino-chilena, les permitió, una vez asociados, convertirse en una de las familias oligárquicas más poderosas e influyentes del cono sur americano. Sus dominios se extendieron por toda la Patagonia argentino-chilena, y su centro operativo pasó a estar en Buenos Aires. Sus actividades se multiplicaron y diversificaron sin límites, restricciones ni fronteras. El avasallante avance ganadero sorprendió a los nativos, sus periplos nómades se vieron impedidos, sus primeras reacciones fueron individuales y espontáneas para proteger a sus mujeres y niños; pero la desproporción de elementos técnicos era abismal. Los arcos y flechas y su fortaleza para la lucha cuerpo a cuerpo, fueron sus recursos para enfrentar a hombres montados a caballo y provistos de rifles, pistolas y fusiles. Entonces, los cadáveres de hombres selk ́nam comenzaron a esparcirse entre los pastizales, mientras las mujeres sobrevivientes eran prostituidas o forzadas a convivencias con hombres blancos, colocadas como personal doméstico semi-esclavo o concentradas en las misiones salesianas, mientras sus hijos eran arrancados de sus brazos para convertirlos en criados de las familias pudientes. Las enfermedades traídas por los europeos fueron el paso final del exterminio y, al cabo de unos pocos años, este pueblo vigoroso fue un recuerdo desdichado de la colonización de Tierra del Fuego. En los albores del siglo XX su presencia milenaria fue consumida por el “progreso” capitalista, la “piedad” religiosa y la “benefactora” labor del Estado. Mancomunidad represiva Este desprecio por los nativos tuvo efectos prácticos y se manifestó sobre el terreno fueguino, los uniformados participaron activamente de las persecuciones y masacres junto a los paramilitares contratados por los estancieros. Desde la primera incursión, en 1886, encabezada por el coronel Ramón Lista, se derramó sangre nativa injustificadamente. “Los soldados de caballería que en número de veinticinco y como escolta acompañan a la expedición, mataron sesenta y cinco indios entre hombres, mujeres y criaturas, algunos de los cuales se disecaron bajo la dirección del (...) médico de los expedicionarios. Durante varios días se desangraron pieles, se peinaron cueros cabelludos, con el pelo adherido aún, y se hirvieron y limpiaron cráneos y esqueletos de los pobres onas”(3). En la crónica de la Misión Salesiana, del 31 de mayo de 1897, se hace referencia a la presencia de gendarmes en las acciones emprendidas por estancieros y uniformados para llevar a cabo la “solución fnal” al “problema” de los nativos fueguinos. Desde “el fn de 1897 a mediados de 1898, la región de Río Grande se transforma en un campo de batalla, a medida que se organiza la Estancia Primera Argentina, que sirve como centro de operaciones, desde donde parten expediciones punitivas contra los Onas”. A partir de la documentación evaluada, describió la presunta organización, que era “comandada por el administrador James C. Robins y el mayordomo o capataz Alejandro Mac Lennan. Los empleados subalternos y los policías alojados en distintas casas (...) de esa estancia, que se calcula puede llegar a 15 guardias policiales, con sus respectivos comisarios (...) Tampoco es ajeno a los hechos el propio Jefe de Policía R.L. Cortés y el secretario de la Gobernación Mariano Muñoz”(4). Uno de los operativos de represalia de esta “asociación ilícita” fue consumado cuando “cayeron de improviso sobre el campamento de los salvajes. No es posible describir la carnicería que hicieron porque es muy horrible e inhumana. Basta decir que muy pocos pudieron ponerse a salvo”. Luego de la masacre, los asesinos “se vanagloriaban de su vandalismo, como si hubieran tenido una batalla campal. Muchísimos fueron los muertos y los heridos y muchísimos más serán todavía, porque los estancieros determinaron hacer desaparecer la pobre raza de los onas”(5). Las matanzas se generalizaban sin que los propiciadores y los ejecutores sintieran alguna culpa por la sangre derramada. “Tal vez el primer cazador sea el tristemente célebre Sam Islop (administrador de la estancia Primera Argentina) al que el padre Maggiorino Borgatello califca de “monstruo”. “Por qué matas a tantos pobres inocentes? ¿Las mujeres y los chicos qué mal hacen?”, le preguntó (...) “Islop me respondió: ¿Chicos? Ahora chicos. Luego grandes bestias como grandes. Son como leones cachorros, ahora buenos, después feroces. Hay que liquidarlos así se acaba la raza” (6). Algunos religiosos se horrorizaban por los sangrientos episodios que presenciaban. “Ninguna fiera se ha comportado de tan manera cruel como lo han hecho los blancos contra los indios indefensos. Estos renglones deben ser una permanente protesta contra aquellos cazadores de hombres, que han aniquilado sin compasión al pueblo de selk’nam”(7). Todos los factores de poder: empresarios, funcionarios, policías y religiosos coadyuvaron para la “solución fnal”. El “único reflejo humanitario del Estado y de las Iglesias presentes en la isla fue el de atraer y concentrar a las familias que, desesperadas, huían del ataque salvaje del capital asociado al estado policial. Mientras, unos pocos héroes calificados por la prensa y los expedientes judiciales como “guerrilleros” resistían en máxima desigualdad de condiciones, hasta las últimas consecuencias. Las epidemias hicieron el resto”(8). Esbozos de resistencia En ese contexto de hostigamiento y desesperación, algunos nativos consumaron primitivas acciones de resistencia. Destruyeron alambrados, sustrajeron ovejas, mataron caballos. Entonces, los estancieros produjeron represalias cada vez más sangrientas de sus comandos civiles y uniformados. Algunos selk ́nam hicieron intentos de conseguir armas de fuego y sus ataques produjeron muertos y heridos en el bando invasor. Pero, la fuerza colonizadora no estaba dispuesta a detenerse por algún “subversivo” aislado y su presión avasalladora aniquiló a los exasperados resistentes. El entonces jefe de policía fueguino, Ramón Cortés, escribió un informe al gobernador donde dio cuenta de estas acciones y de la postura oficial al respecto: “Estos mismos indios hace algunas semanas robaron en el establecimiento, un buen número de animales y destruyeron por mero gusto dos millas de alambrado. A fin de garantir los intereses de los pobladores de esta región, me veo en la necesidad de reiterar a V.S. la conveniencia que hay de recoger a estas tribus onas que tanto daño hacen y terror causan a los hacendados, máxime si se tiene en cuenta que cada día se hacen más bravas y salvajes...”(9). Frente a cada acción resistente, las represalias, a ambos lados de la frontera, fueron alcanzando mayor magnitud y crueldad. “Todos saben que la cabeza de un salvaje en Tierra del Fuego tiene precio, que es una libra esterlina (....) ¡Vergüenza e infamia de aquellos que pueden y no impiden tanta barbarie! La fama del cazador de indios, los hace más bárbaros que ellos. ¡Pero también la sociedad, de cuyo seno salen, es también la responsable de tanta sangre inocente!”(10). Los intentos de resistir fueron reacciones viscerales frente a una descomunal invasión que avanzaba destruyendo todo vestigio del modo de vida vernáculo. Casi no tuvieron tiempo para elaborar tácticas o estrategias, generar caudillos o una organización, sólo acciones individuales o de pequeños grupos que atacaban y huían. Los intentos grupales estaban orientados a producir daños al enemigo. El administrador de una estancia de Menéndez denunció a la policía que “habían aparecido destrozadas varias cuadras de alambrado y faltaba del campo unas mil quinientas ovejas, presumiblemente robadas por la tribu de Cauchicol” (11). Las acciones de resistencia más organizadas fueron “los incendios de la comisaría de Río Grande que se instala en una casa del dueño de la hacienda Primera Argentina y de un puesto del mismo señor, son los indicios de una nueva unión de distintos grupos, como en el caso de Capello, esto atemoriza al blanco”(12). Hubo ataques para liberar a compañeros detenidos. Siete selk ́nam que intentaban robar caballos, fueron sorprendidos por los peones armados de la “Sociedad Explotadora de Tierra del Fuego”, que se dispusieron a entregarlos a la policía al otro día. La caravana se organizó con los nativos caminando y dos peones a caballo y “armados con rifle, revólver y cuchillo (...) A eso del mediodía estalla la sorpresa general en el puesto” al ver “acercarse a la querencia a los caballos de los guardias, sin jinete y con las riendas a la rastra” (...) Como a cinco millas encuentran los restos de los peones que habían sido atacados por nativos que liberaron a los apresados (13). Se trataba de acciones de pequeños grupos como un acto de desesperación extrema, pero nunca alcanzaron a organizar medidas de resistencia colectivas que plantearan alguna posibilidad de enfrentamiento exitoso. Seriot, el vengador El resistente que más trascendió fue Seriot, quien se destacó por el tiempo que pudo eludir la persecución, por las víctimas que se le adjudicaron y la fama conquistada. Un historiador de Tierra del Fuego tituló un capítulo de su libro: “Capelo, el ona guerrillero”. Pero, se desconoce si su accionar estuvo originado en alguna concepción de resistencia al invasor o sólo motivada por el desencanto que le produjo el contacto con los blancos. Capelo fue el apodo que le dieron los forasteros, supuestamente, por el uso de un particular sombrero cónico selk ́nam. Como muchos bandidos, que se hicieron populares por su enfrentamiento con las autoridades, la historia conocida de Seriot comenzó con la indignación que le produjo la traición de un funcionario público. Su rebeldía fue la reacción espontánea ante la falta de consideración dispensada por los invasores particulares o estatales. En el oriente fueguino, existió una dependencia oficial: la subprefectura de Buen Suceso, que existió hasta 1892, cuando fue trasladada a bahía Tetis. Antes de la mudanza, se produjo el primer registro de la presencia de Seriot. En esa dependencia, se habían asentado varias decenas de nativos atraídos por las raciones que les suministraban los uniformados. A “fines de 1890 aparece Capelo entre los indios reducidos de Buen Suceso”(14). Hasta ese momento, había tenido un trato aparentemente cordial con las autoridades. Hasta tal punto que el subprefecto quiso repetir una experiencia exitosa que había tenido con un joven haush. Pero, “Capelo dudaba, pues tenía una mujer joven y temía perderla”. El “subprefecto prometió entonces cuidarla hasta su regreso...” Realizó ese viaje y regresó maravillado con la experiencia, comenzó a usar vestimenta occidental y a hablar bastante bien el castellano. “Pero al volver, algunos meses después, su mujer había desaparecido. Según le dijeron, como otros indios habían planeado raptarla, para que estuviera más segura la habían llevado a la Isla de los Estados. Debía regresar en el próximo viaje. Capelo (...) cuando comprobó que su mujer no estaba a bordo se alejó protestando. Por algún tiempo quedó en acecho por la vecindad. Esperaba la oportunidad de apoderarse de la mujer del subprefecto para guardarla como rehén hasta que le fuera devuelta la suya. La gente de la subprefectura sospechó el peligro y se mantuvo alerta. Un día un muchacho blanco salió a cazar pájaros con su escopeta. Capelo le lanzó una fecha por sorpresa y se apoderó del arma, de los pocos cartuchos que tenía y de su ropa. Hecho esto, Capelo y los suyos se alejaron por la costa en dirección noroeste, en donde se encontraron con un grupo de onas de las montañas, siempre dispuestos a empresas temerarias”(15). Seriot ataca de nuevo Los expedicionarios franceses Enrique Rousson y Polidoro Willems estuvieron a punto de perder la vida en un encuentro con el grupo de Seriot, en las inmediaciones del cabo San Pablo. Se salvaron por la reacción de un peón que comenzó a disparar y frustró el intento de los nativos. En marzo de 1894, Seriot aparece en las crónicas del salesiano José María Beauvoir, unos doscientos kilómetros al norte de la subprefectura, solicitando ayuda para cruzar el caudaloso río Grande. Para entonces, “traía consigo un rifle descompuesto con algunas balas y un largo machete. Había pasado, decía él, algún tiempo en una compañía de soldados de la República Argentina. Vestía levita negra, chaleco y pantalón del mismo color, botas granaderas y un sombrero ovalado también negro”. “Más que un salvaje parecía un dandy de Buenos Aires”. En un tramo del diálogo con el cura, expresó el estado de ánimo de los nativos: “Nosotros, indios, contestó él, mucho miedo cristianos, porque mucho malo, siempre pum, pum, pum y siempre “wituchen” (morir)”(16). Luego de residir unos días en la misión, se marcharon. Para esos días, el subprefecto de Bahía Tetis le adjudicó dos crímenes. El del marinero uruguayo Luciano Gallardo, desertor del barco “Villarino”, que “fue asesinado por móvil de robo, se supone, por el indígena de malos antecedentes llamado “Capelo” en los campos del cabo San Pablo y Río Grande. Supone, asimismo aquel funcionario que el referido indio, en compañía de varios otros, no es extraño a la muerte del marinero español N. Barón que pertenecía a la tripulación de la fragata inglesa “Duches of Albany”, naufragada a inmediaciones del cabo San Pablo el año pasado”(17). En agosto del mismo año, se conoció otro incidente sangriento. “Jacobo Saint Martín y otros dos miembros de un grupo de mineros habían sido asesinados por “un indio llamado “Capelo” que ayudado de varios otros cosieron a puñaladas a Saint Martín y a los otros dos”. Luego, “los indios se alejaron unos 20 kilómetros hacia el noroeste y prepararon una emboscada a la policía que presumiblemente los iba a buscar”(18). Esta denuncia desató la persecución policial de Seriot, que puso en alerta a todos sus efectivos para dar con el rebelde. Como el ataque no se produjo, Seriot y su gente se dirigieron hacia la estancia Harberton, donde esperaban contar con cierta protección. “Se presentó... en mal español, diciendo que su nombre era Capelo”, y “que tenía el propósito de acampar a la orilla del bosque (...) No puse objeción... Noté un atado de ropa, un rifle, un revólver, escopeta, anteojos de larga vista y dos perros... de raza desconocida entre los onas... Deduje que habían saqueado algún campamento de blancos”(19). La información de la presencia de Seriot en Harberton llegó a la policía de Ushuaia. Según Bridges, quien lo delató fue un hombre que pasó por la estancia y se dirigió a Ushuaia a informar a la policía. Otra versión, indicó que fueron los Bridges los que lo hicieron(20). Al enterarse de la novedad, el jefe policial Ramón Cortés despachó “un pelotón de gendarmes” que desembarcó “sigilosamente (...) rodeó el campamento ona y copó a los indios por sorpresa”(21). “La policía dio con él antes de que se diera cuenta”. Cortés “le ordenó que se rindiera. Pero, el indio que era excepcionalmente fuerte, saltó sobre el jefe para arrebatarle el revólver. Uno de los gendarmes viendo la escena disparó a quemarropa e hirió de muerte a Capelo”. Otro fue baleado y los demás fueron detenidos (22). Otra versión, señaló que el “comisario Ramón Lucio Cortés fusilará sobre el terreno a varios hombres, incluido el cabecilla llamado Seriot o Capelo. Las mujeres y niños serán conducidos a Ushuaia en calidad de prisioneros. Además del asesinato de los selk’nam, el gobernador de Tierra del Fuego Pedro Godoy se permitirá un gesto de “altruismo científico”, ordenando el descarne y disección de los restos humanos de Seriot y enviándolos como regalo al Museo de La Plata” (23). Seriot regresa a su tierra Sus restos ingresaron al Museo de La Plata en 1898. “Así comienza a formar parte de las colecciones del Museo, bajo el nombre de “Capello” (...) Fue utilizado como material de estudio” (24). En 2010, la comunidad fueguina indígena reclamó la restitución de los restos humanos de Seriot. El 19 de abril de 2016 los cadáveres de Seriot y otros tres selk ́nam no identificados, fueron restituidos a su tierra. Fueron alojados en la reserva de la comunidad aborigen fueguina, donde se construirá un mausoleo para homenajearlos. Notas: 1. Entrevista al antropólogo Luis Alberto Borrero en el documental “Isla de Fuegos” (2011), de Rubén Plataneo y Bernardo Veksler. 2. Daniel Badenes. La Pulseada, 9/6/2016 (www.lapulseada.com.ar/). 3. Reseña del militar Pedro Godoy - futuro gobernador fueguino- sobre la expedición a Tierra del Fuego del teniente coronel Ramón Lista, en 1886; citado por Colectivo GUIAS en Fueguinos en el Museo de La Plata: 112 años de ignominia. 4. Nelly Iris Penazzo. Revista “Impactos” N° 88, de Punta Arenas, Chile, enero de 1997. 5. Roberto J. Payró. “La Australia Argentina”. Citado por Nelly Iris Penazzo en Revista “Impactos” N° 88, de Punta Arenas, Chile, enero de 1997. 6. Citado por Nelly Iris Penazzo. Revista “Impactos” N°88. Punta Arenas, enero de 1997. 7. Martín Gusinde. Hombres primitivos en la Tierra del Fuego. 8. Diana Lenton. Prólogo del libro Fueguinos en el Museo de La Plata: 112 años de ignominia. 9. Citado por Nelly Iris Penazzo. Revista “Impactos” N°88. Punta Arenas, enero de 1997. 10. Carta del salesiano Mayorino Borgatello a su superior en Turín, reverendo Don Rua, del 3/12/1897. Citada por Nelly Iris Penazzo. Revista “Impactos” N°88. Punta Arenas, enero de 1997. 11. Lucas Bridges. “El último confín de la Tierra”. 12. Juan Belza. “En la isla del fuego”. 13. Carta del salesiano Mayorino Borgatello a su superior en Turín, reverendo Don Rua, del 3/12/1897. Citada por Nelly Iris Penazzo. Revista “Impactos” N°88. Punta Arenas, enero de 1997. 14. Selk ́nam que emprendieron acciones de resistencia según fuentes civiles, anglicanas y salesianas, citado por Diana Lenton en el prólogo del libro Fueguinos en el Museo de La Plata: 112 años de ignominia. 15. Juan Belza. “En la isla del fuego”. 16. Juan Belza. “En la isla del fuego”. 17. Citado por Juan Belza. “En la isla del fuego”. 18. Juan Belza. “En la isla del fuego”. 19. Lucas Bridges. “El último confín de la Tierra”. 20. Lucas Bridges. “El último confín de la Tierra”. 21. Colectivo GUIAS en Fueguinos en el Museo de La Plata: 112 años de ignominia. 22. Joaquín Bascopé Julio. “Emergencia de una sociedad original”. 23. José L. Alonso Marchante en “Menéndez, el rey de la Patagonia”. 24. Colectivo GUIAS. Fueguinos en el Museo de La Plata: 112 años de ignominia. Referencias Bibliográfcas Osvaldo Bayer y otros autores. Historia de la crueldad argentina Ediciones El Tugurio. Buenos Aires (2010). Colectivo GUIAS. Fueguinos en el Museo de La Plata: 112 años de ignominia”. Editorial De la Campana. La Plata (2011). José L. Alonso Marchante. Menéndez, el rey de la Patagonia Editorial Catalonia. Santiago de Chile (2014). Roberto J. Payró. La Australia Argentina Editorial Claridad. Buenos Aires (2009). Nelly Iris Penazzo. Wot ́n: Documentos del genocidio ona Ediciones Arlequín de San Telmo. Buenos Aires (1995). Martín Gusinde. Hombres primitivos en la Tierra del Fuego Publicado por Escuela Estudio.Hispano-Amer, Sevilla, España (1951). Juan Belza en En la isla del fuego. Publicación del Instituto de Investigaciones Históricas Tierra del Fuego (1975). Lucas Bridges en El último confín de la Tierra Editorial Sudamericana. Buenos Aires (2000). Hugo Chumbita. Jinetes rebeldes. Ediciones Colihue. Buenos Aires (2013). Enrique S. Inda. El exterminio de los onas. Cefomar Editora. Buenos Aires (2008). Joaquín Bascopé Julio. “Emergencia de una sociedad original en El último confín de la Tierra. Sentidos coloniales IV”. Disponible en http://journals.openedition.org/nuevomundo/64974. Documental “Isla de Fuegos” (2011), de Rubén Plataneo y Bernardo Veksler. Daniel Badenes. La Pulseada, 9/6/2016 (www.lapulseada.com.ar/). Osvaldo Bayer en Página 12, 16/5/2010. Revista “Impactos” N° 88, de Punta Arenas, Chile, enero de 1997 Anne Chapman, Página 12, 25/2/2009. El Diario del Fin del Mundo, 20/04/2016.

01 enero 2018

Una visión crítica de la Conquista de América

Una inmensa “Campaña del Desierto” Por Bernardo Veksler (Publicado en revista La Roca N°4 Diciembre de 2017)
RESUMEN: La incursión europea transatlántica tuvo una trascendencia formidable, a pesar de que sus costas eran conocidas y merodeadas por los europeos desde mucho antes del viaje de Colón. El elemento distintivo fue la empresa conquistadora que forjaron españoles, portugueses, ingleses, franceses y holandeses que catapultaron al capitalismo. En pocos años se tuvo conocimiento de la dimensión planetaria, se posibilitaron nuevas rutas y el contacto con la diversidad humana; se potenció el comercio, la ciencia y la tecnología; y se generaron las bases de la acumulación primitiva del capital y la Revolución Industrial, con el enorme y penoso costo de sendos genocidios en América y África. INTRODUCCIÓN El primer impacto fue el asombro, luego el miedo ante las armas de fuego y la fuerza mágica del hombre blanco cubierto con armaduras y montado a caballo. Los invasores aprovecharon el desconcierto y la superioridad tecnológica para dominar fácilmente a las sociedades americanas más desarrolladas. El arribo de Cristóbal Colón a América fue un emprendimiento que hizo posible uno de los hechos más destacados de la historia de la humanidad. Desde su desembarco en playas caribeñas, en menos de un siglo se pudo alcanzar el conocimiento de la dimensión del planeta y se vincularon culturas desconocidas entre sí. La ventaja para los europeos fue conocer la pólvora, la brújula, el papel y la imprenta, entre otras adquisiciones. El acto de pisar tierra americana produjo una espectacular cadena de acontecimientos que transformó y dinamizó la sociedad humana. El descubrimiento de oro y plata en el “nuevo continente” desató un verdadero aluvión colonizador. Centenares de expediciones y millares de hombres fueron tras los pasos de los pioneros para intentar el logro de fabulosas fortunas. En los primeros 150 años de acción conquistadora, 17 mil toneladas de plata y unas 200 toneladas de oro arribaron a España y potenciaron el incipiente desarrollo comercial y manufacturero europeo, que abrieron las compuertas al incipiente desarrollo capitalista y a la Revolución Industrial. La navegación superó todos los límites y se aventuró hacia todos los rincones del planeta. El conocimiento del mundo comenzó a ser posible y el comercio empezó a diseñar el mercado internacional. El desarrollo económico terminaría por sepultar a la sociedad feudal y al absolutismo monárquico. La ambición no encontró barreras infranqueables. En pocos años la inmensidad americana dejó de ser inexpugnable y españoles, portugueses, británicos, holandeses y franceses se disputaron el gigantesco botín. Un siglo después de la llegada de la Santa María, La Niña y La Pinta a las Antillas, de los más de 70 millones de nativos americanos preexistentes, sólo quedaban tres millones y medio de almas. Primero, fueron derrotados por la desproporción de recursos, la sorpresa y la confusión. Luego, fueron privados de su cultura y creencias, sometidos al trabajo esclavo y a las enfermedades importadas por los europeos, que encontraron a sus organismos sin los necesarios anticuerpos para resistir a los virus y bacterias que portaban los forasteros. La casi extinción de la población nativa generó otro genocidio. Para sustituir a la mano de obra americana, se propició la cacería de seres humanos, se arrancaron millones de africanos de su tierra ancestral y se comerció con ellos para utilizarlos como trabajadores esclavos en socavones y plantaciones. Medio milenio después, fue en vano el intento de ocultamiento del exterminio indígena y salió a la luz otra versión de la historia, atrás quedaron definiciones como el “Descubrimiento de América”, que pretendía ignorar la existencia de millones de seres humanos que habían descubierto el continente miles de años antes. También quedó rápidamente vetusta la intención de mostrar como amistoso el “Encuentro de dos mundos”, cuando en realidad se trató del violento aplastamiento de los nativos por parte de los invasores. No obstante, no se puede dejar de reconocer que la llegada europea a las costas americanas produjo un avance notable de la humanidad, pero el progreso no puede ocultar la magnitud de la tragedia consumada. La sociedad capitalista se concibió a partir del genocidio, la esclavitud y el saqueo impulsado por las potencias europeas de la época. El alumbramiento del nuevo sistema económico se amasó con la sangre de millones de seres humanos. El encontronazo del 12 de octubre de 1492 Las hipócritas denominaciones con las que fue conmemorado cada aniversario de la llegada de Colón a tierras americanas, pusieron de manifiesto el intento de disimular, encubrir y minimizar los crímenes cometidos. Celebrar el “Descubrimiento de América” significaba omitir, nada menos, que existían unos setenta millones de seres humanos que ya habían descubierto al continente unos treinta mil años antes y prosperaban en él. La improvisada denominación de “Encuentro de dos culturas” o “de dos mundos”, fue sólo un intento de falsificar la historia, dado que ese encuentro no tuvo nada de protocolar o pacífico, como cínicamente pretendieron insinuar sus ideólogos y difusores. La evidencia del genocidio desatado, el saqueo de sus incalculables riquezas y el sometimiento de los sobrevivientes presentaron un cuadro muy distinto al pretendido, exponiendo un verdadero “encontronazo” donde el desequilibrio tecnológico impuso sus trágicas desproporciones. La expedición de Colón fue una destacada empresa que hizo posible uno de los acontecimientos más importantes de la historia humana: tomar conciencia de la magnitud del planeta y poder comunicar sus diversos puntos geográficos. Así, se pudieron relacionar mundos antes desconocidos entre sí, algunos en estadios muy primitivos de desarrollo otros más avanzados, como los europeos, que ya conocían la brújula, la pólvora, el papel y la imprenta. Se transformaron las economías cerradas del Medioevo, para constituir un mercado mundial. “Los descubrimientos de los yacimientos de oro y plata en América, la cruzada de exterminio, la esclavización de las poblaciones indígenas, forzadas a trabajar en el interior de las minas, el comienzo de la conquista y del saqueo de las indias, la conversión del continente africano en cazadero de esclavos negros, son todos hechos que señalan los albores de la era de producción capitalista (...) Las riquezas apresadas fuera de Europa por el pillaje, la esclavización y la masacre refluían hacia la metrópolis donde se transformaban en capital” (1). El oro y la plata americanos contribuyeron a forjar los primeros grandes capitales europeos, que dinamizaron la economía y detonaron el fin del feudalismo y, posteriormente, la Revolución Industrial. Así se fue gestando la sociedad capitalista que, como contrapartida, significó un importante avance en la historia de la humanidad. El capitalismo desplegó sus máximas posibilidades de desarrollo en los países más avanzados de la época, donde se produjeron los saltos más dinámicos en la primitiva acumulación de capital, basados esencialmente en el pillaje, la ampliación de las fronteras y la repartición del mundo. Simultáneamente, se generó un desarrollo incesante de las ciencias, el conocimiento, las técnicas productivas, las posibilidades de consumo y supervivencia humana. El capitalismo logró cumplir un rol progresivo, sólo interrumpido por las crisis cíclicas que desquiciaban periódicamente su producción y economía, dejando en evidencia las limitaciones del sistema. A pesar de este notable aporte a la evolución humana, el capitalismo desde sus primeros pasos denotó sus características salvajes, corruptas e inhumanas que continuaron manifestándose en plenitud hasta la actualidad. Europa, 1492 La llegada europea a América motorizó una serie de elementos que hasta ese entonces se manifestaban en forma embrionaria y que provocaron un verdadero vendaval en la sociedad que comenzaba a desperezarse de la economía medieval. A fines del siglo XV, en el continente europeo surgían y se desarrollaban las producciones artesanales que comenzaban a impulsar la vida comercial y a dinamizar la economía. Las monarquías iniciaron un proceso de unificación de condados, principados y regiones autónomas insumiendo mayores gastos a sus aparatos estatales. Simultáneamente, comenzaron a eliminarse las barreras aduaneras que posibilitaron la instauración de mercados regionales y luego nacionales. El primer paso de las transacciones fue el trueque. Ante los desiguales requerimientos, surgió la necesidad de establecer compensaciones en valores internacionalmente aceptados, utilizando oro, plata y piedras preciosas, abriendo así las compuertas al uso de monedas. “El descubrimiento de América se debió a la sed de oro que anteriormente había lanzado a los portugueses hacia tierras al África, porque la industria europea, enormemente desarrollada en los siglos XIV y XV, y el comercio correspondiente reclamaban más medios de cambio de los que podía abastecer Alemania la gran productora de plata entre 1450 y 1550...” (2) La expedición de Colón hizo posible el desarrollo de las grandes compañías navieras. Su consecuencia inmediata fue un impresionante desarrollo del intercambio regional y tasas de ganancia inusitadas, que alimentaron un formidable proceso de acumulación primitiva de capital, basados esencialmente en el pillaje, el comercio y la apropiación de los conocimientos de los pueblos sometidos y de sus territorios. El saqueo de América Las demandas europeas motorizaron la búsqueda de nuevas fuentes de ingreso para las monarquías. El propio diario de viaje de Colón tiene numerosas referencias a la obsesiva necesidad de encontrar oro. Apenas tres días después del arribo, el genovés escribió: “Esta isla es grandísima y tengo determinado de la rodear, porque, según puedo entender, en ella o acerca de ella hay mina de oro (…) di la vela con el viento sur para pujar a rodear toda la isla, y trabajar hasta que halle Samaot, que es la isla o ciudad adonde es el oro, que así lo dicen todos estos…”. Los hallazgos y la apropiación de piezas ornamentales y rituales de los nativos constituyeron la primera fase del saqueo. En las islas de Cuba, La Española y Puerto Rico en sólo dos o tres años se despojó a los nativos de todo el oro producido en casi un milenio (3). Agotada rápidamente esa fase del pillaje, se pasó a la búsqueda desenfrenada de los yacimientos, derribando todo obstáculo que se erigiera en su camino. “En menos de una década, los españoles exploraron casi todas las islas del Caribe, especialmente Cuba, Jamaica, Puerto Rico y La Española. En 1513, Balboa avistó el Pacífico. Durante la década de 1520-30, se inició la conquista de México y Centroamérica. Y en la próxima, la de Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia y Chile” (4). Simultáneamente, se avanzó hacia los mares australes, impelidos de encontrar una ruta segura hacia el Extremo Oriente y que permitiera el transporte de los valiosos minerales extraídos del subsuelo americano. Los primeros relatos exaltaron las facilidades existentes para apropiarse de las riquezas: “...por las faldas de esta cordillera se han hallado grandes mineros de plata y oro... y en todo el reino del Perú; y si hubiera quien lo sacase, hay oro y plata que sacar para siempre jamás; porque en las sierras y en los llanos y en los ríos, y en todas partes que caven y busquen, hallarán plata y oro” (5). Las dificultades para la extracción comenzaron a resolverse a partir de los conocimientos de los propios nativos. “La causa esencial de esta rápida recolección de metales preciosos fue el grado de adelanto minero – metalúrgico que habían alcanzado los indígenas de América Latina. El desarrollo de las fuerzas productivas autóctonas permitió a los españoles organizar en pocos años un eficiente sistema de explotación. De no haber contado con aborígenes expertos en el trabajo minero resultaría inexplicable el hecho de que los conquistadores, sin técnicos ni personal especializado, hubieran podido descubrir y explotar los yacimientos mineros, obteniendo en pocas décadas tan extraordinaria cantidad de metales preciosos. En fin, los indios americanos proporcionaron los datos para ubicar las minas, oficiaron de técnicos, especialistas y peones, y aportaron un cierto desarrollo de las fuerzas productivas que facilitó a los españoles la tarea de la colonización” (6). Entre 1503 y 1660 salieron desde tierras americanas hacia España, según constancias documentadas en Sevilla y Madrid, alrededor de 200 toneladas de oro y 17 mil toneladas de plata. Considerando una relación de once a uno entre esos dos metales, se llega a las dos mil toneladas de oro, esta acumulación de envíos valuados a precios actuales rondarían los 28 mil millones de dólares (7). “Según las estadísticas más autorizadas, la producción de oro y plata indianos, entre 1503 y 1560 ha sido estimada por Soetbeer en 173 millones de ducados; por Lexis en 150 millones y por Haring en 101 millones” (8). Otras estimaciones mensuran en unas 90 mil toneladas de plata las extraídas de las entrañas americanas en el lapso comprendido entre 1500 y 1800 y su valuación se elevaría a unos 120 mil millones de dólares actuales (9). También existen evaluaciones puntuales que permiten dimensionar el fenomenal aporte realizado por los americanos a los europeos: “Con base a los datos que proporciona Alexander von Humboldt, se ha estimado en unos cinco mil millones de dólares actuales la magnitud del excedente económico evadido de México entre 1760 y 1809, apenas medio siglo, a través de las exportaciones de plata y oro” (10). Oro y plata extraídos de América por España (11) (En kilogramos) Período Plata Oro 1531-1540 86.193 14.466 1541-1550 177.573 24.957 1551-1560 303.121 42.620 1561-1570 942.858 11.530 1571-1580 1.118.591 9.429 1581-1590 2.103.027 12.101 1591-1600 2.707.626 19.451 1601-1610 2.213.631 11.764 1611-1620 2.192.255 8.855 1621-1630 2.145.339 3.889 1631-1640 1.396.759 1.240 1641-1650 1.056.430 1.549 1651-1660 443.256 469 TOTAL: 16.886.815 181.333 El furor desatado en la península fue tan grande que comenzaron a gestarse asociaciones y suscripciones para solventar expediciones con el fin de cumplir el sueño de regresar con las bodegas repletas. “Salvo contadas excepciones como fue el caso de Colón o Magallanes, las aventuras no eran costeadas por el Estado, sino por los conquistadores mismos, o por los mercaderes y banqueros que los financiaban” (12). Para contar con una aproximación del formidable impacto que generó esta irrupción de riquezas en el territorio europeo, basta con tomar como referencia que la totalidad del oro existente para esa época en el “viejo mundo” fue estimado en unos mil millones de dólares y la plata en unos mil quinientos millones de dólares actuales. Las cifras del saqueo, con seguridad, deberían elevarse notablemente si se considerasen la cantidad de navíos hundidos, que son cuantiosos en las aguas del mar Caribe, en las costas chilenas y en la confluencia austral de los océanos Pacífico y Atlántico, por donde circulaba la mayoría de los cargamentos. La recuperación del cargamento de las bodegas, hace unos años atrás, de “El Preciado”, frente a costas uruguayas, fue valuado en cifras que oscilaban entre 600 y 3.000 millones de dólares. Sólo en las proximidades del río de la Plata existen otras ocho embarcaciones hundidas con sus bodegas repletas de oro y plata. Por otro lado, habría que considerar la carga secuestrada por piratas y corsarios que fueron a parar a otras potencias europeas. Como es el caso del “pillaje obtenido por (Francis) Drake” que “puede ser considerado con justicia como la fuente y el origen de la inversión externa británica. Con él, Isabel pagó la totalidad de su deuda externa e invirtió una parte del remanente en la Compañía de Indias Orientales, cuyos beneficios representaron, durante los siglos XVII y XVIII, la principal base de las ligazones externas de Inglaterra... Jamás hubo una oportunidad tan prolongada y tan rica para el hombre de negocios, el especulador y el aprovechador. En esos años de oro, nació el capitalismo moderno” (13). El despegue capitalista “La plata y el oro de América penetraron como un ácido corrosivo, al decir de Engels, por todos los poros de la sociedad feudal moribunda en Europa, y al servicio del naciente mercantilismo capitalista los empresarios mineros convirtieron a los indígenas y a los esclavos negros en un numerosísimo “proletariado externo” de la economía europea” (14). La reactivación comercial desembocó en la Revolución Industrial y en la liquidación acelerada de la sociedad medieval. Se generó así una división internacional del trabajo que adoptó características de triangulación: América aportó oro, plata, materias primas y la mano de obra aborigen; África suministró la mano de obra esclava que sustituyó a los nativos americanos exterminados y Europa se llevó la parte del león, ya que produjo y comercializó los productos manufacturados a la vez que capitalizó las transacciones de los demás vértices de la triangulación. “El transporte de esclavos elevó a Bristol, sede de los astilleros, al rango de segunda ciudad de Inglaterra, y convirtió a Liverpool en el mayor puerto del mundo. Partían los navíos con sus bodegas cargadas de armas, telas, ginebra, ron, chucherías y vidrios de colores, que serían el medio de pago para la mercadería humana de África, que a su vez pagaría el azúcar, el algodón, el café y el cacao de las plantaciones coloniales de América. Los ingleses imponían su reinado sobre los mares. A fines del siglo XVIII, África y el Caribe daban trabajo a ciento ochenta mil obreros textiles en Manchester; de Sheffield provenían los cuchillos, y de Birmingham, 150 mil mosquetes por año” (15). España y Portugal, que fueron los primeros que intentaron alcanzar la unidad nacional, indujeron a la revolución comercial; pero cada vez más su enriquecimiento fue agravando su dependencia con las naciones más industrializadas. Los ibéricos cumplieron un rol contradictorio, por un lado, fueron los agentes que fortalecieron a la incipiente burguesía europea, que se enriqueció aceleradamente y comenzó a enfrentar al absolutismo feudal hasta derrocarlo. Pero, internamente, tanto España como Portugal carecieron de una burguesía industrial, razón por la cual el flujo masivo de riquezas consolidó a la monarquía limitando la proyección de la fugaz prosperidad. Los principales acaparadores del oro y plata americanos fueron sólo un puerto de paso de esas riquezas, utilizado para las crecientes demandas del aparato estatal y de las nutridas y parásitas castas de nobles y frailes, su destino final fue capitalizar y expandir a la burguesía manufacturera francesa, flamenca e inglesa. “La condición de acreedores del Tesoro, no sólo de Carlos V sino también de Felipe II, que vendía con anticipación los cargamentos de oro de las Indias para sostener aventuras militares y religiosas, permitió a los banqueros y comerciantes extranjeros controlar los metales preciosos y convertirse en los rectores de la economía española. Era uno de los tantos tributos que el pueblo español pagaba por la incapacidad de sus clases dominantes para lograr la unidad nacional, el desarrollo de la industria y la creación del mercado interno” (16). Los colonizadores de América tuvieron un objetivo claramente capitalista. La organización de la extracción, tráfico y producción tuvo el propósito de generar ganancias prodigiosas y, sobre todo, proveer y desarrollar el mercado mundial. También lo tuvieron los piratas, corsarios y bucaneros que depredaban las costas y mares americanos. Cuando el pirata Henry Morgan se convirtió en gobernador de Jamaica, afirmó: “Los piratas, los filibusteros, los corsarios y los bucaneros fueron los constructores de las instituciones del capitalismo que conocemos en la actualidad” (17). Todo estaba enmarcado por la potencia embrionaria que manifestaba el sistema en gestación. “Si no inauguraron en el “Nuevo Mundo” un sistema de producción capitalista fue por la inexistencia de un ejército de trabajadores libres. Esta carencia obligó a los colonizadores a utilizar opciones no capitalistas como semiesclavitud y esclavitud. Sintetizando: producción y colonización por objetivos capitalistas, relaciones esclavas o semiesclavas de producción y denominaciones propias del feudalismo fueron los pilares sobre los que se asentó la Conquista de América” (18). Primer genocidio “Había de todo entre los indígenas de América: astrónomos y caníbales, ingenieros y salvajes de la Edad de Piedra. Pero ninguna de las culturas nativas conocía el hierro ni el arado, ni el vidrio ni la pólvora, ni empleaba la rueda. La civilización que se abatió sobre estas tierras desde el otro lado del mar vivía la explosión creadora del Renacimiento (…) El desnivel de desarrollo de ambos mundos explica en gran medida la relativa facilidad con que sucumbieron las civilizaciones nativas” (19). El primer impacto fue el asombro y el miedo ante los cañones de bronce, arcabuces, mosquetes, pistolones y la fuerza mágica del blanco subido a un caballo, que dieron a los recién llegados una aureola mística ante los cándidos ojos de los nativos . “Los unos nos traían agua; otros otras cosas de comer (…) otros se echaban a la mar nadando y venían, y entendíamos que nos preguntaban si éramos venidos del cielo. Y vino uno viejo en el batel dentro, y otros a voces grandes llamaban todos hombres y mujeres: venid a ver los hombres que vinieron del cielo; traedles de comer y de beber. Vinieron muchos y muchas mujeres, cada uno con algo, dando gracias a Dios, echándose al suelo, y levantaban las manos al cielo…” (20). Esta confusión inicial fue aprovechada rápidamente por los astutos españoles, que dominaron fácilmente a las sociedades más adelantadas de América: los sedentarios aztecas, incas y mayas. Estas sociedades habían llegado a formas sociales similares a las de los egipcios, asirios y caldeos, con la existencia de un estado e incipientes formas de explotación tanto de los sectores plebeyos como de los pueblos vecinos, que eran violentamente sometidos. Esto explica que las sociedades americanas más desarrolladas y poderosas, por sus contradicciones internas, fueron las que con más facilidad fueron sojuzgadas. En cambio, las tribus que adoptaban formas sociales comunistas primitivas, fueron las que más dificultades y resistencia interpusieron al invasor. Las sociedades nómades dieron valientes batallas para enfrentar el sometimiento; pero la diferencia abismal de desarrollo económico y tecnológico, expresado en el potencial bélico, hacía inexorable el resultado final. El genocidio comenzó a implementarse en la guerra de conquista. Luego, en la explotación inhumana de los socavones. Allí, los indígenas sufrían el desarraigo, al ser obligados a dejar sus tierras y familias; se les imponía un ritmo de trabajo al que no estaban acostumbrados; los socavones les devoraban los pulmones y los dejaba rápidamente discapacitados. Algunos adelantaban el inexorable final con el suicidio, otros mataban a sus hijos para liberarlos del yugo inevitable y la capacidad reproductiva se deterioraba paralelamente al desinterés por la vida. Las rebeldías de los americanos fueron apaciguadas con un cóctel de violencia y persuasión. La Iglesia los sometía por la vía religiosa para luego obligarlos a trabajar en producciones agrícolas, forzándolos a abandonar sus hábitos culturales y su vida ancestral dedicada a la caza, la pesca y la recolección; generando efectos similares a los de los socavones. “Los indios de América sumaban no menos de setenta millones y quizás más, cuando los extranjeros aparecieron en el horizonte. Un siglo y medio después se habían reducido en total a sólo tres millones y medio...” (21) Puerto Rico fue un ejemplo de ello, a la llegada de los españoles, la población indígena era de unas setenta mil almas; treinta años después, en 1530 –cuando se hizo el primer censo- la población nativa se limitaba a 473 personas libres encomendadas y 675 indios esclavos. “Muchos indígenas de la Dominicana se anticipaban al destino impuesto por sus nuevos opresores blancos: mataban a sus hijos y se suicidaban en masa. El cronista oficial Fernández de Oviedo interpretaba así, a mediados del siglo XVI, el holocausto de los antillanos: “Muchos dellos, por su pasatiempo, se mataron con ponzoña por no trabajar, y otros se ahorcaron con sus manos propias” (22). Otro importante porcentaje de nativos fue víctima de las enfermedades introducidas por los europeos, los organismos indígenas no estaban preparados para resistir a los virus y bacterias importados. Así, la viruela, gripe, sífilis, tifus, lepra, entre otras, produjeron estragos. “Los indios morían como moscas; sus organismos no oponían defensas ante las enfermedades nuevas. Y los que sobrevivían quedaban debilitados e inútiles. El antropólogo brasileño Darcy Ribeiro estima que más de la mitad de la población aborigen de América (...) murió contaminada luego del primer contacto con los hombres blancos” (23). América ofrecía enormes posibilidades de enriquecimiento y toda una jauría humana desembarcó en sus costas para cumplir con esos sueños de pronta prosperidad a cualquier precio. En ese contexto, el inmenso territorio conquistado ofrecía posibilidades ilimitadas: “...la sistematización económica del inmenso espacio conquistado por los españoles puede ser resumida así: distribución de tierras en cantidad casi ilimitada a los conquistadores y atribución a los mismos de un gran número de indios adscriptos al trabajo forzado en esas tierras. Terminado el momento violento de la conquista no se puede decir que la colonización se haya desarrollado sobre principios diferentes” (24). Otro genocidio lucrativo El debate generado a partir del Quinto Centenario dejó a las claras la orgía de sangre desatada por el supuestamente protocolar “Encuentro de Dos Culturas”. El exterminio de la población nativa, junto a las necesidades de reposición de mano de obra para ocuparla en las flamantes explotaciones, dio lugar a una nueva rama económica del naciente capitalismo: el tráfico de esclavos. Ingleses, holandeses y franceses se destacaron en este flamante negocio. Los cazaban como a animales en el África, luego los cargaban en los barcos para atravesar el Atlántico. Su primer destino fueron las Antillas, luego prácticamente toda América. Sólo entre 1680 y 1688, la Real Compañía Africana embarcó 70 mil negros, de los cuales sólo llegaron a las costas americanas unos 46 mil. En Haití, ingresaba un promedio de treinta mil esclavos por año. En 1789, la población de la mitad francesa de la isla Española era de cuarenta mil blancos y 450 mil negros. IMPORTACIÓN DE ESCLAVOS DEL ÁFRICA POR REGIONES 1451-1870 (Estimado en miles de personas) (25) Región 1451-1600 1601-1700 1701-1810 1811-1870 TOTAL Norteamérica inglesa - - 348 51 399 Hispanoamérica 75 292,5 578,6 606 1.552,1 Caribe inglés - 263,7 1.401,3 - 1.665 Caribe francés - 155,8 1.348,4 96 1.600,2 Caribe holandés - 40 460 - 500 Caribe danés - 4 24 - 28 Brasil 50 560 1.891,4 1.145,4 3.646,8 Europa 48,8 1,2 - - 50 Santo Tomé 76,1 23,9 - - 100 Islas del Atlántico 25 - - - 25 TOTAL 274,9 1.341,1 6.051,7 1.898,4 9.556,1 Porcentaje anual 1,8 13,4 55 31,6 22,8 La reconstrucción de los datos disponibles permite determinar que, en no menos de un siglo, se importaron unos diez millones de nativos africanos. Para algunos, esa estimación se duplica. “Se trata de 17 millones de seres humanos, cifra que debe ser por lo menos duplicada por las matanzas que seguían a la persecución y captura, las muertes en los traslados a los puertos (la inenarrable crueldad de separar a las madres de sus hijos) y en las travesías marítimas, debido a las enfermedades, ya que era más barato reemplazar un esclavo que curarlo. Si bien la esclavitud tiene orígenes lejanos, en los inicios del Siglo XIX alcanzó su máxima intensidad. La exploración del interior de África por los europeos comenzó en el Siglo XIX (anteriormente, los esclavistas se limitaban a capturar esclavos mediante alianzas con pueblos aborígenes). Gracias a la violencia, las potencias dominaron el continente” (26). Si se toma en cuenta que gran cantidad de africanos morían antes de pisar tierra americana; víctimas de las cacerías, en el traslado hacia los barcos, en las tortuosas travesías hacinados en las bodegas o en el desembarco; la cifra de seres arrancados violentamente de África puede elevarse a cuarenta o cincuenta millones desde que comenzó este sucio comercio hasta mediados del siglo diecinueve, provocando el arrasamiento de regiones enteras. Aldeas, etnias y culturas fueron aplastados por la irrupción de los esclavistas. El censo de 1790 de Estados Unidos indicó que los esclavos sumaban 697 mil individuos. En 1861, esa cifra se elevó a más de cuatro millones. Un miembro de la Cámara de Diputados de España, decía en 1870: “Un esclavo que por reglamento debía trabajar 16 horas en la zafra y ocho o nueve durante el resto del año. Un esclavo que recibe no más de una camisa, un calzoncillo, un pañuelo y un gorro. Un esclavo que se alimenta con seis u ocho plátanos, con ocho onzas de carne de bacalao o con cuatro de harina o de arroz. Un esclavo que llega con los dolores que ha sufrido desde que lo embarcaron en la costa de África, que llegó a la costa desde su lugar natal durmiendo en suelos húmedos, que es llevado a Cuba en un barco de 200 toneladas entre más de quinientos negros, con gérmenes de todo tipo de enfermedades, traspasan los mares con un 25 por ciento de bajas, es arrojado al mar como insignificante lastre si el buque zozobra...” (27). En esas condiciones el promedio de vida del esclavo no podía ser muy elevado. El esclavismo como toda forma de explotación creó su ideología justificadora, sosteniendo que los negros eran de naturaleza distinta, subhumanos, de una raza inferior, que se asemejaban a los monos, entre otras barbaridades que contradijeron las conclusiones de la ciencia. El papel de la Iglesia La Conquista de América se ejecutó a través de la apabullante superioridad tecnológica y militar europea. Pero esta brutal dominación se complementó con la sutil participación de la Iglesia. Esta institución siempre cumplió un papel funcional a los que ostentaron el poder. Su actuación durante la conquista no fue muy distinta del rol cumplido en épocas más recientes, cuando cooperó con regímenes siniestros como los representados por Hitler, Mussolini, Franco o Videla. Los religiosos buscaron congraciarse con los nativos al ofrecerles algunas formas de protección ante el salvajismo colonizador, para luego someterlos por la vía de la imposición cultural e ideológica. El solo hecho de haber impuesto una creencia extraña, demuestra el profundo desprecio de los sacerdotes hacia las costumbres ancestrales indígenas. El objetivo de inculcar, catolicismo mediante, la resignación y la docilidad ante el nivel de explotación infrahumano al que eran sometidos, permitió la incorporación de una cuantiosa mano de obra barata y útil para los proyectos de los forasteros. Las mitas y encomiendas sirvieron para organizar la explotación agropecuaria y minera, gran parte de ellas en beneficio de la propia Iglesia. Los religiosos fueron testigos del exterminio y del bestial régimen de explotación, si alguno de sus invasores sentía culpa, los referentes espirituales tenían su relato absolutorio: “Los indios no tienen alma, hijo mío. No son seres humanos. Son salvajes sin Dios. Tu misión es divina. No matas a un ser humano cuando matas a uno de ellos. Matas una cosa. Una excrecencia de la naturaleza. Y posibilitas la grandeza de España y la fe católica que estos irredentos rechazan. Sigue con la Cruz. Y, sobre todo, que no se detenga tu Espada. Ni ante hombre, ni ante mujer, ni ante niño. Dios te mira y aprueba. Es por Su grandeza que matas.” (28) El rol perverso jugado por esta institución fue tan notorio que, ante el debate desatado que lo dejó en evidencia, sólo pudieron erigir la figura del sacerdote Bartolomé de las Casas, con la intención de neutralizar la complicidad de la iglesia con la barbarie cometida. Pero el propio de las Casas fue un encomendero que empleó a los nativos. Luego, cuestionó el sistema: “Todos estáis en pecado mortal por la crueldad que usáis con estas inocentes gentes. Decid, ¿con qué derechos y con qué justicia tenéis en tan cruel y horrible servidumbre aquestos indios? ¿Con qué autoridad habéis hecho tan detestables guerras a estas gentes que estaban en sus tierras mansas y pacíficas con muertes y estragos nunca oídos?” (29) De las Casas se pronunció a favor de la introducción de africanos para reemplazar a los diezmados aborígenes antillanos. Ante la contundencia de los argumentos, al conmemorarse los cinco siglos del arribo de Colón, la Iglesia comenzó a ensayar disculpas y pedidos de perdón. Los obispos guatemaltecos así lo hicieron con el pueblo maya y rindieron homenaje a las creencias religiosas nativas “que veían en la naturaleza una manifestación de Dios” (30) Muchos herederos de los que sufrieron en carne propia las atrocidades de los invasores europeos y el cínico papel de la Iglesia, aprovecharon la oportunidad del viaje de Juan Pablo II a Lima, en 1984, para entregarle una carta firmada por el Movimiento Indio Kollasuyo, el Partido Indio y el Movimiento Túpac Katari, de Bolivia y Perú, que en uno de sus párrafos manifestó: “Hemos decidido aprovechar la visita del Papa para devolverle su Biblia, pues en cinco siglos no nos ha dado ni paz, ni amor ni justicia... Por favor, llévese su Biblia y désela a nuestros opresores, cuyos corazones y cerebros necesitan más de sus preceptos morales... Recibimos la Biblia, que fue el arma ideológica del asalto colonialista. La espada española que de día atacaba y mataba cuerpos indios, de noche se volvía cruz que atacaba el alma india...” (31). Las rebeliones A pesar de la enorme desproporción de fuerzas, los sometidos por los conquistadores se rebelaron en innumerables oportunidades. Tempranamente, comenzaron las acciones de resistencia. Una de las primeras resonantes victorias de los nativos fue en el sur de Chile. A fines de 1553, los araucanos se rebelaron ante las amenazantes incursiones de Pedro de Valdivia. Cuando se dirigió hacia el fuerte de Tucapel, persiguiendo a algunos grupos de araucanos, se encontró con la fortificación destruida y con las huestes nativas que agresivamente salieron a enfrentarlo, conducidos por Lautaro. Después de un intenso combate todos los españoles fueron atrapados y ejecutados. Durante siglos, los españoles tuvieron vedado el acceso al sur del río Bío Bío. Aún después de la independencia, el gobierno de Santiago se vio obligado a respetar esa frontera y a firmar acuerdos con los nativos, que nunca respetaron. Una de las insurrecciones más destacadas fue la concretada el 4 de noviembre de 1780, liderada por José Gabriel Condorcanqui (Túpac Amaru). Pero, “no fue la primera acción campesina contra el yugo español. La resistencia, vino de antes. Y se expresó en el enfrentamiento de Calcuchímac, el guerrero inca aliado de Atahualpa y quemado vivo en la hoguera por los españoles; en la protesta alzada de Manco II; pero también en la larga batalla de Túpac Amaru I, a fines del siglo XVI. Pero, además, en el accionar guerrero de Juan Santos Atahualpa, que remeció la sierra central peruana, entre 1742 y 1756” (32). Sometidos por la escandalosa esclavitud de la mita, miles de indios trabajaban y morían en los obrajes y las minas. Durante años, antes de tomar la decisión de rebelarse, Túpac había buscado el apoyo de los obispos de Cuzco y La Paz para frenar los abusos que se cometían con los nativos. Pero nada consiguió. Desechados esos caminos, Túpac comenzó entonces a organizar secretamente el levantamiento que abarcaría todo el Altiplano y parte del noroeste argentino. El día del alzamiento comenzó con la detención del corregidor Antonio de Arriaga, quien fue ejecutado en la plaza de Tungusuca. Allí, se convocaron miles de nativos y mestizos que conformaron un ejército de desesperados, apenas armados de palos y cuchillos. Ante la multitud reunida, el líder rebelde sostuvo a viva voz: “Hago saber a los paisanos criollos, moradores de la provincia de Chichas y sus inmediaciones, que viendo el yugo fuerte que nos oprime con tanto pecho, y la tiranía de los que corren con este cargo, sin tener consideración de nuestras desdichas, y exasperado de ellas y de su impiedad, he determinado sacudir este yugo insoportable, y contener el mal gobierno que experimentamos de los jefes que componen estos cuerpos: por cuyo motivo murió en público cadalso el corregidor de esta provincia de Tinta, a cuya defensa vinieron a ella de la ciudad del Cuzco, una porción de chapetones, arrastrando a mis amados criollos, quienes pagaron con sus vidas su audacia y atrevimiento. Sólo siento de los paisanos criollos, a quienes ha sido mi ánimo no se les siga algún perjuicio, sino que vivamos como hermanos, y congregados en un cuerpo, destruyendo a los europeos” (33). La rebelión indígena se desarrolló activamente. “Túpac Amaru declaró una guerra sin cuartel a los españoles europeos, aunque se abstuvo de atacar a los eclesiásticos peninsulares y buscó la adhesión de los españoles americanos y los criollos. En pocos meses, la rebelión se extendió en una amplia geografía, que abarcaba el actual altiplano boliviano, norte argentino y todo el sur peruano. A fin de 1780, luego de decisivos triunfos, el ejército tupacamarista estuvo pronto a conquistar Cuzco, lo que hubiese dado un impulso inestimable a la causa rebelde. Sin embargo, el ejército realista arrojó toda su fuerza y provocó su retirada. Cuatro meses más tarde, el 6 de abril de 1781, fue derrotado y la traición de un colaborador suyo permitió su captura y la de su esposa e hijo mayor. El 14 de mayo las autoridades condenaron a Túpac Amaru y el 18, en la plaza principal de Cuzco, fue descuartizado por la fuerza de cuatro caballos. Su esposa e hijo sufrieron crueles tormentos, antes de ser también asesinados” (34). Las rebeliones prácticamente abarcaron todo el continente americano. Tanto los indios del lejano oeste como los nativos patagónicos y pampeanos reaccionaron con los malones y otras formas de resistencia ante el avance incontenible de los colonos blancos, que respondieron con reiteradas masacres de los rebeldes. También los seres humanos traídos de África protagonizaron rebeliones ante las condiciones extremas a las que se veían sometidos. En 1522, los esclavos de Diego Colón –hijo de Cristóbal- llevaron a cabo la primera sublevación que se tenga memoria, fueron sosegados y terminaron ahorcados en los senderos del ingenio. En Brasil, los numerosos negros que huían de las explotaciones hacia la selva, comenzaron a agruparse en la espesura boscosa. Los cimarrones se fueron concentrando y organizando hasta llegar a constituir el territorio libre de Palmares, en pleno Amazonas. La superficie que controlaban llegó a alcanzar un tercio del dominio portugués de la época. Durante todo el siglo XVII resistieron el acoso de expediciones holandesas y portuguesas que intentaron aniquilar a ese mal ejemplo. Palmares contaba con abundancia de alimentos, porque la producción estaba al servicio de las necesidades, existían policultivos que contrastaban con las explotaciones de los colonizadores, donde predominaba el cultivo de la caña de azúcar para abastecer al mercado europeo. En 1791, estalló una exitosa rebelión negra en Haití que logró abolir la esclavitud y provocó la huida masiva de los blancos. Trece años después, constituyeron la primera república negra de América, cuya constitución consideraba negros a todos los ciudadanos independientemente del color de su piel. La resistencia de los oprimidos y la comprobación por parte de los poderosos que la mano de obra esclava no era suficientemente productiva, que las nuevas técnicas necesitaban de una mayor capacitación y que podría ser mucho más lucrativa la incorporación como consumidores de esos millones de trabajadores forzados, produjo el fin de esa lacra. La “Campaña del Desierto” de la burguesía criolla Una vez que se consolidaron en el poder, luego de superado el radicalizado y tumultuoso período de la emancipación latinoamericana, las nacientes oligarquías y burguesías se orientaron con voracidad a ocupar el espacio territorial expulsando a sangre y fuego a los legítimos dueños de las tierras. El promotor de la campaña contra los indios pampeanos así exponía ante el Congreso su plan: “En la superficie de quince mil leguas que se trata de conquistar, comprendida entre los límites del río Negro, los Andes y la actual línea de fronteras, la población indígena que la ocupa, puede estimarse en veinte mil almas, en cuyo número alcanzan a contarse de 1.800 a 2.000 hombres de lanza... Su número es bien insignificante con relación al poder y a los medios de que dispone la Nación. Tenemos seis mil soldados armados con los últimos inventos modernos de la guerra, para oponerlos a dos mil indios que no tienen otra defensa que la dispersión, no otras armas que la lanza primitiva” (35). El exterminio de los indios pampeanos fue aprobado por la oligarquía bonaerense. Como consecuencia de ese despojo sangriento, 1843 personas se repartieron 41.787.023 hectáreas de la mejor tierra argentina, entre 1876 y 1903. “Sesenta y siete propietarios pasaron a ser dueños de 6.062.000 hectáreas”. Hacia la segunda década del siglo XX, “concluido ya el proceso de formación de la propiedad rural, solamente cincuenta familias eran propietarias de más de 4 millones de hectáreas de la provincia de Buenos Aires” (36). El presidente Miguel Juárez Celman, en 1888, justificó con argumentos racistas los “obsequios” efectuados luego del brutal desalojo indígena: “Dicen que dilapido la tierra pública, que la doy al dominio de capitales extranjeros: sirvo al país en la medida de mis capacidades. (Carlos) Pellegrini mismo acaba de escribirme que la venta de 24 mil leguas sería instalar una nueva Irlanda en la Argentina. ¿Pero no es mejor que estas tierras las explote el enérgico sajón y no que sigan bajo la incuria del tehuelche?” (37). La barbarie de los uniformados llegó a sensibilizar hasta a los mismos voceros de la oligarquía. El diario La Nación del 16 de noviembre de 1878, con el título de “¡Setenta indios fusilados!”, cuestionó que los hechos ocurridos en Villa Mercedes (San Luis) no respetaban “ni las leyes de la humanidad ni las leyes que rigen el acto de la guerra”, dado que existía la opción alternativa y disponible para el comandante, según el diario, de “mandarlos bien seguros a Buenos Aires, como se ha hecho con otros” (38). Pero, no sólo hubo numerosas ejecuciones sumarias, también, como en todo genocidio, hubo campos de concentración al mejor estilo del nazismo. El relato de John Daniel Evans sobre un encuentro entre galeses y nativos, permitió detectar la existencia “de un reformatorio en Valcheta (Río Negro) en el cual el gobierno después de 1885 había concentrado a “la mayoría de los indios de la Patagonia”, quienes “estaban cercados por alambre tejido de gran altura”. Evans cuenta que reconoce entre los recluidos a un amigo de la infancia a quien no puede rescatar por carecer del dinero que se le pide para ello y que finalmente muere al poco tiempo en aquel campo de concentración” (39). La isla Martín García fue otro campo de concentración de nativos, donde los forzaban a trabajar picando piedras. También existen constancias de la existencia de otros similares en Carmen de Patagones, Junín de los Andes, Chinchinales y los cuarteles de Retiro. El general Roca fue el “héroe” de la denominada “Campaña del Desierto”, un eufemismo que encubría que el territorio conquistado estaba poblado por “veinte mil almas”. El alma mater del genocidio pampeano, no sólo fue homenajeado por los beneficiarios locales y compensado con parte del botín, también recibió agradecimientos externos. “En Londres se hizo un homenaje gigantesco al general Roca. La Crónica dirá: “Jamás los altos banqueros y comerciantes de Londres, en número tan grande y selecto han ofrecido a un hombre público extranjero iguales demostraciones de simpatía ni tributado a un país tan altos elogios como los que han hecho a la República Argentina” (40). Esta conducta de la burguesía criolla fue, con algunas diferencias de matices, la que se repitió en cada país americano. “Según Michel Foucault, el genocidio –o mejor dicho, el programa genocida, independientemente de sus resultados concretos- forma parte intrínseca de la constitución de las naciones modernas” (41). Las películas del lejano oeste invierten cínicamente los roles de quienes fueron los protagonistas del salvajismo. Un líder piel roja, a fines del siglo pasado, reflejó con estas palabras su angustia: “estoy cansado de luchar. Nuestros jefes han muerto... Todos los ancianos han muerto. Hace frío y no tenemos frazadas. Los pequeñuelos mueren de frío. Algunas de mis gentes han escapado a las montañas y no tienen abrigo ni alimento... Quiero tener tiempo de buscar a mis hijos y ver cuántos de ellos han quedado. Acaso los encuentre entre los muertos. Oíd, mis jefes, mi corazón está triste y enfermo. Estoy cansado” (42). El aniquilamiento continúa, la rebelión también Negros y nativos participaron en la primera línea de combate en la guerra de la independencia y fueron utilizados en las luchas y guerras fratricidas posteriores. Tanto Argentina como Paraguay contaban con una gran población negra hoy casi inexistente, fruto de ese exterminio sufrido al que aportaron también numerosas epidemias. Durante los primeros años de la gesta emancipadora latinoamericana, los oprimidos vieron que sus reclamos se vinculaban con las causas nacionales. El general Simón Bolívar abolió la esclavitud, Juan José Castelli liberó a los indígenas del Alto Perú de las encomiendas, San Martín habló de “nuestros paisanos los indios” y José Gervasio Artigas redistribuyó tierras entre los pobres. El panorama actual de los pueblos originarios de América indica que los sobrevivientes del genocidio continúan sufriendo crímenes, despojos, atropellos y represión, cuando intentan manifestarse en defensa de sus derechos. Rigoberta Menchú, originaria guatemalteca Premio Nobel de la Paz, afirmó tiempo atrás que: “En los últimos veinte años, he recorrido todos los países con pueblos indígenas. Y por doquier encontré la misma realidad: nadie quiere darnos voz... Hace poco estuve en Canadá: indígenas de esas tierras, fueron despojados de todo por las empresas multinacionales que talan los bosques. Actualmente, hay ocho de estas firmas en plena actividad. Allí pudimos ver lo que está haciendo nada más que una de esas compañías: en un año talaron bosques por una extensión que supera el millón doscientos mil metros cuadrados por lo que serán necesarios doscientos o trescientos años para que esa tierra recupere su ritmo natural” (43). Las denuncias se complementan con acciones potenciadas por la indignación. Además de la siempre presente resistencia del pueblo mapuche, prácticamente, no hay país donde los sobrevivientes del exterminio no hayan reaccionado en pos de sus derechos. Se destaca la lucha emprendida, en 1994, por los indígenas de Chiapas, en México, pertenecientes al Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), que han bregado por la recuperación de sus territorios y de sus formas ancestrales de autogobierno; generando posibilidades de desarrollo social a partir de interesantes procedimientos comunitarios de decisión y elección, de formación de sus líderes y procurando superar los asfixiantes dogmas económicos capitalistas. En Venezuela, los yukpas han enfrentado a la asimétrica la institucionalidad y la legislación. Acciones similares se desarrollan en Guatemala, Ecuador y Bolivia, adquiriendo protagonismo en los procesos políticos de esos países y alcanzado el reconocimiento de algunos de sus derechos ancestrales. La opresión que siguen sufriendo los nativos, negros, mulatos y mestizos no es muy distinta a la que sufren obreros, jornaleros, campesinos y millones de marginados. El sistema capitalista, con su versión globalizada, continúa acumulando víctimas. La lucha por la liberación del sojuzgamiento dependerá de que las víctimas crecientes puedan resistir y doblegar al sistema de dominación imperante. Los gobernantes funcionales a ese status quo son los responsables del empobrecimiento generalizado, del hundimiento de las economías y de la descomunal entrega del capital social. Ellos son los causantes de que 180 millones de niños, mujeres y hombres latinoamericanos padezcan hambre, miserias, marginación y desesperanza. Este nuevo aniversario de la llegada europea a tierras americanas, encuentra a la mayoría de los gobernantes de nuestros países nuevamente promoviendo perimidas celebraciones, no es casual, ellos son los que abren las puertas a la colonización, entregan las riquezas, someten al pueblo trabajador a cada vez mayores sufrimientos y eliminan todo rasgo social progresista. Ayer como hoy la sangre, el sudor y las lágrimas que se derraman son de los oprimidos. En ellos, también está la posibilidad de redención. NOTAS: 1- Carlos Marx, El Capital. Libro I. Editorial Claridad. Buenos Aires, 1966. 2- Carta de Federico Engels a C. Schmidt, 17/10/1890. Archivo Marx/Engels. Correspondencia 3- Huguette et Pierre Chaunu. Séville et l'Atlantique (1504-1650). Paris, S. E. V. P. E. N., 1955-1960. (École pratique des Hautes-Études. VIe section. Centre de recherches historiques. Collection « Ports, routes, trafics », n° 6). 4- Luis Vitale. Historia Social Comparada de los pueblos de América Latina, Tomo I. Atelí, Punta Arenas, 1998. 5- Pedro de Cieza de León, La Crónica del Perú Cap. CXV. Sevilla, 1553. 6-- Luis Vitale. Historia Social Comparada de los pueblos de América Latina, Tomo I. Atelí, Punta Arenas, 1998. H.J. 7.- Hamilton. American Treasure and the Price Revolution in Spain. Harvard University Cambridge, USA, 1934. 8.- Luis Vitale. Historia Social Comparada de los pueblos de América Latina, Tomo I. Atelí, Punta Arenas, 1998. 7- Eduardo Galeano, Las venas abiertas de América Latina. Siglo XXI, 1989. 8- Oscar Pintos Santos, basado en los estudios de H.J. Hamilton. Diario Gramma, La Habana, 6/5/90. 9- Huguette et Pierre Chaunu. Séville et l'Atlantique (1504-1650). Paris, S. E. V. P. E. N., 1955-1960. (École pratique des Hautes-Études. VIe section. Centre de recherches historiques. Collection « Ports, routes, trafics », n° 6). John Maynard Keynes, Treatise on Money. Harcourt, Brace and Company, Nueva York (1930) 10.- Eduardo Galeano, Las venas abiertas de América Latina. Siglo XXI, 1989. 11.- Oscar Pintos Santos, basado en los estudios de H.J. Hamilton. Diario Gramma, La Habana, 6/5/90. 12.- Eduardo Galeano, Las venas abiertas de América Latina. Siglo XXI, 1989. 13.- John Maynard Keynes, Treatise on Money. Harcourt, Brace and Company, Nueva York (1930). 14.- Eduardo Galeano, Las venas abiertas de América Latina. Siglo XXI, 1989. 15.- Eduardo Galeano, Las venas abiertas de América Latina. Siglo XXI, 1989. 16.- Luis Vitale. Historia Social Comparada de los pueblos de América Latina, Tomo I. Atelí, Punta Arenas, 1998. 17.- Citado por José Pablo Feinmann en diario Página 12. Buenos Aires, 5/12/2004. 18.- Nahuel Moreno y George Novak. Feudalismo y Capitalismo en la Colonización de América. Ediciones Avanzada. Buenos Aires, 1972. 19.- Eduardo Galeano, Las venas abiertas de América Latina. Siglo XXI, 1989. 20.- Reseña del 14 de octubre de 1492 del Diario de Colón. Ediciones Cultura Hispánica. Madrid, 1972. 21.- Darcy Ribeiro, Las Américas y la Civilización. Editor Fundación Biblioteca Ayacucho. Caracas 1992 22.- Eduardo Galeano, Las venas abiertas de América Latina. Siglo XXI, 1989. 23.- Eduardo Galeano, Las venas abiertas de América Latina. Siglo XXI, 1989. 24.- Ruggiero Romano. Le Rivoluzione del centro e Sudamérica, in Le revoluzioni borghesi. Fratelli Fabril. Milán, 1973. 25.- Hebe Clementi. La abolición de la esclavitud en América Latina. Editorial La Pléyade. Buenos Aires, 1974. 26.- Hebe Clementi. La abolición de la esclavitud en América Latina. Editorial La Pléyade. Buenos Aires, 1974. 27.- Eduardo Galeano, Las venas abiertas de América Latina. Siglo XXI, 1989. 28.- Citado por José Pablo Feinmann en diario Página 12. Buenos Aires, 5/12/2004. 29.- Bartolomé de las Casas, Historia de las Indias, citado por José Pablo Feinmann en diario Página 12. Buenos Aires, 5/12/2004. 30.- Diario Página 12, Buenos Aires, 10/10/92. 31.- Diario La Nación, Buenos Aires, 13/2/85. 32.- Gustavo Espinoza M. / Resumen Latinoamericano / Rebelión / 04 de noviembre de 2015 PERÚ:La rebelion de Tupac Amaru, 235 años en la historia. 33.- Edicto de Túpac Amaru II manifestando su determinación de sacudir el yugo español. www.elhistoriador.com.ar 34.- Edicto de Túpac Amaru II manifestando su determinación de sacudir el yugo español. www.elhistoriador.com.ar 35.- Informe del general Julio Argentino Roca al Congreso de la Nación en 1875. Diario de Sesiones. 36.- Osvaldo Bayer y otros. Historia de la crueldad argentina. Julio A. Roca y el genocidio de los Pueblos Originarios. El Tugurio, Buenos Aires, 2010. 37.- Rodolfo Puiggrós. Historia crítica de los partidos políticos. Editorial Galerna, Buenos Aires, 2006. 38.- Osvaldo Bayer y otros. Historia de la crueldad argentina. Julio A. Roca y el genocidio de los Pueblos Originarios. El Tugurio, Buenos Aires, 2010. 39.- Walter Delrío y otros. Historia de la crueldad argentina. Julio A. Roca y el genocidio de los Pueblos Originarios. El Tugurio, Buenos Aires, 2010. 40.- Osvaldo Bayer y otros. Historia de la crueldad argentina. Julio A. Roca y el genocidio de los Pueblos Originarios. El Tugurio, Buenos Aires, 2010. 41.- Diana Lenton y otros. Historia de la crueldad argentina. Julio A. Roca y el genocidio de los Pueblos Originarios. El Tugurio, Buenos Aires, 2010. 42.- Samuel E. Morrison, Henry S. Commager y Wllliam E. Leuchtenburg. Breve historia de los Estados Unidos. Fondo de Cultura Económica. México, 2012. 43. - Diario Clarín, Buenos Aires, 23/7/2001. FUENTES: Diario de Colón. Ediciones Cultura Hispánica. Madrid, 1972. Carlos Marx, El Capital. Libro I. Editorial Claridad. Buenos Aires, 1966. Carta de Federico Engels a C. Schmidt, 17/10/1890. Archivo Marx/Engels. Correspondencia Henry Pirenne. Historia económica y social de la Edad Media. Fondo de Cultura Económica. México, 1966. Pedro de Cieza de León, La Crónica del Perú Cap. CXV. Sevilla, 1553. Huguette et Pierre Chaunu. Séville et l'Atlantique (1504-1650). Paris, S. E. V. P. E. N., 1955-1960. (École pratique des Hautes-Études. VIe section. Centre de recherches historiques. Collection « Ports, routes, trafics », n° 6). John Maynard Keynes, Treatise on Money. Harcourt, Brace and Company, Nueva York (1930). Fernando García de Cortazar. Los perdedores de la historia de España. Círculo de Lectores. Madrid, 1996. H.J. Hamilton. American Treasure and the Price Revolution in Spain. Harvard University Cambridge, USA, 1934. Luis Vitale. Historia Social Comparada de los pueblos de América Latina, Tomo I. Atelí, Punta Arenas, 1998. Eduardo Galeano, Las venas abiertas de América Latina. Siglo XXI, 1989. Darcy Ribeiro, Las Américas y la Civilización. Editor Fundacion Biblioteca Ayacucho. Caracas 1992 Ruggiero Romano. Le Rivoluzione del centro e Sudamérica, in Le revoluzioni borghesi. Fratelli Fabril. Milán, 1973. Hebe Clementi. La abolición de la esclavitud en América Latina. Editorial La Pléyade. Buenos Aires, 1974. Nahuel Moreno y George Novak. Feudalismo y Capitalismo en la Colonización de América. Ediciones Avanzada. Buenos Aires, 1972. Nahuel Moreno. Método de interpretación de la historia argentina. Ediciones Antídoto. Buenos Aires, 1969. Milcíades Peña. El paraíso terrateniente. Ediciones Fichas. Buenos Aires, 1972. Milcíades Peña. Antes de Mayo. Ediciones Fichas. Buenos Aires, 1973. Milcíades Peña. De Mitre a Roca. Ediciones Fichas. Buenos Aires, 1975. Rafael Archondo. Compadres al micrófono. La resurrección metropolitana del Ayllu. Hisbol. La Paz, 1991. Osvaldo Bayer y otros. Historia de la crueldad argentina. Julio A. Roca y el genocidio de los Pueblos Originarios. El Tugurio. Buenos Aires, 2010. Rodolfo Puiggrós. Historia crítica de los partidos políticos. Editorial Galerna, Buenos Aires, 2006. Samuel E. Morrison, Henry S. Commager y Wllliam E. Leuchtenburg. Breve historia de los Estados Unidos. Fondo de Cultura Económica. México, 2012. Andrés Soliz Rada. Europa y el tráfico de esclavos. www.argenpress.com, 17/11/2008. Oscar Pintos Santos. Diario Gramma, La Habana, 6/5/90 Diario Página 12, Buenos Aires, 10/10/92. Diario Página 12. Buenos Aires, 5/12/2004. Diario La Nación, Buenos Aires, 13/2/85. Diario Clarín, Buenos Aires, 4/11/91. Diario Clarín, Buenos Aires, 23/7/2001. Informe del general Julio Argentino Roca al Congreso de la Nación en 1875. Diario de sesiones. Resumen Latinoamericano / Rebelión / 04 de noviembre de 2015 PERÚ:La rebelion de Tupac Amaru, 235 años en la historia .

El arbolito de navidad en Ford Motor Argentina (diciembre de 1976)







Por Omar Abdala


El árbol de navidad tiene, sin duda, fuertes connotaciones de paz, felicidad y una cierta expresión de deseos familiares que apuntan a esos valores que se entremezclan de alguna manera con valores de cierta religiosidad occidental. Sin embargo, esas connotaciones varían según el mensaje que se quiera transmitir. Quienes hemos trabajado en fábrica, pero también en otras actividades, observamos esta diferenciación. Las significaciones de esos artefactos son diferentes para la empresa y para los trabajadores y, mientras unos impulsan una cierta “paz social” en que todos trabajen armoniosamente, los otros expresan el deseo de una mayor redistribución de los recursos y mejores condiciones de trabajo, todo entremezclado con un cierto halo religioso.

En la investigación que realicé para mi tesis de licenciatura sobre el caso Ford Motor Argentina[1], se destacan algunos relatos vívidos de la experiencia de resistencia de los trabajadores de la fábrica durante los ocho años que duró la dictadura, con un ejército de ocupación en la planta. Y si bien los referentes más visibles de las organizaciones que actuaban en Ford, sobre todo durante las jornadas del “Rodrigazo”, habían sido despedidos luego de aquellos sucesos, hacia fines de 1976, todavía quedaba el remanente de resistencia que llevó a la patronal de Ford a actuar en colusión con los militares para intentar un disciplinamiento definitivo sobre sus trabajadores. Así, se instaló en la propia planta un centro de detención que en estos días es denunciado por los delegados  sobrevivientes que habían sido secuestrados la mitad en sus domicilios y la mitad en la empresa, delante de sus propios compañeros, entre marzo y abril de 1976.[2]

He aquí el taller y el cuartel. El cuartel y el taller. Los sindicatos intervenidos. Los partidos políticos prohibidos o “congelados”. Probablemente la combinación perfecta. Las relaciones de poder desplegadas en su máximo esplendor, casi en estado de pureza. El capataz y el gendarme. El gendarme y el capataz. El cuartel dentro de la fábrica, y la fábrica como prisión. Aquí el capataz, impartiendo las órdenes. Y allí el gendarme, haciéndolas cumplir.

Y en los intersticios de esas relaciones, se gestaban sigilosos movimientos entre los trabajadores. Aquí tenemos un breve contexto del tema en cuestión.

De acuerdo a los datos aportados por los entrevistados, es posible reconstruir parte de la trama oculta del conflicto durante los primeros meses después del golpe. Así se pasó, casi abruptamente, de los deliciosos años 1960 y principios de los de 1970, al tiempo del “Pan y Sopa”[3], que al principio no tuvo mayor éxito, pero sirvió para un comienzo de la resistencia. Pequeñas acciones que Miguel Ángel Delfini[4] todavía reivindica con grandilocuencia:

“…, y ahí empezamos, desde abajo, bien tapados a armar la resistencia, porque el sindicato no lo contábamos dentro de la fábrica. Estamos hablando del ‘76/’77. Se empezó a armar la resistencia adentro, y por ejemplo, hacíamos boicot al comedor…Después se extendió. Se hicieron uno o dos, y ya estábamos. Éramos un grupo organizado adentro. Éramos 20…Y entonces, armamos todo, y fuimos “calentando la pava”, y el sindicato se empezó a arrimar, porque estaba afuera. Nosotros nos empezamos a arrimar al sindicato. …Y ahí éramos un grupo que trabajábamos muy tapados, y armábamos la resistencia. Metíamos los volantes en el zapato, adentro de... ponele, ahí, (señala un tacho) había tuercas. Metíamos ahí (los volantes) y entonces, la gente leía. Y cuando hay represión, corre mucho el voz en voz…”

El arbolito de navidad

Y mientras corría “el voz en voz”,  los trabajadores de Matricería utilizaban “mecanismos inéditos” (Falcón, 1996) para manifestar su descontento con la nueva situación:

Para la Navidad de 1976, como todos los años, los obreros calificados de Matricería preparan el tradicional arbolito. Pero todos se sorprenden con una figura macabra. En vez del verde arbolito acostumbrado, con luces y colores, aparece un armazón de alambre con huesos de pollo pelados colgando, produciendo un fuerte impacto. Mientras los obreros se muestran concentrados en la tarea diaria, y en tanto Ricardo[5] camina por el sector con su caja de herramientas, sonriendo probablemente, la jerarquía de la fábrica y los militares observan también probablemente enfurecidos, el artefacto realizado por los trabajadores.

“En diciembre (de 1976), hicieron un arbolito de navidad. Ese diciembre, fue muy particular, porque se lo hizo de alambre, y le colgaron huesos de pollo. Huesos pelados. Y era una cosa... ¡patética! Eso les costó una reprimenda. Estéticamente es muy fuerte, y a los milicos, les pegó duro. Esa imagen, ¡esa cosa estética! Eran huesos pelados de pollo, colgados en alambres. Eso les costó que los milicos que ya estaban instalados en la canchita de fútbol, se llevaran a todos los de Matricería a punta de fusil a los vestuarios. Les hicieron abrir a cada uno el cofre a ver si tenían volantes subversivos, si eran... ¡conspiradores! ¡Ja! (se ríe Ricardo). Pero eso quedó. Ya no hubo después arbolito de navidad.”

El ritual de Navidad con su simbología de vida y felicidad transmutada en sus atributos con el objeto de enviar un tenebroso significado que debería ser percibido por los sujetos elegidos como intérpretes. El arbolito de Navidad dotado de una nueva significación. Connota más de lo que denota. Así, los sujetos realizan diferentes interpretaciones del signo y, por eso, “los milicos se llevaron a todos a punta de fusil a los vestuarios”. El sector de Matricería de Ford era el más calificado, pero también el más golpeado en la cuestión salarial. A este sector, había pertenecido el “negro” Núñez (ya fallecido), dirigente de Ford durante las jornadas del “Rodrigazo”. Además, los militares habían secuestrado en marzo a Juan Carlos Amoroso, dirigente de la Comisión Interna, que había pertenecido también al sector. “Un tipo honesto”, según sus pares.

“Para mí el sistema es selectivo. Sabe dónde golpear. Como un boxeador. Un buen boxeador golpea en la cabeza o en el hígado. El sistema era muy selectivo. Golpeaba en la cabeza o en el hígado. Matricería, por el tipo de laburo que hacía, es gente que tiene una formación. Y la formación no siempre es estrictamente técnica. La formación tiene que ver con lo que vos te rodeás. Los matriceros eran tipos inteligentes, hasta diría… intelectuales. Entonces, ahí había que golpear. Si quebrás la cabeza, el cuerpo queda inerte”

Y si bien, como decía Ricardo, “el sistema es selectivo”, el repertorio de los trabajadores parecía encontrar caminos novedosos, sustentados además, por anteriores experiencias con regímenes autoritarios, como plantea Schneider: “…las protestas, pese a que muchas de ellas terminaban sin obtener los reclamos planteados, dejaban un notable e importante saldo organizativo tanto para los trabajadores que participaban en las mismas como para el resto de la clase que observaba la lucha. Además, las diversas conflagraciones se nutrían y se recreaban de la experiencia aprendida en otras dictaduras. En un contexto donde los principales sindicatos se hallaban intervenidos -o bien, sus principales dirigentes no enfrentaban al gobierno-, el desarrollo de las diferentes acciones terminaron agudizando la calidad en los niveles de enfrentamiento y de organización de los trabajadores. (Schneider, 2000: p. 9)

De esa manera, las acciones abiertas o solapadas que llevaron adelante los trabajadores de Ford, se inscribieron en un contexto de fuerte resistencia de los trabajadores, que autores como Falcón (1996) llamaron “molecular” u “oposición obrera a la dictadura” como señala Pozzi (2008), pero que, sin duda, lograron una acumulación de fuerzas y experiencias novedosas que se incrustaron en la experiencia de conjunto del movimiento obrero.

Y así, el arbolito de navidad fabricado de alambre y huesos colgando, proyectó una fuerte simbología en los días en que la empresa trataba de lograr una domesticación a largo plazo de los trabajadores, por vía de una política represiva y un ejército de ocupación en la planta. “Terrorismo de empresa”, como señaló Basualdo (2006).

Bibliografía consultada

Basualdo, V. (2006): “Complicidad patronal-militar en la última dictadura argentina: Los casos de Acindar, Astarsa, Dálmine Siderca, Ford, Ledesma y Mercedes Benz” en Revista Engranajes, Nº 5 (edición especial)

Falcón, R. (1996): “La resistencia obrera a la dictadura militar (Una reescritura de un texto contemporáneo a los acontecimientos) en “A veinte años del golpe con memoria democrática” Hugo Quiroga y César Tcach (Comp) Homo Sapiens Ediciones. Buenos Aires

Pozzi, Pablo (2008): “La oposición obrera a la dictadura (1976-1982). 1ª ed. Buenos Aires. Imago Mundi.

Schneider, A. (2000) “Ladran Sancho... Dictadura y clase obrera en la zona norte del Gran Buenos Aires. In: CAMARERO, Hernán. Buenos Aires: Editorial Imago Mundi, 2000.

Entrevistas realizadas a Ricardo, Juan José y Delfini entre 2005 y 2008)



Omar Abdala, diciembre 24 de 2017



[1] “Rupturas y continuidades en las formas de acción y resistencia de los trabajadores. El
caso Ford Motor Argentina. 1970-1985” (Tesis de licenciatura en sociología, diciembre 14 de 2015)
[2] El 28 de diciembre de 2017 se realizará la segunda audiencia por el juicio a gerentes y jefe de seguridad de Ford que actuaron en aquellos secuestros. 24 delegados fueron secuestrados entre marzo y abril de 1976, la mitad, entre ellos Conti, Troiani, Propato, Portillo, entre otros, dentro de la propia planta.
[3] “Eh… lo que no te conté, que fueron antecedentes de esto, fue cuando hacíamos el “Pan y Sopa” Eh… resulta de que había una protesta, y entonces, viste… nos cuidábamos de hacer movimientos. Entonces, como protestábamos? Íbamos al comedor, y agarrábamos un plato de sopa y un pan. Y nos íbamos. Y la comida quedaba. Y vos imaginate, hacían churrasco, todo eso, y lo tiraban. Tiraban todo! No comía nadie. Ni fruta ni nada! Todo quedaba ahí! Pan y sopa, nada más! Tomábamos un plato de sopa y el pan. Y… ah! Y no comíamos adentro del comedor. Comíamos afuera. Nos sentábamos en el cordón, tomaban la sopa… y eso lo hicimos dos veces. La primera vez lo hicimos un par de días, después, la segunda vez que lo hicimos, fue perdiendo fuerza” (De las entrevistas a Juan José, activista en Ford antes y durante la dictadura)
[4] Dirigente de la ocupación de Ford por los trabajadores en junio-julio de 1985. Entrevista realizada en Escobar en 2008.
[5] Ricardo: activista del PCR, que trabajó en Mantenimiento en Ford entre 1974 y 1977, fecha en que lo despidieron. (entrevista realizada en su casa de William Morris en 2007) (Falleció hace dos años)